Homilias
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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / ENERO 11 -2009     12/01/2009 13:38  Fecha
Mensaje SOMOS BAUTIZADOS

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias” (Mc 1,7-11).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!
Hoy concluimos las fiestas del Tiempo de Navidad. Tuvieron su preparación en las cuatro semanas del Adviento. Su culmen fueron la Navidad y la Epifanía. Ahora, con la fiesta por el Bautismo de Jesús, terminamos lo que se llama “vida oculta” en Nazaret y empezamos la “vida pública”, cuando el Bautista, en el Jordán, lo presenta a los judíos.

Dios se nos ha manifestado en Jesús de muchas formas. La liturgia, en este tiempo, nos invita a celebrar cuatro: Navidad, Epifanía, Bautismo y primer milagro en las bodas de Caná. En todas ellas, aunque de manera muy distinta, Jesús se nos revela como Dios encarnado. En la fiesta de hoy, Dios Padre da testimonio de quién es Jesús: “Tú eres mi Hijo amado; yo tengo en ti mis complacencias”.

Este Jesucristo es el “único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre” (cf Hebr 13,8). A El nos hemos adherido existencialmente desde nuestro Bautismo y es necesario asumir lo que ese sacramento significó en nuestra vida. Hay que redescubrir el Bautismo como fundamento de la existencia cristiana, según la palabra del Apóstol: “Todos los bautizados en Cristo se han revestido de Cristo” (Gál 3,27).

El Catecismo de la Iglesia Católica, por su parte, recuerda que el Bautismo constituye “el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia Católica”. Cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, debemos vivir según su estilo y sus criterios. Nada hay más preocupante que los cristianos vivamos como los paganos, como los que no tienen fe.

Es triste que muchos padres de familia dejan pasar el tiempo y no se preocupan por bautizar pronto a sus hijos. Incluso hay familias enteras sin bautizar, no tanto por carencias económicas, sino por falta de responsabilidad y de evangelización.

No han descubierto la riqueza y la profundidad del regalo tan extraordinario que nos da el Bautismo, al compartirnos la misma vida de Dios en Cristo, haciéndonos sus hijos y, por tanto, objeto de las complacencias del Padre celestial (cf Gál 3,27 ; Rom 8,14-17). Por el Bautismo, nos adherimos a Cristo, como la rama al tronco (cf Jn 15,5); somos injertados en su muerte y en su resurrección (cf Rom 6, 1-11); se nos borra el pecado original, con el que todos nacemos y del cual no somos responsables (cf Rom 5,12-19 ; Sab 2,24 ; Sal 50,7); empezamos a formar parte de la Iglesia, que es la familia de los hijos de Dios (Cf Hech 2,38-41).

Tan importante y necesario es el Bautismo, que Jesús ordenó a sus apóstoles ir por todo el mundo a predicar y bautizar a los que aceptaran el mensaje de salvación (cf Mt 28,19-20). Por eso, quien rechaza creer y bautizarse, se excluye de la vida eterna (cf Mc 16,16).

Y esto vale para todos, incluso para los niños; por ello, la Iglesia, desde los primeros tiempos, empezó a bautizar también a los pequeños, conforme a la palabra explícita de Jesús: “El que no renazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios” (Jn 3,5). Cuando esos niños crezcan, deberán confirmar su fe, por el sacramento de la Confirmación.

Agradecemos a Dios como discípulos y misioneros porque la mayoría de los latinoamericanos y caribeños están bautizados. La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del bautismo que nos ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas, desde hace más de quinientos años. (DA 127).

Los fieles laicos son “los cristianos que están incorporados a Cristo por el bautismo, que forman el pueblo de Dios y participan de las funciones de Cristo: sacerdote, profeta y rey. Ellos realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo”. Son “hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. (DA 209).

En el Evangelio, se dice que Jesús recibió una voz que lo presentaba como Hijo del Padre, al tiempo que el Espíritu Santo, en figura de paloma, descendía sobre él. Esta es una revelación del misterio de la Santísima Trinidad: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses, sino un solo Dios verdadero. Somos conscientes de que, identificados desde nuestro bautismo con Cristo, nos convertimos en hijos de Dios Padre y que habita en nosotros el Espíritu Santo. Por el Bautismo existe en nosotros la Vida Trinitaria de Dios.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / ENERO 04 -2009     2/01/2009 13:37  Fecha
Mensaje LOS REYES MAGOS Y LA ESTRELLA

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.

Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: “En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres en manera alguna la menor entre las naciones ilustres de Israel, pues de ti saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”.

Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.

Después de oír al rey, los magos se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino ¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús! (Mt 2,1-12).

La fiesta de los Santos Reyes ó Reyes Magos, la celebramos hoy como la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir la manifestación del Salvador a todos los hombres y pueblos de la tierra, representados en estos personajes importantes llegados de las lejanas tierras de Oriente.

Celebramos con ello la fiesta de nuestra propia vocación o llamado que Dios ha hecho a cada uno de nosotros, porque primero se nos ha manifestado con la luz de nuestra existencia al llamarnos a la vida; luego con la luz de la fe, que recibimos en nuestro Bautismo y ahora en la propia vocación de nuestro estado de vida, para llevar a cabo la misión específica que a cada quien le ha confiado.

Lo primero y más importante de toda vocación es Dios quien llama, haciendo brillar su estrella sobre nosotros para señalarnos un camino; pero que requiere de una constante correspondencia, como una conquista diaria. Los Reyes Magos vieron la luz especial de aquella estrella y, ante las dificultades o simplemente por la comodidad, pudieron haberse quedado sin decidirse a emprender la marcha por un camino que exigía renuncias y sacrificios; pero afrontaron los riesgos, sudores y penalidades, hasta llegar felizmente al encuentro con Jesús Niño en Belén

La estrella que nos guía es la fe, por la que somos capaces de descubrir a Dios mismo en las apariencias más sencillas y humildes. Los magos no encontraron a un personaje revestido de ropajes elegantes y de esclavos a sus órdenes, sino a un pobre pequeño en brazos de su madre. Así también lo hemos de descubrir donde hoy se hace presente, como son las lecturas bíblicas, los sacramentos, en especial la Eucaristía, los niños indefensos, los niños de la calle, los enfermos y todos los pobres.

Por otra parte, el evangelio de hoy también nos llama fuertemente la atención sobre las argucias maléficas y las triquiñuelas asesinas del Rey Herodes. Es decir, la glorificación manifiesta de la maldad en los nuevos Herodes de estos tiempos, que están repitiendo las mismas acciones.

“Líbrense de la levadura de Herodes”, decía Cristo, que es la lujuria, la hipocresía y la matanza de los niños inocentes. Es un retroceso lamentable que quienes están en algún puesto público, en vez de postrarse reverentes ante las nuevas vidas que se inician en el seno materno, se conviertan en nuevos Herodes, que a base de falacias ordenan eliminar verdaderos seres humanos, imágenes auténticas del Niño Jesús.

La actitud de los “reyes magos” es muy distinta. Buscan al Niño; dejan su país, su parentela y su comodidad; se exponen a muchos peligros por el camino; preguntan a quienes pueden darles razón de su esperanza y, una vez encontrado el Niño, se postran y lo adoran; reconocen su divinidad; le ofrecen regalos y no hacen caso a la petición de Herodes de regresar a su palacio, porque advierten sus intenciones asesinas.

¡Cuánto gozo y cuanto bien trae a la Iglesia! Contemplar a tantos Laicos valientemente decididos a dar razón y testimonio público de su fe. Decía un Laico, coordinador de Asesores de la Universidad del Estado de Guerrero, el pasado día 6 de noviembre cuando se le cuestionaba su actuación en defensa de la vida ante los Legisladores: “Creo en Dios, soy católico practicante y pertenezco a uno de los muchos movimientos de laicos que participan de manera comprometida con la misión evangelizadora de la Iglesia”… “Fuera del tiempo establecido para el cumplimiento de las responsabilidades de mi cargo, apoyo el trabajo de evangelización parroquial, atendiendo a jóvenes y adultos que van a recibir sus sacramentos”. (Homilía 12.11.08 CEM).


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / DICIEMBRE 28 -2008     1/01/2009 17:38  Fecha
Mensaje FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel… Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él. (Lc 2, 22-52).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Dentro de las celebraciones propias de Navidad, hoy se nos presenta el misterio de la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José; con esto, se resalta la importancia que tiene la institución familiar en el plan de Dios. Dios pudo habemos salvado de otra manera. Por ejemplo, podría haber aparecido en la tierra siendo ya joven o adulto, sin necesidad de padres y sin patria. Sin embargo, para enseñamos cuál es el proyecto original de Dios para la humanidad, quiso nacer, crecer y vivir en un hogar.

Esto significa que, para Dios, lo más importante es la familia. Basta advertir que, de los 33 años que Jesús vivió, 30 los pasó en Nazaret, donde “iba creciendo y fortaleciéndose, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él”, sujeto a María y a José, a pesar de ser el mismo Dios. Esto indica que El viene a restaurar el plan de Dios manifestado desde el paraíso terrenal, que incluye el matrimonio y la vida familiar.

Dios no nos hizo para la soledad, el aislamiento y el egoísmo, sino para ser un reflejo del amor trinitario. El Dios en quien creemos no es solitario, sino trinitario: tres personas distintas y unidas por el amor que los hace ser un solo Dios y no tres dioses. Así ha de ser la vida en familia, donde esposos e hijos son diferentes, pero han de estar unidos por el amor.

Hoy comprobamos cómo las familias se descomponen más y más. El desastre moral del adulterio y del divorcio destruye los hogares. Con eso de que los medios informativos, en particular la televisión, presentan casi como "normal" la infidelidad, pareciera que los matrimonios que permanecen firmes y estables, fueran los "raros". Las telenovelas y las historias de muchos "artistas", que cambian tan fácilmente de pareja, influyen negativamente en las mentes poco formadas de mucha gente.

Hay personas, organizaciones y partidos que promueven cambios legislativos para que en México se aprueben civilmente las uniones de homosexuales, y que éstos puedan adoptar niños, como lo están haciendo sociedades europeas decadentes.

No aprenden de las consecuencias morales que están sufriendo esos países, a pesar de su desarrollo material. Quieren despeñar al país por una pendiente de libertinaje, con el pretexto de respetar la libertad de cada quien en su opción de "género", como si Dios no hubiera hecho más que dos.

Otro enemigo de la familia es el empeño por reducir drásticamente el número de hijos, como si la felicidad dependiera de que sean uno o dos, dizque "para darles lo mejor". Las sociedades económica y materialmente más desarrolladas, no son más felices por el hecho de que tienen muy pocos hijos, a quien dan todo y de sobra.

Allá también hay violencia, asesinatos sin sentido y cada día más suicidios. La felicidad no depende de la abundancia de bienes materiales, sino de amar y de ser amado, en un hogar bien integrado, donde hay un buen trato entre padres, hijos y hermanos, comunicación y ayuda mutua.

Muchos de nosotros procedemos de familias numerosas y hemos experimentado la felicidad que significa tener hermanos y hermanas con quienes gozar las fiestas y sobrellevar las penas. Una felicidad compartida, se hace más grande; una pena compartida, se hace más pequeña, porque la llevamos entre varios. Hay quienes acusan a la Iglesia Católica de ser natalista a ultranza, de ser inhumana al no permitir el uso de anticonceptivos.

Nuestros enemigos desconocen los documentos del Magisterio Eclesiástico, que dice claramente que se deben procrear sólo los hijos que se puedan educar, según las circunstancias de cada pareja.

Por tanto, así como puede ser una irresponsabilidad tener muchos hijos, también lo es tener pocos, cuando los padres tienen capacidad de educar más. La Iglesia no afirma que se tengan todos los hijos posibles, sino sólo aquellos que se puedan educar plenamente.

Es cierto que tienen derecho a ser respetados como personas y que nadie les puede obligar a vivir como Dios manda; pero no deben presentar como normal lo que es anormal; es decir, lo que se hace sin tener en cuenta la norma. Y la única norma segura es la Palabra de Dios, que nos presenta cómo debe ser la vida en familia. ¿A qué familia queremos que se parezca la nuestra? ¡Ojalá nuestro ejemplo sea la Sagrada Familia de Jesús, María y José!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / DICIEMBRE 21 -2008     19/12/2008 18:38  Fecha
Mensaje MARÍA ANTE LA NAVIDAD
IV Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazareth, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entro el ángel a donde ella estaba y le dijo:”Alégrate ,llena de gracia ,el Señor está contigo”.Al oír estas palabras ,ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.

María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia. (Lc 1, 26-38).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hemos llegado al cuarto y último domingo de Adviento. Nos adentramos en la recta final de este tiempo litúrgico. Y el enfoque que hasta ahora tenía, varía en este domingo y a lo largo de toda la semana que hoy iniciamos. Si hasta ahora nuestra atención había estado puesta en prepararnos para la venida definitiva del Señor, la que acontecerá al final de los tiempos, en esta última etapa de Adviento nos disponemos para celebrar la Navidad. Durante esta semana, como si de una “Semana Santa” navideña se tratara, nos preparamos para la celebración del nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, nuestro Salvador.

En los domingos anteriores fueron Isaías y Juan Bautista los personajes bíblicos que nos ayudaron a disponernos para esta venida. Al concluir el Adviento, María centra nuestra atención. Ella es el último eslabón en la larga cadena de personas de las cuales Dios se sirvió para preparar y hacer posible que el Verbo de Dios se hiciera hombre. De esta manera, el Adviento va avanzando siguiendo cronológicamente los acontecimientos vividos por el pueblo de Israel para preparar la llegada del Mesías.

La actitud de María, su absoluta disponibilidad al plan de Dios, es la actitud a la cual debe aspirar todo cristiano: “Cúmplase en mí lo que me has dicho” (v. 38). Estas palabras de la Virgen expresan su gran confianza en el Dios de Israel. Una confianza no exenta de penumbra: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” (v. 34), pero plenamente abierta al Espíritu a quien permite actuar en ella sin obstáculo alguno. Dios es así, alguien que pide permiso para entrar en nuestra vida, alguien a quien si lo dejamos, como María, puede hacer obras grandes en nosotros por la acción de su Espíritu Santo.

María es “una virgen, desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David” (v. 27). No obstante su condición de prometida o desposada con José, María es una joven que no ha tenido relaciones sexuales con ningún hombre. Su virginidad es la condición para una obra inaudita de parte de Dios: una intervención creadora del Espíritu en ella (v. 35). José pertenece a la casa de David. Por lo tanto, el niño que nacerá de María, la “llena de gracia” (v. 28), será legalmente descendiente de David y, en este sentido, poseerá la condición legal para ser el Mesías.

Y para preparar la Navidad, ya tan cercana, nada mejor que acompañar en estos días a Santa María, tratándola con más amor y más confianza. Nuestra Señora fomenta en el alma la alegría, porque con su Trato nos lleva a Cristo. Ella es “Maestra de esperanza. María proclama que “la llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1, 48).

Humanamente hablando, ¿en qué motivos se apoyaba esa esperanza? ¿Quién era Ella, para los hombres y mujeres de entonces? Las grandes heroínas del Viejo Testamento ― Judit, Ester, Débora ― consiguieron ya en la tierra una gloria humana (…). ¡Cómo contrasta la esperanza de Nuestra Señora con nuestra impaciencia! Con frecuencia reclamamos a Dios que nos pague enseguida el poco bien que hemos efectuado. Apenas aflora la primera dificultad, nos quejamos. Somos, muchas veces, incapaces de sostener el esfuerzo, de mantener la esperanza” (J. Escriva de Balaguer, Amigos de Dios, 286).

Faltan pocos días para que veamos en el belén a Nuestro Señor, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen cuidó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y lo señaló después entre los hombres.

El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza (Prefacio II de Adviento). Pidámosle que sepamos esperar, en estos días que preceden a la Navidad y siempre, llenos de fe, a su Hijo Jesucristo, el Mesías anunciado por los Profetas. “Ella precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor (cfr. 2 Pdr 3, 10)” (Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 68).


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / DICIEMBRE 14 -2008     15/12/2008 18:51  Fecha
Mensaje EL EJEMPLO DE JUAN BAUTISTA
III Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. El no era la luz, sino testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan el Bautista, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén a unos sacerdotes y levitas para preguntarle: “¿Quién eres tú?” El reconoció y no negó quién era. El afirmó: “Yo no soy el Mesías”. De nuevo le preguntaron: “¿Quién eres, pues? ¿Eres Elías?”. El les respondió: “No lo soy”. “¿Eres el profeta?” Respondió: “No”. Le dijeron: “Entonces, dinos quién eres, para poder llevar una respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?” Juan les contestó: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”.

Los enviados, que pertenecían a la secta de los fariseos, le preguntaron: “Entonces ¿por qué bautizas, si no eres el Mesías, ni Elías, ni el profeta?” Juan les respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. Esto sucedió en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde Juan bautizaba. ¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús! (Jn 1, 6-8. 19-28).

Estamos ya iniciando la tercera semana de preparación a la Navidad. La liturgia sugiere que en este domingo, en vez del color morado de los ornamentos para la Misa, se puede usar el rosa, como un signo de la alegría que significa la venida del Salvador. En efecto, cuando Jesús viene, cambia la suerte de los pobres y llega la luz para el mundo.

Este es el testimonio del Bautista, y éste ha de ser el testimonio de nuestra fe. “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres. El Señor está cerca” (Filip 4,4.5). Así empieza la celebración de la Misa dominical. Esta alegría es la que ha motivado, a la mayor parte de los países del mundo, para que en estos días haya vacaciones. Hay fiesta y descanso, precisamente por el nacimiento de Jesucristo.

También hay quienes adornan sus casas y comercios con motivos navideños, mandan tarjetas o mensajes electrónicos de felicitación, participan en alguna celebración, como las posadas o la Misa, y en su corazón experimentan buenos sentimientos hacia su familia y los demás. De alguna manera, Cristo está y actúa en ellos. Sin embargo, todo puede ser pasajero y superficial, pues su vida sigue igual, sin ninguna conversión.

El Bautista afirmó: “Yo no soy el Mesías... Yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”. Reconoce cuál es su identidad y su misión. No se exalta a sí mismo; su máxima aspiración es que descubran y acepten a Jesús. Juan vino como testigo, para dar testimonio de la luz. Su misión fue preparar al pueblo judío para que reconociera y aceptara al Mesías que Dios les enviaba, cumpliendo lo que había prometido desde tiempos remotos.

Hoy también existen muchos testigos de Jesús, católicos, protestantes y algunos que dicen no ser cristianos, pero cuyas vidas son un testimonio del Reino de Dios que Jesús ha inaugurado, y que quizá se nos adelanten a los oficialmente creyentes. Hay muchos catequistas, diáconos, religiosas, misioneros, sacerdotes, padres de familia, laicos comprometidos, que dan testimonio, con su palabra y con su actuación, del Evangelio de Jesús. Por medio de su servicio evangelizador, muchos creen en El.

Dice el Precursor: “En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen”. Da testimonio de que el Mesías es Jesús, no el mismo Bautista, quien “ no era la luz, sino testigo de la luz”. Su misión es preparar la venida del único Salvador, que es Cristo. La luz que ilumina a todo el mundo es Jesús. Por ello, en este tiempo se ponen infinidad de foquitos de colores, pues el nacimiento de Jesús trae mucha luz en medio de la noche. Quien no acepta ni busca a Jesús, se queda en la oscuridad y en la esclavitud.

La Navidad es fuente de alegría, porque estamos seguros de la presencia de Dios entre nosotros. Así lo expresa Isaías: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios... Así como la tierra echa sus brotes y el jardín hace germinar lo sembrado en él, así el Señor hará brotar la justicia y la alabanza ante todas las naciones” (Is 61,10-11).

De igual manera, la Virgen María exclama: Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede” (Lc 1, 46-49).

Hay muchas clases de alegrías navideñas, unas muy cristianas, otras no tanto, y otras definitivamente anticristianas. Cuando alguien, con motivo de estas fiestas, dedica un tiempo para meditar y reflexionar en el gran amor que Dios Padre nos tiene, al habernos enviado a su Hijo, que se hace uno de nosotros, experimentará una alegría profunda, aunque no tenga dinero para unas vacaciones dispendiosas.

Cuando se convive alegre y serenamente con la familia y las amistades, entonces se disfruta de una alegría que no se compra ni se compara con nada. Cuando se comparte con los pobres, que no tienen quien les haga felices, se sienten estos días llenos de satisfacción interior. Fuera de Cristo, no puede haber verdadera alegría.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / DICIEMBRE 7 - 2008     5/12/2008 18:19  Fecha
Mensaje ADVIENTO, UNA LLAMADA DE ATENCIÓN
II Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”.

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mi uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Mc 1,1-8)

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo. La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor. Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).

Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje. Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.

Efectivamente, apareció en el desierto. Nos dice el Evangelio que “vestido con piel de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Apareció como un mensajero inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8).

Con esta descripción de la predicación de San Juan Bautista nos queda claro que la preparación para recibir al Señor consiste en arrepentirnos y en recibir el perdón de los pecados. Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías sobre cómo se prepara el camino del Señor tenemos más información de cómo puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy especialmente durante este tiempo de Adviento, el cual nos presenta la Liturgia de la Iglesia en preparación para la venida del Señor.

“Aplanar cerros y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra violencia, etc.

“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones ... pecados todos que dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, pecados que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

“Enderezar los caminos torcidos y desviados” significa rectificar el camino, cambiar de rumbo si vamos por caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan a Dios.

El Adviento pues, nos prepara para todo esto, y nos prepara también para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida histórica de Cristo. Pero también nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo vendrá a establecer.

San Pedro nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese día. Nos dice que el día del Señor “llegará como los ladrones”; es decir, inesperadamente. Nos invita a una vida de “santidad y entrega” en espera del día del Señor. Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.

Y concluye con la llamada que se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y preparación. “Apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.

El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan Bautista. Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento: conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, lujos, comilonas y borracheras.

El Mesías fue anunciado en el Antiguo Testamento y llegó hace 2005 años. La venida de Cristo al final del tiempo también ha sido anunciada y puede venir en cualquier momento “como los ladrones” -nos dice el Señor y nos lo recuerda San Pedro.

Pero el final del tiempo nos llega también a cada uno el día de nuestra muerte, que puede sorprendernos -igual que los ladrones- en cualquier momento. ¿Hemos preparado el camino para nuestro encuentro con el Señor? ¿Estamos preparados? Adviento es una llamada de atención para preparar los caminos.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / DICIEMBRE 7 - 2008     5/12/2008 18:19  Fecha
Mensaje ADVIENTO, UNA LLAMADA DE ATENCIÓN
II Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”.

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mi uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Mc 1,1-8)

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo. La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor. Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).

Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje. Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.

Efectivamente, apareció en el desierto. Nos dice el Evangelio que “vestido con piel de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Apareció como un mensajero inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8).

Con esta descripción de la predicación de San Juan Bautista nos queda claro que la preparación para recibir al Señor consiste en arrepentirnos y en recibir el perdón de los pecados. Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías sobre cómo se prepara el camino del Señor tenemos más información de cómo puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy especialmente durante este tiempo de Adviento, el cual nos presenta la Liturgia de la Iglesia en preparación para la venida del Señor.

“Aplanar cerros y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra violencia, etc.

“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones ... pecados todos que dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, pecados que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

“Enderezar los caminos torcidos y desviados” significa rectificar el camino, cambiar de rumbo si vamos por caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan a Dios.

El Adviento pues, nos prepara para todo esto, y nos prepara también para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida histórica de Cristo. Pero también nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo vendrá a establecer.

San Pedro nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese día. Nos dice que el día del Señor “llegará como los ladrones”; es decir, inesperadamente. Nos invita a una vida de “santidad y entrega” en espera del día del Señor. Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.

Y concluye con la llamada que se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y preparación. “Apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.

El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan Bautista. Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento: conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, lujos, comilonas y borracheras.

El Mesías fue anunciado en el Antiguo Testamento y llegó hace 2005 años. La venida de Cristo al final del tiempo también ha sido anunciada y puede venir en cualquier momento “como los ladrones” -nos dice el Señor y nos lo recuerda San Pedro.

Pero el final del tiempo nos llega también a cada uno el día de nuestra muerte, que puede sorprendernos -igual que los ladrones- en cualquier momento. ¿Hemos preparado el camino para nuestro encuentro con el Señor? ¿Estamos preparados? Adviento es una llamada de atención para preparar los caminos.


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Mensaje ADVIENTO, UNA LLAMADA DE ATENCIÓN
II Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito: He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”.

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mi uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. (Mc 1,1-8)


¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo. La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor. Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).

Los que conocían la profecía de Isaías no deben haber dudado al ver a San Juan Bautista, pues por el retrato que hacía de él el Profeta era inconfundible el personaje. Pero, más aún, al observar lo que decía ya no quedaba la menor duda sobre su papel como Precursor de Cristo.

Efectivamente, apareció en el desierto. Nos dice el Evangelio que “vestido con piel de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”. Apareció como un mensajero inmediatamente antes de Jesús para preparar el camino a éste, predicando “un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados” (Mc. 1, 1-8).

Con esta descripción de la predicación de San Juan Bautista nos queda claro que la preparación para recibir al Señor consiste en arrepentirnos y en recibir el perdón de los pecados. Pero si observamos el detalle que da el Profeta Isaías sobre cómo se prepara el camino del Señor tenemos más información de cómo puede ser ese proceso de conversión y de arrepentimiento al que estamos llamados muy especialmente durante este tiempo de Adviento, el cual nos presenta la Liturgia de la Iglesia en preparación para la venida del Señor.

“Aplanar cerros y colinas” significa rebajar las alturas de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra altivez, nuestro engreimiento, nuestra auto-suficiencia, nuestra arrogancia, nuestra ira, nuestra impaciencia, nuestra violencia, etc.

“Rellenar quebradas y barrancos” significa rellenar las bajezas de nuestro egoísmo, de nuestra envidia, nuestras rivalidades, odios, venganzas, retaliaciones ... pecados todos que dificultan el poder vivir en armonía unos con otros, pecados que impiden la realización de ese Reino de Paz y Justicia que Cristo viene a traernos.

“Enderezar los caminos torcidos y desviados” significa rectificar el camino, cambiar de rumbo si vamos por caminos torcidos y equivocados, que no nos llevan a Dios.

El Adviento pues, nos prepara para todo esto, y nos prepara también para la celebración de la Navidad, en que recordamos la venida histórica de Cristo. Pero también nos recuerda el segundo significado del Adviento: nos recuerda que también nos preparamos para la segunda venida de Cristo, es decir, para el establecimiento de ese Reino que Cristo vendrá a establecer.

San Pedro nos describe, sin ahorrar detalles, cómo será ese día. Nos dice que el día del Señor “llegará como los ladrones”; es decir, inesperadamente. Nos invita a una vida de “santidad y entrega” en espera del día del Señor. Nos asegura que vendrán “un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia”.

Y concluye con la llamada que se repite de varias maneras a lo largo de la Sagrada Escritura, pero muy especialmente en este tiempo de Adviento: vigilancia y preparación. “Apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con El, sin mancha ni reproche”.

El Adviento es tiempo propicio para responder a la llamada de San Juan Bautista. Es la misma llamada que nos hace el Mesías que viene y que nos hace la Iglesia siempre, pero muy especialmente en Adviento: conversión, cambio de vida, enderezar el camino, rebajar las montañas y rellenar las bajezas de nuestros pecados, defectos, vicios, malas costumbres, lujos, comilonas y borracheras.

El Mesías fue anunciado en el Antiguo Testamento y llegó hace 2005 años. La venida de Cristo al final del tiempo también ha sido anunciada y puede venir en cualquier momento “como los ladrones” -nos dice el Señor y nos lo recuerda San Pedro.

Pero el final del tiempo nos llega también a cada uno el día de nuestra muerte, que puede sorprendernos -igual que los ladrones- en cualquier momento. ¿Hemos preparado el camino para nuestro encuentro con el Señor? ¿Estamos preparados? Adviento es una llamada de atención para preparar los caminos.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / NOVIEMBRE 30 2008     30/11/2008 19:21  Fecha
Mensaje HAY QUE ESTAR PREPARADOS
I Domingo de Adviento

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”. (Mc 13,33-37).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Dentro de poco menos de un mes, celebraremos la Navidad, irrupción amorosa de Dios encarnado en nuestra historia. Será una gran fiesta. La Iglesia, en su liturgia, nos invita a prepararnos durante cuatro semanas, que se llaman de Adviento.

Pero el Señor puede acercársenos en cualquier momento, no sólo en los días navideños, ni sólo al final de nuestras vidas y al término de la humanidad, sino en su Palabra, en la oración, en los sacramentos, en los pobres, presencia suya viva y verdadera. Por eso, en este domingo se nos advierte que debemos permanecer alerta, no sea que venga y ni cuenta nos demos.

La liturgia de este domingo nos hace decir estas oraciones: “Vuélvete, por amor a tus siervos... Ojalá rasgaras los cielos y bajaras... Muéstranos tu favor y sálvanos... Vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala... Muéstranos tu misericordia y danos tu salvación”.

¿Por qué este anhelo de la venida del Señor? La respuesta es muy clara: “Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento.

El Adviento nos proyecta a una esperanza, no puesta en los seres humanos, que tanto nos defraudan, sino en “la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”, de que habla hoy San Pablo: “Por medio de Cristo Jesús, Dios les ha concedido dones divinos… El los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento”.

Y concluye: “Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel” (1 Cor 1,7-9). En efecto, El no nos defrauda. Estamos seguros de El. Así como cumplió su promesa, hecha a los patriarcas y profetas, y envió al Salvador, así cumplirá sus promesas de venir al fin de los tiempos, como dice Jesús en el Evangelio, y de estar siempre con nosotros, hasta que se acabe este mundo.

La liturgia de este tiempo de Adviento nos prepara para las tres venidas de Jesús: la histórica, en Belén; la escatológica, al final de la historia humana; la mística, la que sucede hoy y aquí, sea por la lectura orante de su Palabra, sea por las celebraciones litúrgicas, sea en las personas humanas, sobre todo en los pobres. Para las tres, hay que estar preparados, “porque no saben cuándo llegará el momento”. “Permanecer alerta”.

Es lamentable que algunos hermanos de otras religiones sigan repitiendo lo mismo que dijeron antes del año 2000: que está próximo el fin del mundo. Inducen miedo y, con esos métodos, pretenden atraer fieles. No aprendieron de su persistente error, pues no sucedió lo que tanto anunciaban: que se acabaría el mundo en ese año.

Ahora dicen que las desgracias por los huracanes y otros acontecimientos anuncian que pronto todo se va a acabar. Pero la palabra de Jesús es muy clara: “No saben cuándo llegará el momento”! Hay que “permanecer alerta” siempre, para encontrarnos con El, sobre todo para descubrirlo en los pobres, a los que en cualquier momento podemos tener cerca. No sea que pase a nuestro lado y ni cuenta nos demos.

Son muy propias de este tiempo de espera las palabras de Isaías: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras... Tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos” (Is 63,16-19; 64,7).

¡Animo! No todo está perdido. Dios Padre nos ha enviado a su Hijo, como Salvador del mundo. Las cosas pueden cambiar. No estamos solos. El pecado puede ser destruido. La corrupción puede desaparecer. La injusticia se puede transformar en justicia y paz. El individualismo puede dar paso a la solidaridad; el odio al perdón; el racismo a la fraternidad.

Recomendamos encender hoy la primera vela de su corona de Adviento, allá en cada uno de sus hogares, con la siguiente oración: Señor, despierta en nosotros el deseo de prepararnos a la venida de Cristo con la práctica de las obras de misericordia para que, puestos a su derecho el día del juicio, podamos entrar al Reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / NOVIEMBRE 23 2008     21/11/2008 18:58  Fecha
Mensaje REFLEXION DOMINICAL
23 de noviembre de 2008

Fiesta de Cristo Rey
Proyección Social de la fe

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’.

Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá : ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’.

Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron’.

Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?’ Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo’. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. (Mt 25, 31-46)
¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy concluimos el Tiempo Ordinario de las celebraciones litúrgicas y dentro de ocho días iniciaremos el Adviento, hacia la Navidad. En estos últimos domingos, hemos escuchado textos bíblicos que nos presentan las realidades definitivas, para las que hemos de prepararnos.

Seremos sometidos a un juicio, por Aquél a quien no podemos comprar ni engañar. Nuestra suerte dependerá de lo que hayamos hecho o dejado de hacer por los pobres y por los que sufren. Este es el criterio ineludible.

El Evangelio de hoy habla de cielo e infierno. Algunos consideran esto como un cuento, que ya debería olvidarse. Un periódico nacional publicó que el Premio Nóbel de Literatura 1998, dijo “que no cree en ningún dios ni en mundos imaginarios, como el cielo o el infierno”. Expresamente afirmó: “No creo en Dios y no entiendo cómo se puede creer aún en Dios. Sé que cuando llegue mi hora entraré en la nada y se acabó; habrá también un día en que se acabe todo, también la galaxia, y Dios no se cuestionará qué ha pasado con su creación; son fábulas que no se deberían seguir repitiendo”.

Recientemente en un Congreso sobre el tema: “Dios ha muerto”, se escucharon expresiones como la siguiente: ¡Cuántos piensan de forma semejante! Y se sienten maestros para guiar a la humanidad, cuando nuestro único Maestro es Cristo.

Y la palabra de Jesús es muy explícita: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria”. ¿Por qué, entonces, algunos no reconocen su reinado? Porque repiten la actitud soberbia de Adán y de Eva, cuando quisieron ser como dioses.

Porque se consideran dioses a sí mismos, dueños de la sabiduría. Cuando uno de los primeros astronautas subió a la luna, comentó: “Subí a lo más alto del cielo y no vi a Dios”. Alguien le contestó: “Pero Dios sí te vio a ti”.

Sin embargo, la liturgia no se limita a invitarnos a proclamar a Jesús como nuestro Rey, que vendrá “a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos” (Ez 34,17), sino que nos hace caer en la cuenta de que su reinado no es para hacernos esclavos, para mantenernos oprimidos, pues El es un Rey de Amor.

Participará de su reino quien sepa amar a los pobres como lo hizo El; en concreto, a los hambrientos y sedientos, a los forasteros y desnudos, a los enfermos y encarcelados. Este es el reinado definitivo y, por tanto, el criterio decisivo para saber si tomaremos posesión de su gloria, si podremos aspirar a gozar del cielo, “preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

El Reino de Dios, pues, no se reduce a celebraciones sin proyección a la vida de servicio a los necesitados. No consiste en largas oraciones y en recitar textos bíblicos para atacar a los que llevan una religión diferente, sino es desvivirse por hacer algo a favor de tantos desprotegidos que pululan en las ciudades y en el campo. No reinará con El quien se encierra en su egoísmo y nada hace por cambiar la suerte de los empobrecidos.

Y el Papa Benedicto XVI nos insistió a los obispos mexicanos: “En México se vive frecuentemente en una situación de pobreza… México tiene ante sí el reto de transformar sus estructuras sociales para que sean más acordes con la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales.

“Los pastores de la Iglesia en México han de prestar una especial atención, como se hacía en los primeras comunidades cristianas, a los grupos más desprotegidos y a los pobres. Ellos siguen siendo un amplio sector de la población nacional, víctimas a veces de estructuras insuficientes e inaceptables. Desde el Evangelio, la respuesta adecuada es promover la solidaridad y la paz, que hagan realmente posible la justicia. (cf Mt 25, 35-40).


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / NOVIEMBRE 16 2008     15/11/2008 17:16  Fecha
Mensaje LOS TALENTOS QUE DIOS NOS DIÓ
XXXIII Domingo Ordinario
+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Dijo Jesús: Escuchen también esto. Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos de oro, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció en seguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón. Después de mucho tiempo vino el señor de esos servidores y les pidió cuentas.

El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: "Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos." El patrón le contestó: "Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón."

Vino después el que recibió dos, y dijo: "Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos." El patrón le dijo: "Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón".

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: "Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo." Pero su patrón le contestó: "¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses.

Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes." (Mt 25, 14-30).

¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús!.

En este penúltimo domingo del llamado "Tiempo Ordinario", Jesús nos habla de su venida final, cuando todos seremos llamados a cuentas, para examinar qué hicimos con los dones que recibimos. Esa venida del Señor puede acontecer en cualquier momento y nadie sabe el día preciso.

Por ello, hagamos caso a lo que dice San Pablo: "El día del Señor llegará como un ladrón en la noche... De repente vendrá... Pero a ustedes, hermanos, ese día no los tomará por sorpresa, porque ustedes no viven en las tinieblas, sino que son hijos de la luz y del día, no de la noche y las tinieblas. Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente" (1 Tes 5,1-6).

La parábola del Evangelio de hoy es muy elocuente. Dios nos encarga sus bienes, para que los trabajemos y los hagamos rendir frutos e intereses. Esos bienes son la tierra, los astros y toda la naturaleza. También la vida, la familia, las cualidades personales. Sobre todo, los bienes sobrenaturales: el bautismo, la fe, la gracia, la caridad, los sacramentos, la esperanza, la Iglesia.

Todo es regalo, no mérito nuestro. Sin embargo, no son tesoros para esconder, sino para hacerlos producir. El trabajo es un derecho y una obligación. Y quien trabaja, no se queda sin alimento, pues Dios da de comer hasta a los pájaros, pero no en el nido; tienen que salir a buscar y no se mueren de hambre.

Ciertamente a Dios no le gustan los perezosos, los que sólo lamentan y critican, pero nada hacen por desarrollar sus capacidades; los que esconden o desconocen sus talentos y dicen que nada les sale bien y que son un fracaso en la vida y, por ello, a veces piensan en el suicidio.

Dios no quiere que seamos unos acomplejados y amargados; mucho menos unos envidiosos y destructivos de quienes sí han desarrollado sus cualidades y han logrado notables éxitos. No hay que ser de los que culpan a los demás, e incluso al mismo Dios, como responsables de sus propios males, como si Dios fuera injusto, pues piensan que a otros les concedió muchos dones, y a ellos nada.

Esto no es así. A cada quien, Dios le concede la vida porque lo necesita para algo; para vivir esa vocación, El le da los medios necesarios; de nosotros depende que sepamos aprovechar las oportunidades que nos concede y le demos sentido a la existencia.

Me baso en la Palabra de Dios y en la experiencia de mi historia personal. Yo soy hijo de un carpintero ebanista, quien, con su trabajo arduo y creativo, nos sacó adelante a ocho hijos, a pesar de que le tocaron tiempos mucho peores que los presentes.

Nunca lo vi borracho, apostador, derrochador o con otros vicios; tampoco tenía amistades contrarias a su matrimonio. Nunca pensó que la solución a sus limitaciones económicas eran la violencia, apropiarse de lo ajeno, asaltar o secuestrar. Por lo contrario, siempre fue muy trabajador, con iniciativa y creatividad para lograr el sustento de cada día, aunque tuviera que trabajar remendando puertas, o servir de sacristán. Además, fue muy religioso y fiel cumplidor de la Ley del Señor.

Era muy respetuoso del descanso dominical y un promotor incansable de la Adoración Nocturna. Quien ayudó mucho a mi padre fue su esposa, mi madre. Fue una mujer sumamente abnegada, responsable, trabajadora y sacrificada. Gracias a ella se hacían rendir los reducidos ingresos del trabajo de mi Padre. En el centro de la vida, siempre estuvo la Eucaristía.

¡Basta, pues, de quejas, lamentos y críticas! ¡Pongámonos a trabajar y a hacer rendir todo cuanto Dios nos ha concedido! ¡Saldremos adelante y derrotaremos la pobreza! Dios ha puesto muchos bienes y posibilidades a nuestro alcance. Rendiremos cuentas a Dios, que Él pueda decirnos:¡Siervo bueno y fiel, te felicito!



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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / NOVIEMBRE 9 - 2008     7/11/2008 18:26  Fecha
Mensaje NO SABEMOS NI EL DÍA NI LA HORA
XXXII Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a diez jóvenes, que tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco, previsoras.

Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no llevaron aceite para llenarlas de nuevo; las previsoras, en cambio, llevaron cada una un frasco de aceite junto con su lámpara. Como el esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

A medianoche se oyó un grito: “¡Ya viene el esposo! ¡Salgan a su encuentro!” Se levantaron entonces todas aquellas jóvenes y se pusieron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dennos un poco de su aceite, porque nuestras lámparas se están apagando’. Las previsoras les contestaron: ‘No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo’.

Mientras aquéllas iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban listas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él les respondió: “Yo les aseguro que no las conozco”. Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. (Mt 25, 1-13).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Estamos ya terminando el Año Litúrgico de las celebraciones de la Iglesia, y la liturgia nos invita a prepararnos para vivir con responsabilidad y esperanza las realidades últimas, a las que nos deberemos enfrentar, tarde o temprano.

Con la parábola de las diez jóvenes invitadas a formar el cortejo nupcial de un novio para su boda, se nos invita a estar siempre bien preparados para cuando Dios nos haga llegar a su presencia.

Hay bastantes católicos con muy poco aceite, o quizá con la lámpara de su fe ya a punto de extinguirse, si no es que ya está apagada. No leen la Sagrada Escritura, no estudian el Catecismo de la Iglesia Católica, que asume la iluminación bíblica y la proyecta a las realidades actuales, y no han leído los documentos del Concilio Vaticano II, que marcan la pauta por donde quiere caminar la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo.

Desconocen las encíclicas y exhortaciones de los Papas, los documentos de las Conferencias del Episcopado Latinoamericano (1955 en Río de Janeiro, 1968 en Medellín, 1979 en Puebla, 1992 en Santo Domingo y 2007 en Aparecida, Brasil)); y los del Episcopado mexicano. Casi no participan semanalmente en la Misa, ni hacen oración... ¡Cómo van a estar preparados!

La advertencia de Jesús no deja lugar a dudas: “Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora”. Estamos en el otoño del año, y nos acercamos al invierno. En la montaña las hojas de los árboles caen, el hielo seca los campos y mata las flores. Estamos al final de una etapa de la naturaleza.

Debería ser tiempo de cosecha, de tener almacenado suficiente aceite, de hacer un recuento de lo que hemos logrado en la vida y de prepararnos para lo que pueda venir. Es un principio de sabiduría estar listos para cuando Dios nos llame, que puede ser cuando menos lo imaginemos.

La muerte, si morimos en Cristo, es el paso necesario para ir al encuentro del Señor. Por tanto, hay que estar esperando que nos abra las puertas, para entrar con él al cielo, que es lo mejor que nos puede pasar. ¿De qué nos serviría vivir cientos de años, si se nos cierran las puertas de la felicidad eterna? No temamos, pues, a la muerte.

Podemos temer los dolores y sufrimientos de algunas enfermedades graves, porque a lo mejor se nos acaba el aceite de la paciencia, de la fortaleza, de la fe y de la esperanza. Para esos momentos, pidamos a amigos y parientes que alimenten nuestra lámpara con el aceite de los sacramentos, con la confesión y unción de los enfermos, con la comunión eucarística, con la meditación de la Palabra de Dios y la oración. Así, cuando el Señor llegue, entraremos con él al banquete de bodas, al cielo.

Jóvenes, sean sabios y prudentes; almacenen la sabiduría de Dios y tendrán fiesta para siempre. No hagan consistir su sabiduría en experimentar todos los placeres, porque se van a quedar fuera, en la noche y el frío, en la soledad y en la frustración. Si no ponen cimientos a su presente y a su futuro, ante cualquier problema o adversidad se van a derrumbar.

Lo que decimos a los jóvenes, vale para todos: para los esposos y los ancianos. También para los consagrados, pues si un sacerdote o una religiosa no alimentan su lámpara, se sienten vacíos, no le encuentran sabor a su vocación y no atraen nuevas vocaciones. Es lo mismo que les decimos a los gobernantes, a los elegidos a puestos públicos, a los legisladores y a todos los líderes de cualquier índole: Que no se les apague la lámpara de la fe que recibieron en su bautismo.

Para ello, que encuentren la forma de seguir alimentando su aceite, de fortalecer y profundizar sus convicciones religiosas, respetando el justo pluralismo de un Estado Laico. Estemos pues, preparados con la lámpara encendida de nuestra fe, porque no sabemos ni el día ni la hora.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / NOVIEMBRE 2 - 2008     1/11/2008 09:44  Fecha
Mensaje FIELES DIFUNTOS
XXXI Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria. Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y el apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”.

Los justos le contestarán entonces: “¿Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver? Y el rey les dirá: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Entonces dirá también a los de la izquierda: “Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y encarcelado y no me visitaron”.

Entonces ellos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo, enfermo o encarcelado y no te asistimos?” Y él les replicará: “Yo les aseguro que cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes, tampoco lo hicieron conmigo”. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna”. (Mt 25, 31-46).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy hacemos memoria de nuestros difuntos. Pero no es tanto un recuerdo sentimental, pasajero e intrascendente, sino una ocasión para acrecentar “la comunión de los santos”; es decir, de estar cerca, por la fe y por el amor, con aquellos que se nos han adelantado hacia la patria eterna y definitiva.

Celebramos hoy el triunfo de la vida sobre la muerte, pues “nosotros estamos seguros de pasar de la muerte a la vida” (Jn 3, 14) y “para los creyentes la vida no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. (Prefacio de la Misa de Difuntos)

La liturgia católica nos ofrece diversos textos bíblicos, para sostener nuestra fe y esperanza en la resurrección; es decir, en la vida eterna que Dios nos ha prometido. Y la fe en que también nosotros resucitaremos, se basa en el hecho de que Jesús venció a la muerte y ya nunca más morirá.

Él triunfó definitivamente sobre la muerte, y con su resurrección nos asocia a su triunfo, si es que nos decidimos a unirnos a El por la fe y por la obediencia a su Palabra. Si no hubiera resurrección, será inútil celebrar este día; se reduciría a un mero folklore, como el de aquellos que, en vez de vivir las tradiciones de nuestros mayores, se han contagiado del “hallowen”, reduciendo esta fecha a una “fiesta de brujas”. ¡Qué reducción tan lamentable!

Este día de los difuntos responde a la esperanza que todo ser humano tiene de rebasar la existencia temporal y de poder entrar en la eternidad de Dios. En las diferentes culturas de todos los tiempos, este factor de esperanza en otra vida ha sido constante y determinante. En el cristianismo, adquiere una certeza incomparable, porque no se basa en aspiraciones meramente humanas, sino en el hecho de que, en Cristo, sí es posible vencer a la muerte y trascender.

Entre los signos más universales que han sido asumidos por la liturgia católica, resaltan las velas y las flores. Las velas significan la luz eterna, que se desea y se pide para los difuntos. Oramos para que venzan la oscuridad de la muerte y posean la claridad indeficiente, que es Dios mismo.

Las flores significan la vida, la frescura y la fiesta interminable, que anhelamos para ellos. Queremos que vivan como en un jardín, en un paraíso feliz, donde nada les haga falta. Por ello, no podemos dejar de llevarles flores a su tumba. Expresan nuestros deseos más profundos de fiesta perenne para ellos.

Es necesario advertir, sin embargo, que lo que más sirve a nuestros difuntos es la oración que hacemos por ellos, para que Dios les perdone sus pecados y les conceda la vida eterna. Y la oración por excelencia es la celebración de la Santa Misa por su intención. Recordemos que “una flor se marchita, una lágrima se evapora, pero la oración sube hasta el corazón de Dios”. (S. Agustín).

Por otra parte, este es un día muy propio para convivir como familia, precisamente en torno a la memoria de nuestros difuntos. Es la oportunidad para fortalecer los vínculos familiares, gracias al recuerdo vivo de nuestros seres queridos, cuya presencia sigue siendo muy real. Honremos, pues, a nuestros difuntos con los signos de nuestra cultura, y no nos dejemos invadir por costumbres extranjeras, que nada tienen que ver con la fe en la vida eterna.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / OCTUBRE 26- 2008     24/10/2008 13:42  Fecha
Mensaje AMOR A DIOS Y A L PRÓJIMO
XXX Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?"

Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas" (Mt 22,34-40).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Los enemigos de Jesús le quieren poner una trampa; pero él responde en forma muy clara y precisa, para que no se queden con dudas. Les habla de los mandamientos centrales: el amor a Dios y el amor al prójimo, a los que da casi la misma importancia.

Amar a Dios significa conocerlo, respetar su Nombre y sus derechos, darle veneración y culto, adorarlo y postrarse ante El, confiar en su misericordia, tenerlo en cuenta siempre y recordarlo en todo momento, ofrecerle un temor reverencial, defender su honor y cuanto le corresponde.

Y a Dios no se le puede tributar cualquier amor; debe ser “con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Por tanto, no es correcto ir a Misa sólo "cuando le nace a uno", o cuando sobra tiempo, sino cada domingo, que es el "día del Señor"; es decir, día dedicado a El y a cuanto nos enseña, como es amar al prójimo, empezando por la propia familia.

El amor al prójimo tiene exigencias muy concretas. En particular, la primera lectura bíblica de hoy nos habla de las siguientes: "No hagas sufrir ni oprimas al extranjero... No explotes a las viudas ni a los huérfanos, porque si los explotas y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor; mi ira se encenderá..., tus mujeres quedarán viudas y tus hijos, huérfanos.

Cuando prestes dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portes con él como usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque no tiene otra cosa con qué cubrirse; su manto es su único cobertor y si no se lo devuelves, ¿cómo va a dormir? Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque yo soy misericordioso" (Exodo 22,20-26).

¡Cuánta actualidad tiene este texto! Entre nosotros, hay muchos pobres, indígenas, campesinos, desempleados, indigentes, migrantes, minusválidos, etc. Amarlos como prójimos exige no hacerlos sufrir, no oprimirlos ni explotarlos.

Por lo contrario, deberíamos ser misericordiosos con ellos, como Dios lo es con todos, y defenderlos. ¡Ay de aquellos que abusen de su situación! Tendrán a Dios en contra, porque El toma como propia la suerte de los empobrecidos y menospreciados.

Que nadie sienta tranquila su conciencia sólo con ir a Misa y practicar devociones piadosas, con organizar fiestas fastuosas en honor de la Virgen María y de los Santos, con quemar muchos cohetes, llevar bandas de música y adornar con bellas flores los templos, con novenas y ofrendas religiosas.

Si no hay amor al prójimo, empezando por el esposo, la esposa, los hijos, los padres, los abuelos, los vecinos y, en particular, si nada hacemos por los indigentes, no estamos cumpliendo a cabalidad la ley de Dios. Esto es simple y llanamente una exigencia del Evangelio. Es pura Palabra de Dios. Es fidelidad y coherencia con nuestra fe. Si alguien no actúa así, es que no quiere convertirse de corazón y desea seguir viviendo como siempre, para darse una tranquilidad falsa.

Conocí a un ferviente cristiano católico, formado en la Acción Católica, con el Beato Anacleto González Flores, que influyó en el pensamiento de aquella época y que aún hoy nos debe cuestionar, cuando decía: “Era inaceptable que los católicos se negaran a afrontar sus responsabilidades de ciudadanos, a que renunciaran a los compromisos del cristiano a transformar el orden temporal.

Había que enseñar a los católicos a que se entregaran generosamente al bien común, portaran los valores cristianos y fueran con la verdad cristiana a todas partes. Se tenían que proponer acciones prácticas saturadas de realismo social y de espiritualidad cristiana.” (Los Católicos en el Pensamiento de E. González Luna).

Es muy actual también lo que hoy dice el texto bíblico sobre los préstamos. Dios ordena no ser usureros, cargando intereses indebidos. Es de justicia pagar unos intereses que sean proporcionados; pero ¡ay de aquellos que cargan intereses sobre intereses, que son implacables y no esperan a quienes no pueden pagar! ¿Cómo está nuestro amor a Dios y al prójimo?


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / OCTUBRE 19- 2008     17/10/2008 17:41  Fecha
Mensaje DÍA DEL DOMUND
Domingo Mundial de las Misiones

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.

Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28,16-20).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy celebramos el DOMUND, o Domingo Mundial de las Misiones. Su objetivo es procurar que todos los bautizados se hagan corresponsables de la misión confiada por Jesús a su Iglesia, para que la salvación llegue a todo el mundo, sobre todo a los no creyentes.

Dos terceras partes de la población actual del mundo aún no creen en Jesucristo. Ante este hecho, no podemos quedarnos cruzados de brazos, constatando esta realidad con indiferencia, pues, según los caminos ordinarios de salvación, si alguien no acepta a Jesús como Salvador, no puede tener vida eterna.

Es verdad que Dios puede tener muchos medios para salvar a la humanidad, pero explícitamente nos ha revelado en la Biblia que toda salvación depende de aceptar o rechazar a Jesucristo y de pertenecer a su Iglesia.

Hay muchas formas de evangelizar. En primer lugar, los padres de familia han de procurar que sus hijos sean bautizados tan pronto sea posible. Pueden recibir las pláticas prebautismales desde antes de que nazca su criatura y no dejar pasar los meses sin esa gracia para los niños.

Yo fui bautizado al siguiente día de haber nacido, y se lo agradezco de corazón a mis padres. Al crecer los hijos, los papás han de tener cuidado de que sean catequizados y hagan su Primera Comunión, de los 8 ó 9 años en adelante; que participen en la misa dominical, junto con la familia; que conozcan la Biblia y que, en la adolescencia y en la juventud, se integren a grupos de crecimiento en la fe, para que reciban la Confirmación.

Este sacramento se recibe a partir de la Primera Comunión y durante los años de la pubertad, que es cuando los adolescentes empiezan a ser más conscientes de su bautismo y a tener más dudas sobre la religión.

En segundo lugar, podemos ayudar también a que la fe llegue a todos los rincones de la tierra, por medio de la oración. Hay que pedir a Dios que nos conceda más vocaciones misioneras, masculinas y femeninas. Que haya más jóvenes decididos y generosos, capaces de consagrar todo su ser a las misiones.

Y que los catequistas, religiosas, seminaristas, diáconos, sacerdotes y obispos tengamos más conciencia misionera. Nuestro plan Diocesano de Pastoral aboga en su Objetivo General por impulsar una “Iglesia servidora y misionera”.

En tercer lugar, también se puede hacer mucho para que la fe se extienda, ofreciendo por las misiones las penas, dolores y circunstancias difíciles que padecemos. En vez de lamentos y desesperación, hay que ofrecer a Dios nuestros sufrimientos, uniéndolos al sacrificio redentor de Jesús.

En este sentido, los enfermos pueden ser los más grandes misioneros, aunque nunca dejen su lecho de dolor, como lo hizo santa Teresita de Jesús, que nunca salió de su convento, pero ofreció sus oraciones y sus penas por la difusión de la fe. Es la patrona de las misiones.

En cuarto lugar, las obras misioneras requieren nuestra aportación económica, pues en los países a donde van los misioneros, los católicos son pocos. Las escuelas, los hospitales, la construcción de capillas y la manutención de los misioneros, dependen de que nosotros les ayudemos.

Por ello, colaborar con ayuda monetaria es también signo de espíritu misionero. No dejemos de aportar hoy, algo o mucho, de acuerdo a la generosidad de su corazón. La colecta de las Misas en este día, es íntegra para las Misiones.

En quinto lugar, todos habríamos de sentir la urgencia de evangelizar, como dice San Pablo: "Ay de mí, si no anuncio el Evangelio". Para ello, no es necesario ir a países lejanos. Hay muchas personas indiferentes o sin religión, empezando quizá por la propia familia, los vecinos, los compañeros, los amigos y tantas gentes con quienes nos relacionamos en la vida diaria.

En los últimos años, en nuestra Arquidiócesis no ha habido descenso en el número de Católicos, gracias al intenso trabajo pastoral de obispos, sacerdotes y religiosas que han dejado su vida por estas tierras y, sobre todo, al servicio evangelizador de un gran número de diáconos, catequistas y apóstoles seglares, que cada día toman más conciencia y participación en la misión de la Iglesia. Los evangelizadores laicos son nuestra esperanza.

Sin ellos, es imposible llegar a todos los lugares, personas y ambientes que requieren ser evangelizados. Y gracias a los esfuerzos por promover la pastoral vocacional, están aumentado un poco las vocaciones sacerdotales y religiosas. Y nosotros, ¿qué vamos a hacer para que el Evangelio de Jesús llegue a más personas y se salven?


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