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DOMINGO DE RAMOS
+ Felipe Aguirre Franco Arzobispo de Acapulco
Luego que amaneció, se reunieron los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y el sanedrín en pleno, para deliberar. Ataron a Jesús, se lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. El respondió; “Sí lo soy”. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo: “¿No contestas nada? Mira de cuántas cosas te acusan”. Jesús ya no le contestó nada, de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Durante la fiesta de Pascua, Pilato solía soltarles al preso que ellos pidieran. Estaba entonces en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en un motín. Vino la gente y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les dijo “¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?” Porque sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato les volvió a preguntar: “¿Y qué voy a hacer con el que llaman rey de los judíos?” Ellos gritaron “¡Crucifícalo!” Pilato les dijo: “Pues ¿qué mal ha hecho?” Ellos gritaron más fuerte: “¡Crucifícalo!”. Pilato, queriendo dar gusto a la multitud, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de mandarlo azotar, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados se lo llevaron al interior del palacio, al pretorio, y reunieron a todo el batallón. Lo vistieron con un manto de color púrpura, le pusieron una corona de espinas que habían trenzado y comenzaron a burlarse de él, dirigiéndole este saludo: “¡Viva el rey de los judíos!”. Le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminadas las burlas, le quitaron aquel manto de color púrpura, le pusieron su ropa y lo sacaron para crucificarlo. Entonces forzaron a cargar la cruz a un individuo que pasaba por ahí de regreso del campo, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, y llevaron a Jesús al Gálgota (que quiere decir “lugar de la Calavera”). Le ofrecieron vino con mirra, pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y repartieron sus ropas, echando suertes para ver qué le tocaba a cada uno…
Al llegar al mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús Gritó con voz potente: “Eloí, Eloí ¿lemá sabactaní?” (que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?) Algunos de los presentes, al oírlo decían: “Miren, está llamando a Elías”. Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, lo sujetó a un carrizo y se le acercó para que bebiera, diciendo: “Vamos a ver si viene Elías a abajarlo”. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: “De veras este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15, 1-39).
¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús!
“Después de habernos preparado desde el principio de la Cuaresma con nuestra penitencia y nuestras obras de caridad, hoy nos reunimos para iniciar, unidos con toda la Iglesia, la celebración anual de los misterios de la pasión y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, misterios que empezaron con la entrada de Jesús a Jerusalén.
Acompañemos con fe y devoción a nuestro Salvador en su entrada triunfal a la ciudad santa, para que, participando ahora de su cruz, podamos participar, un día, de su gloriosa resurrección y de su vida”. (Liturgia del Domingo de Ramos.)
Jesús es Dios, perfecto en forma absoluta, sin pecados ni errores; por tanto, era del todo inocente. El gran misterio es que con amor asume la cruz, la incomprensión, el sufrimiento, las calumnias, e incluso las traiciones y el abandono de parte de los suyos. Hubo momentos en la cruz en que se sentía abandonado hasta de su Padre (cf Mc 15,34); sin embargo, en la hora suprema, le encomienda su espíritu (cf Lc 23,46).
Su Padre Dios no le podía dejar abandonado en el sepulcro, derrotado para siempre, sino que lo hizo triunfar, para que todos doblemos la rodilla ante El y lo reconozcamos públicamente como nuestro Señor. Es el sentido de nuestras aclamaciones por las calles, en la procesión de las palmas. En público, hacemos profesión pública de nuestra fe en El y de nuestra adhesión a su Evangelio.
En el relato de la pasión que nos hace San Marcos, aparecen muchos personajes, con las actitudes más diversas. Al escuchar y meditar cada escena, hemos de admirar y adorar el comportamiento de Jesús, pero al mismo tiempo revisar si no repetimos, con nuestros hechos, a algunos de estos personajes: Judas, el sumo sacerdote, los pontífices, los escribas, los ancianos, Pilato, los soldados, la plebe, Pedro que lo niega, los discípulos que lo abandonan.
Ojalá nos parezcamos más bien a Simón de Cirene, a la Virgen María, al apóstol Juan, a las mujeres piadosas, al oficial romano que reconoce la divinidad de Jesús, a Nicodemo, a José de Arimatea.
Muchas personas dedican estos días “santos” a vacacionar, a caer en excesos, a pasear y divertirse, y prescinden del motivo que dio origen al descanso de esta temporada. La razón por la que se suspenden las clases en las escuelas y el trabajo, no es por la primavera, sino por la Pasión y Resurrección del Señor Jesús.
En fidelidad a ello, los que quieran ser verdaderos discípulos suyos, deben demostrarlo con una conducta diferente a la de una actitud pagana. Han de descansar sanamente, porque es justo y necesario, pero también dedicar tiempo suficiente a la oración, a la lectura de la Santa Biblia, a las celebraciones religiosas.
Procuremos participar en las celebraciones litúrgicas de estos días santos, porque en ellas no sólo se recuerdan los misterios divinos, sino que se actualizan, se hacen presentes. Se puede ir a las representaciones tradicionales de Semana Santa, pero nunca se comparan en eficacia con la liturgia. Aquellas son escenificaciones teatrales, que ayudan a la devoción; la liturgia hace presente el misterio; nos hace contemporáneos con aquellos acontecimientos. La presencia de Jesús es viva y actual, no teatral.
Host: 189.147.154.20
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