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“Yemayá orisha obínrin dudu kuele remaye, abaya mi re oyu ayaba, ano rigba oki. Mi iya mayele, oga ni gbogbo okun, yeye, omo eya lojun. Oyina ni re ta gbogbo okun nibe iwo ni re olowo nitosi re omo teriba adupe iya mi”. Oráculo de Santería Cubana. Ed. Arcano Books
Quienes la conocen, saben que Yemayá nació de las aguas espumosas como una de las primeras Orishas. Como madre de todos, nunca niega los ruegos de corazón de los que la buscan. Presente en mares, lagos y lluvias, sin ser excesivamente cariñosa, acoge a aquellos que necesitan de su consuelo con la amplitud de los océanos que aún sin estar contenidos en un solo lugar hacen de su presencia una fiesta.
Así ocurrió el día siete de Septiembre a las nueve de la noche en la c/ Moratin esquina San Pedro de Madrid. Pilar Zúmel reunía de nuevo en conmemoración al Yemayá a los “hijos” que se dejaban acunar por el corazón de esta mujer tan estrechamente relacionada con la cultura cubana abriendo las puertas del lugar a todo el que quisiera adentrarse en una mágica noche.
Parte de la Asociación Yoruba de Cuba en España se rendía a los pies de la que presidía la reunión abriendo los micrófonos con un toque de tambor dedicado a la Orisha y ya a partir de las diez de la noche la música comenzaba a sonar de manera espontánea y por boca de los allí presentes. El lugar se quedaba pequeño a medida que las actuaciones se sucedían. Desde el principio, Kelvis Ochoa y Raúl Torres subían al escenario para amenizar una noche de diversión con sus particulares voces, mientras el público coreaba sus canciones y bailaba al son de frases tan elocuentes como improvisadas de estos dos grandes de la música cubana. Ya ellos dieron el pistoletazo de salida a lo que quedaba por llegar, las ganas de diversión y la reunión de amigos en forma de peña invitaba a la algarabía como si todos nos hubiéramos trasladado a nuestro Caimán.
Músicos de la talla de Gema y Pavel celebraban con todos la alegría de un Yemayá y una Orisha que se daban la mano nuevamente. Vanito Brown amenizaba con su “Chévere” el baile y Rolando Berrío se sumaba a la actuación para dar una nota de color y genialidad al grupo, mientras Orlis Pineda cantaba a un Madrid y a un Berlín dejando constancia de que por una noche no existían las fronteras, sucedido por Germán Donatien. Entre risas, aplausos y la actuación de Emilio Ibañez junto con los acordes de Yoriel, una joven promesa del tres, instrumento de cuerda desconocido para muchos y protagonista indiscutible del sonido de la música latinoamericana, la fiesta continuaba en manos de los que animaban la velada o de los que desde abajo con su presencia seguían amenizándola.
Teatro, cine, literatura, artes plásticas, música, se daban la mano, prueba de ello fue la asistencia de la enigmática Elba Pérez, de la polifacética Claudia Rojas, del atractivo Vladimir Cruz o de la simpática Maria Isabel Díaz que, entre otros, representaban al cuarto y séptimo arte con la cercanía que a todos les caracteriza, mezclándose entre cantos la cerveza se agotaba y los artistas comenzaban a nombrar a aquellos que por cuestiones de trabajo no habían podido asistir a tan esperado evento, fue entonces cuando Max Delgado mencionó a Yuri imaginando que se encontraría frente al mar lápiz en mano, a Alina Isabel Pérez fotografiando la esencia de las cosas que sólo su cámara capta o a Nuria sobrevolando Cubaneando. Carlos Carcas grababa las actuaciones, Teresa Delgado impartía clases, Alejandra Aguirre escuchaba a la doctora, Rafita se tomaba un respiro desde las escaleras, Oxossi abrazaba a su Kathy recién llegada de La Habana, Alicita se movía con desparpajo, Iroshi Arai lanzaba algún comentario repleto de ironía inteligente, Daphne bailaba junto a Félix Varela y “Las Forasteras” encontraban su lugar.
A lo lejos se percibía un olor a salitre, las olas regresando a la orilla se fundían con la arena, el mar en calma anunciaba que Yemayá estaba contenta con sus ofrendas y todos los que pudimos asistir soñamos con que no acabaría nunca, o a saber, con que aún acabando se repetiría lo antes posible. Una mujer reivindicaba que se necesitaba otro Yemayá, otro sueño como el de antaño, otro lugar donde reunirse para ensayar, contar cuentos, idear talleres, planificar actuaciones, recitar poesías, firmar contratos, o tal vez, otro lugar en el que sentirse como en casa. Por unas horas las puertas se abrieron, nos acomodamos en los rincones del corazón que le corresponden a cada uno, dejamos a un lado los guiones, las letras, los pinceles, los acordes y los ritmos para mirarnos como personas y mirándonos descubrimos que lo que nos hace grande no es el arte sino la capacidad de crear con la fuerza que sólo la ilusión permite para compartir con el resto lo que cada uno sabe hacer.
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