|
UN Festival Internacional necesita un ángel, una razón, un incentivo. En el de Ballet de La Habana todo está meridianamente claro. Es el embrujo de esa gran dama del ballet universal, la cubana Alicia Alonso. Alicia verdaderamente satisfecha. Verbum, otro estreno de Alonso, con un cuerpo de baile extremadamente joven. Expléndido Charles Jude (de frente) como el Moro. No presuponga el lector una afirmación nacida de un nacionalismo tardío. Es resumen de las declaraciones de grandes de la danza y la música, de jóvenes estrellas internacionales, y de lo visto en la escena de tres teatros habaneros.
El Festival de La Habana tiene ya su abolengo, y lo dicho anteriormente no es un descubrimiento, es más bien una reafirmación de lo sabido, pero se siente una emoción indescriptible palpar esa suerte de devoción que ballerinas consagradas tienen por Alicia. En esta ocasión, Marcia Haydée y Carla Fracci, pero recuerdo igualmente a Galina Ulanova, Eva Evdokimova, Cinthya Gregory...
El encuentro del 2004 ha tenido muchas gratificaciones para los amantes del ballet, tanto para los cubanos como para aquellos visitantes llegados ex profeso para la cita bienal. Sin embargo, considero que ha sido especialmente signado por la presencia y el elan de la eximia Alonso.
TRES ESTRENOS DE ALONSO
Centrémonos nada más, o nada menos, en el hecho de su rúbrica en tres estrenos: La flauta mágica, Verbum, y Elegía por un joven. ¿Suficiente? No para la Alonso. Decidió una osadía más. Llevar su también reciente pieza Shakespeare y sus máscaras o Romeo y Julieta, a un gran espacio abierto, la Plaza Vieja en el centro histórico, Patrimonio de la Humanidad. Fue un regalo para La Habana en su 485 aniversario.
La puesta de la Flauta mágica es precisamente una de esas muestras de la pasión, y admiración, que desata la assoluta. La pieza, sin relación con la famosa ópera homónima de Mozart, se estrenó en 1893 con coreografía de Lev Ivanov y, para los amantes del ballet, sus intérpretes fueron Fokin, Vaganova y Belinskaya. Luego lo asumió, entre las grandes, Anna Pavlova, quien lo presentó en La Habana en su segunda gira, en 1917.
El vínculo llega precisamente por Pavlova, a través del distinguido director de orquesta, el australiano Richard Bonynge. Al presentar la puesta de la Alonso, Bonynge explicó que La flauta mágica no se había montado más porque no se encontraba la partitura, descubierta por él entre los papeles de la Pavlova hace 50 años. Sólo ahora decidió compartirla, y la entregó en las manos de Alicia Alonso.
Siempre he admirado a Alicia y su compañía —dijo en la sala Lorca— y es magnífico verla en su casa, en esta ciudad de ensueño. “Es una fina puesta”.
Alicia, la coreógrafa, ha realizado un singular trabajo con los clásicos. Lo hizo con tres de los seleccionados para este Festival: Giselle (donde brilló la primera bailarina del Stuttgart Ballet, Alicia Amatriain), Don Quijote y El lago de los cisnes (la excelencia de la española Tamara Rojo y la rumana Alina Cojocaru, ambas nominadas al Premio Nijinsky). Ahora repite con La flauta mágica, que respeta y actualiza la tradición clásica, y pone el acento en la pantomima.
ELLA ES UN FENOMENO
Esa suerte de multiplicidad de Alonso fue apasionadamente comentada, también en la Lorca, antes de abrirse el telón para la Gala Balanchine, por Marcia Haydée, esa bailarina singular que sentó pauta como actriz que danza y ballerina que actúa, y quien fuera por muchos años musa de John Cranko.
“El Festival de La Habana es diferente a todos, porque tiene el nombre de Alicia Alonso. Para mí, Alicia, tú eres ejemplo para todos nosotros. Siempre dije que cuando uno tiene un 90% de talento y 10% de trabajo no se consigue nada; si es al revés, consigue algo, pero tú, Alicia, tienes 100% de talento y 100% de trabajo. Conseguiste llegar a ser una de las grandes bailarinas, después fundaste una de las mejores compañías del mundo, creaste una escuela, y también un público. Alicia, tú eres un fenómeno. Te agradezco de todo corazón que me diste la oportunidad de estar aquí otra vez. Tú me llamas, yo vengo.”
La referencia de Marcia Haydée sobre el público cubano tenía una anécdota especial. La noche anterior, se produjo una falla de sonido mientras bailaban el pas de deux de El corsario la primera bailarina cubana Alihaydée Carreño y el bailarín del Ballet Estable del Teatro Colón de Buenos Aires, Leonardo Reale.
El público, quizás un tanto exaltado, iba aplaudiendo los desbordes técnicos de Carreño y Reale, pero el sonido iba empeorando, hasta el silencio total. Sorpresivamente, salieron para la coda y concluyeron su actuación, puede decirse que a capella (aunque tras bambalinas la compañía en pleno, supe después, les marcaba el compás), y fue el delirio. Un tour de force, sin duda, pero como el ballet no es circo, hubiera preferido un telón.
EL ARTE DEL BALLET
Que el ballet es arte, sostenido por la técnica, lo han subrayado por siempre Alicia Alonso y las grandes, y hasta pequeñas, figuras del Ballet Nacional. Así lo hizo también Alicia Amatriain, no sólo en su Giselle (en realidad vino al Festival para bailar este clásico con José Manuel Carreño, estrella del American Ballet Theatre, quien a última hora no pudo asistir), sino en el pas de deux de La bella durmiente, acompañada con elegancia por Joel Carreño.
Ese arte que exhalaban obras como Caduta libera, interpretada por la pareja invitada Patrick de Bana y Aida Badía. Coreografía sugerente, música (la voz de la maliense Oumou Sangare) cautivante; La ecuación (mención en el Concurso Iberoamericano de Coreografía), del cubano George Céspedes, y dos versiones de Carmen, una del cubano radicado en Alemania, Gonzalo Galguera (una Carmen muy habanera), y la de Marcia Haydée, para ella “Carmen es como un animal salvaje, una mujer que nunca amó a don José, se ama a sí misma, igual que Escamillo”.
Algo distinto es Imágenes de Dalí, estreno de Rafael del Prado. Una interesante puesta en escena. Conceptualmente postmodernista, con lenguaje clásico, parte de los cuadros de Dalí. Aún por perfilar, tiene su mejor momento en Dalí (el excepcional Rolando Sarabia)-Gala (Alihaydée Carreño) y sus imágenes reflejadas en el espejo. Lástima que fuera incluida justo en medio de la Gala a Balanchine. Quizás si hubiese puesto fin a la función la gran pieza Apolo no hubiera quedado como fuera de lugar.
FRACCI ES MACBETH
Ahí estaba la gran Fracci y la ovación merecida aun antes de bailar. Con cuatro espléndidos bailarines de la compañía que ahora dirige, el Ballet de la Opera de Roma, impactaron con la pieza en un acto Lady Macbeth sonnambula, coreografía de Luc Boy. Toda una clase de interpretación, en el drama, la obsesión de Lady Macbeth, subrayado por la fuerza y temperamento de la Fracci.
La inmensa italiana demostró en la praxis su criterio de que “la danza no la hacen sólo los pies, ante todo la cabeza” y el significado de su advertencia a los jóvenes: “La prioridad está en el discurso interior de cada personaje, después aprender los pasos y pulir la técnica”.
Esa noche (3 de noviembre) hubo otra suerte, al subir a la escena del Lorca quien fuera estrella de la Opera de París, Charles Jude, actualmente director del Ballet de la Opera de Burdeos. En Pavana del Moro (de José Limón, figura emblemática de la danza moderna), se apreció envidiable altura técnica y destacada calidad de los intérpretes, con el atractivo especial de Jude en el rol del Moro.
BULERIAS POR GADES
En Antonio Gades —dijo Alicia en la Gala dedicada al gran bailarín y coreógrafo español recientemente fallecido— “no está sólo el milagro de los dones o la generosidad de la naturaleza, sino el triunfo del carácter, y en consecuencia, una vida de dedicación, esfuerzo y voluntad”.
Para recordarlo, el BNC llevó nuevamente a escena su Bodas de sangre, y con todo un elenco renovado (la eterna novia, Marta García, nos hablaba de su emoción de ver la pieza por primera vez desde una butaca) y los muchachos se crecieron. Los primeros bailarines Viengsay Valdés y Víctor Gilí, pero en general todos estuvieron dentro de Bodas. Aplauso prolongado para Gilí y el muy joven Javier Torres, todo un porvenir, en la escena del duelo.
La noche, sin duda, fue de otro Antonio, Márquez, quien con su Soleá por Bulerías, Farruca y Zapateado, se llevó, justamente, la ovación del Lorca. Ya sabemos por qué es Premio Nureyev.
APOTEOSIS
La Gala clausura es siempre de frenesí. La mayoría de las estrellas invitadas y las de casa. Cada cual aportó lo más espléndido de su arte, y siempre buscando sorprender. Curiosamente el tango fue muy solicitado. El de Galguera y Celia Milán, A los aires, con un sabor cubano, mientras el de Reale, Noche deshabitada, a lo argentino, remedando, si es posible, a Maximiliano Guerra, y el tercero, Kurt Weil Tango, la Fracci y sus bailarines sobre La ópera de los tres centavos.
Felizmente, la característica de la soirée fue técnica mayor, para regalar sensibilidad e interpretación (citando tan sólo a los invitados): en el pas de deux (tercer acto) de Don Quijote, por la Rojo, y un examen con notas de sobresaliente para Rómel Frómeta (aún bailarín principal de la compañía) como su partenaire, ellos pusieron de pie al público; Alles walzer, por Simona Noja (Ballet de la Opera de Viena), y en el Bonjour Brel, de Leticia Olivera y Zdenek Konvalina, del Ballet de Houston (rostro feliz de su directora artística, la gran Maina Gielgud).
Para cerrar, creo conveniente volver sobre Alicia Alonso, pues es su hechicería personal la que hace de La Habana polo magnético de la danza, con una ilustrativa anécdota contada por Jean Babilée, una de las grandes etoiles del ballet francés: “En 1951 hice una tournee con el Ballet Theatre, varias funciones en el Metropolitan y luego por varias ciudades. Veía a Alicia bailar, estaba fascinado y pensaba, ¡qué maravilla! En Chicago teníamos diez días de descanso. Alicia se me acerca y me pregunta ¿Qué es el descanso?, Ven a bailar a La Habana, y yo vine”.
Host: 80.58.1.45.proxycache.rima-tde.net
|
|