Homilias
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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / JULIO 6 / 2008     9/07/2008 19:36  Fecha
Mensaje SENCILLEZ Y HUMILDAD
XIV Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

E1 Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30). ¡Palabra del Señor! ¡Gloria ti, Señor Jesús!

Jesús, en medio de tantos problemas que debe afrontar, se alegra y da gracias a su Padre, porque los sencillos reciben su mensaje, a diferencia de aquellos que sólo lo critican y rechazan. Nos invita a acercarnos a El, para encontrar alivio y descanso, cuando el peso de la vida la hace insoportable. Para disfrutar esta paz que El nos ofrece, es necesario ser humildes y sencillos, lo cual es muy difícil, antes y ahora.

A Jesús le duele el sufrimiento de tanta gente. Por ello, dice: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré”. Esto es verdad. Convencidos por estas palabras de Jesús, nos anima a todos los que se sientan fatigados y agobiados por la carga, que no la tiren por la borda, ni se refugien en la violencia, en la desesperación, en las compensaciones antes descritas, sino que acudan confiadamente a Jesús.

Su vida se llenará nuevamente de esperanza, pues en El encuentran nuevas ganas de vivir y de luchar para salir adelante. Jesús no es un opio que adormece conciencias, sino una fuerza vital que impulsa a construir una nueva vida, una nueva familia, una nueva sociedad, una Iglesia más santa, más fiel a su Maestro. El nos manifiesta el amor del Padre y nos revela los caminos que en verdad conducen a la vida en plenitud.

Jesús nos enseña que la sencillez y la humildad son condiciones indispensables para descubrir los secretos de Dios. Los que se creen sabios y entendidos no comprenden los misterios del Evangelio. Por ello, en nuestras iglesias son los pobres y sencillos los que más participan, los que más acuden a la oración, los que más se postran ante el Señor y ante las imágenes, que no son ídolos, sino representaciones de la Madre de Jesús o de sus amigos los santos.

Son los humildes quienes se acercan a pedir una bendición, una oración, o el perdón de sus pecados en la confesión. Los orgullosos y engreídos no sienten necesidad de ello, a no ser cuando el agua les llega al cuello. Los que se creen que todo lo saben y que son muy inteligentes para comprender todos los fenómenos de la vida, sean psicológicos, políticos, sociales o económicos, apagan en su interior la sed de Dios que llevan inmersa, y su orgullo no les permite acercarse a la Misa, a la confesión, a la oración humilde ante el Santísimo Sacramento, o a pedir un consejo. Por ello, quedan excluidos de la sabiduría divina.

Jesús se duele de los que sufren y hace cuanto puede por ayudarles. Pero no recurre a las armas, ni a la violencia. Regaña a Pedro, cuando éste quiere defenderlo con una espada (cf Mt 26,51-53). Ese no es su camino, ni debe ser el de sus discípulos. Si alguno quisiera defender que la violencia está alentada por la misma Palabra de Dios, demostraría tener una interpretación incorrecta e infiel del mensaje de Jesús.

El mismo se presenta como ejemplo de pacifismo, cuando dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Con esto, cumple lo que ya había anunciado Zacarías: “Mira a tu rey que viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito. El hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de combate. Romperá el arco del guerrero y anunciará la paz a las naciones” (Zac 9,9-10). Jesús no confía en los carros de guerra, ni en los caballos de combate. Su ley es el amor, incluso al enemigo (cf Mt 5,38-48).

Según el Evangelio, es la gente sencilla la privilegiada en recibir la revelación del amor de Dios y de sus secretos. Sus misterios permanecen escondidos a los sabios y entendidos. Esto marca un camino muy claro a nuestra acción pastoral. Si los preferidos por Dios son los pobres, la Iglesia no puede ir por caminos distintos.

Por ello, no sólo en nuestra diócesis, sino para el mundo entero, valen las palabras del actual Documento de Aparecida: “Pero las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas. Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del Reino y nos situamos en el camino de la muerte: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1Jn 3, 14). Hay que subrayar “la inseparable relación entre amor a Dios y amor al prójimo” que “invita a todos a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes” Tanto la preocupación por desarrollar estructuras más justas como por transmitir los valores sociales del Evangelio, se sitúan en este contexto de servicio fraterno a la vida digna”. (D.A. 358).

Hay que revisar, con humildad y sencillez, si vivimos conforme al Espíritu de Jesús. Si la carga de la vida es muy pesada; si no encontramos alivio en nada; si no entendemos los caminos de Dios, hay que pedir al Espíritu Santo que nos haga sencillos y humildes de corazón, a ejemplo de Jesús, y veremos que la vida cambia.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / JUNIO 29 / 2008     1/07/2008 21:08  Fecha
Mensaje SAN PEDRO Y SAN PABLO
XIII Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que eres que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. (Mt 16, 13-19).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

Celebramos hoy la solemnidad de san Pedro y san Pablo. Es tanta su importancia en la Iglesia, que cuando este día cae en domingo, interrumpimos la secuencia de domingos del llamado “Tiempo Ordinario”.

¿Por qué son tan importantes estos dos apóstoles? La respuesta nos la da el prefacio de la Misa: “Pedro es nuestro guía en la fe que profesamos; Pablo, expositor preclaro de los misterios. Pedro consolidó la Iglesia primitiva con los israelitas que creyeron; Pablo fue preceptor y maestro de los paganos, que Dios quería llamar a su Iglesia”.

Jesús al cambiar el nombre a Simón por el de Pedro, es decir “piedra”, le confía una misión muy especial: ser el continuador inmediato y personal del mismo Jesús, quien es la “piedra angular” (Hech 4, 11). Por tanto, Pedro es el vicario de Cristo, el que hace sus veces, el que continúa si misión al frente de la Iglesia. En consecuencia, sobre Pedro, en representación de Cristo, se edifica la Iglesia.

Esto contiene algo muy trascendente: Quien acepta a Cristo como su Salvador, debe también aceptar a Pedro. Quien rechaza a Pedro, rechaza la voluntad explícita de Cristo. Por tanto, a una iglesia que no esté cimentada sobre Pedro, le falta algo que previó el mismo fundador de la Iglesia. Esto no significa que todo lo demás de Cristo que esas iglesias tienen sea falso. Por ejemplo, la Iglesia Católica reconoce como auténtico el bautismo que celebran la mayoría de las confesiones cristianas. Es verdadera su adhesión a Jesucristo, como único Salvador. La vivencia de la fe, de la esperanza y del amor fraterno es un signo de sincero cristianismo. Sin embargo, les falta un elemento básico y fundamental, para ser fieles a la Iglesia tal y como Cristo la quiso ¡Sin Pedro, no se puede ser la verdadera Iglesia de Cristo!

El otro apóstol, Pablo, tiene la misión de extender la Iglesia hacia quienes no eran judíos, sobre todo a los griegos y romanos. De esta manera, ambos apóstoles encabezan la Iglesia. Pedro da la seguridad en la fe. Pablo la difunde por todas partes. Pedro es el centro de unidad en la Iglesia. Pablo da la dimensión misionera. Pedro preside en nombre de Cristo. Pablo hace llegar el Evangelio más allá de las fronteras judías.

La autoridad de Pedro y la dinamicidad de Pablo están al servicio de Cristo, en la Iglesia. No pretenden un poder terrenal. Lo que les importa es que todos conozcan al Salvador, lo acepten de corazón y cambien de vida, conforme al Evangelio. Ésa es su misión y no la cambian por nada. Sin embargo, su predicación va influyendo progresivamente en la transformación de la sociedad.

El Romano Pontífice, a quien también llamamos “El Papa”, “El Santo Padre”, “Su Santidad”, “El Vicario de Cristo”, “El Sumo Pontífice”, es el “Sucesor de Pedro”. Por tanto, su tarea es la misma de Pedro: consolidar la Iglesia, encabezarla, darle unidad, interpretar cada quien como quiera y se traicione la autenticidad del mensaje.

¡Qué gran regalo para la Iglesia es el Papa! Para quienes tenemos fe en lo que Jesús estableció, estar con el Romano Pontífice nos da la seguridad de estar con Cristo, de seguir el camino verdadero y de no exponernos a que cada quien interprete el Evangelio como su inspiración le mueva, ni que surjan tantas iglesias cuantas interpretaciones bíblicas sean posibles.

Pidamos al Espíritu Santo que fortalezca al Papa Benedicto XVI; que le conceda salud y sabiduría, para seguir desempeñando el ministerio que se le ha confiado. Pidamos también por que nuestras diócesis crezcan en comunión eclesial con el Sucesor de Pedro y con sus colaboradores, que le ayudan en el gobierno universal de la Iglesia. Y pidamos por que la Iglesia sea fiel a Jesucristo y a la humanidad, a la que debe servir con la luz y la vida del Evangelio.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / JUNIO 22 / 2008     24/06/2008 09:37  Fecha
Mensaje EVANGELIZADORES AUDACES
XII Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay nada secreto que no llegue a saberse.

Lo que les digo de noche, repítanlo en pleno día, y lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo .

¿No es verdad que se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos” (Mt 10, 26-33).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

Jesús envía a sus apóstoles para que vayan en busca de las ovejas perdidas, y para eso les da oportunas recomendaciones. les dice tres veces “no tengan miedo” a quienes los intenten perjudicar, que pregonen el Evangelio desde donde los puedan escuchar más personas, y no avergonzarse de ser sus discípulos.

Repite tres veces que no tengan miedo a lo que les pueda pasar, pues deben tener la seguridad de que están en las manos y en el corazón de Dios Padre. Son recomendaciones muy convenientes hoy también para nosotros.

Hay católicos vergonzantes, que ocultan lo más que pueden su creencia. Cuando están lejos de quienes les conocen, la practican sin rubor. Pero en su pueblo o ciudad, en su grupo o lugar de trabajo, quisieran que nadie se enterara de su catolicismo. Son frecuentes las persecuciones que podemos sufrir por predicar el Evangelio de la verdad, de la vida, de la justicia y de la paz.

Nos insultan cuando decimos, conforme a la revelación divina, que el aborto es un crimen, que la homosexualidad es una desviación de la naturaleza, que la propaganda del llamado “sexo seguro” es inmoral y peligrosa. Cuando hablamos de las injusticias que se cometen contra los pobres, cuando condenamos el racismo contra los indígenas y la discriminación de las mujeres, unos nos califican como no ortodoxos y nos reprochan que nos estamos metiendo en política.

Es insistente la palabra de Jesús: “No teman a los hombres... No tengan miedo a los que matan el cuerpo... No tengan miedo, porque ustedes valen mucho más...”. Esto debe alentarnos, para no dejarnos amedrentar por quienes desearían que ya no denunciemos la inmoralidad sexual, la corrupción generalizada, el narcotráfico asesino, el abuso del poder político, el egoísmo y el endurecimiento de corazón de quienes han acumulado poder económico, a base de cometer injusticias a los pobres. Ciertamente es más cómodo quedarse callado, porque así no se expone uno a peligros; pero con este silencio seríamos cómplices del pecado.

La advertencia de Jesús es muy seria: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

Por tanto, si no somos capaces de vencer la vergüenza y de dar testimonio público de nuestra fe, nos exponemos a que Jesús no nos reconozca cuando nos presentemos ante su Padre, en nuestro juicio final. Esto sería lo más desastroso para nuestra suerte, porque significa ir a la eterna condenación.

Jesús ordena a sus apóstoles pregonar, desde las azoteas, lo que El les dice. Esto no se debe interpretar en sentido literal, sino en su contexto histórico. En su tiempo, no había micrófonos, ni radio o televisión. La mejor forma de hacerse oír por mucha gente, era hablándoles desde las azoteas.

La orden de Jesús hoy significa no tener miedo de acudir a la radio, la prensa, la televisión e internet, para pregonar desde allí la verdad del Evangelio. No podemos reducirnos a los espacios de los templos, sino utilizar las maravillas de la tecnología para que la Palabra de Dios llegue al mayor número de personas.

Yo agradezco de corazón a los dueños de medios informativos, que me conceden gratuitamente amplios espacios para difundir estas reflexiones dominicales. De modo especial, valoro mucho el buen corazón de los reporteros que, semanalmente, me permiten compartir la iluminación de la Palabra de Dios y de la Doctrina Social de la Iglesia, sobre asuntos y acontecimientos de nuestra entidad, nacional o mundial.

De esta forma, se convierten en colaboradores de la Verdad, para bien del pueblo. Felicito también la obra de nuestra prensa católica: El periódico “Mar Adentro”, las revistas “La Palabra” y “En Camino”, e igualmente nuestro Boletín de Prensa Semanal.

Hoy estamos convocando a todas las personas creyentes y de buena voluntad, que se quieran pronunciar en favor de la vida, a las seis de la tarde en el Asta Bandera para caminar hacia el zócalo, ante el peligro de la declaratoria de constitucionalidad a las leyes que legalizan el aborto en el Distrito Federal.

Por el contrario debemos exigir que se declare su inconstitucionalidad, de parte de los Ministros de la Suprema Corte de Justicia. No hacerlo sería ser cómplices de los crímenes de quitar la vida a muchos seres humanos, en nombre de la ley.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / JUNIO 15 / 08     15/06/2008 09:49  Fecha
Mensaje MULTITUDES EXTENUADAS Y DESAMPARADAS
XI Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias.

Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero de todos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el cananeo, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: “No vayan a tierra de paganos ni entren en ciudades de samaritanos. Vayan más bien en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente” (Mt 9, 36-10, 8). ¡Palabra del Señor! ¡Gloria ti, Señor Jesús!

El Evangelio de hoy resalta la actitud compasiva de Jesús, quien no permanece indiferente ante el dolor humano. Llama a varios colaboradores, para que su amor llegue a las multitudes, extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor.

Nos conmueve cerciorarnos cada día, que disminuye muy poco el número de pobres, sobre todo de los que viven en extrema pobreza. La migración no se detiene, a pesar de los peligros y del racismo inhumano y anticristiano de muchos vecinos del Norte. El campo cada día está más abandonado, porque ya no es rentable producir maíz y frijol; es más barato comprarlos importados, por los cuantiosos subsidios del gobierno norteamericano a sus productores. Los campesinos e indígenas ya no saben en quién confiar, pues se sienten engañados y utilizados.

Nos da lástima, contemplar a tantos adolescentes y jóvenes, que no le encuentran sentido a su vida! Se sienten tan solos, que no ven otra alternativa que el suicidio, las drogas, el alcohol. Algunos no encuentran en sus padres una palabra amiga y comprensiva, sino sólo regaños y exigencias, que no siempre van acompañados de buenos ejemplos en la conducta paterna. Nos duele ver a tantos niños de la calle. Por culpa de tantos hombres, que engendran hijos en forma irresponsable, abusando de mujeres indefensas.

Nos preocupa cuando visitamos los centros penitenciarios, ante tantas historias que nos comparten los internos. Algunos reconocen sus culpas, pero muchos permanecen allí sólo porque no tienen dinero para pagar a quien les defienda. Unos son abandonados hasta por su propia familia.

Nos conmueve ver muchedumbres extenuadas de migrantes, que salen de nuestros municipios, en busca de las promesas del sueño norteamericano. Recorremos por las Costas Grande y Chica y encontramos pueblos abandonados.

Jesucristo se muestra compasivo con las multitudes extenuadas y desamparadas. Nosotros no podemos dejar de hacer lo mismo. Quien se desentienda egoístamente de los pobres, no es cristiano; mucho menos un buen ministro del Señor.

Jesús llama a sus doce discípulos para que hagan lo mismo que El, pues hay muchas personas que necesitan palpar el amor de Dios. Jesús confía a los apóstoles su autoridad para curar enfermos, expulsar demonios, resucitar muertos. Sostenidos por las gracias especiales que les concedió, así lo hicieron. Jesús advierte, sin embargo, que este ministerio ha de ejercerse en forma gratuita, no como Judas, que se aprovechaba de lo que les regalaban para bien de todos; por ello, acabó mal. Es una clara advertencia para no ejercer el sacerdocio u otros servicios en la Iglesia, como si fueran un negocio, personal o de familia. Es justo, ciertamente, que la comunidad provea al sustento de sus ministros, pues la Biblia es muy clara en el sentido de que, quien sirve al altar, de allí debe comer (cf 1 Cor 9, 13-14); pero si algún sacerdote, diácono, catequista, o pastor de cualquier denominación, pretende enriquecerse con el ministerio, que se dedique a otra cosa.

El Señor nos necesita, para que le ayudemos a seguirse compadeciendo de tantas personas que sufren. Nos necesita para liberar a tantos que están encadenados por la pobreza, la enfermedad, la cárcel, la soledad. Nos necesita para anunciar su Evangelio, para proclamar su Reino. Para que su amor llegue a muchas personas que lo buscan ansiosamente. Hacer algo por ancianos, enfermos, presos, discapacitados, etc. Y también como catequista, con niños o jóvenes, y también con matrimonios.

Necesitamos muchos más sacerdotes, religiosas y misioneros. Ayúdenos a pedirlos al Señor, como El nos ordenó: “Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”. Si ustedes conocen a jóvenes de corazón noble, limpios de costumbres, piadosos, dispuestos a consagrar su vida a Dios y a los demás, sobre todo a los pobres, bien integrados a su familia y capaces para estudios superiores, háganles la invitación para que participen en grupos que se organizan para quienes tienen aspiraciones hacia este estilo de vida.

En nuestro Seminario diocesano, tendremos retiros en la primera quincena de julio próximo, para muchachos varones que al menos hayan terminado la Secundaria. Que se comuniquen con su párroco, o con el Equipo de Pastoral Vocacional, para más detalles.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / Mayo 18 / 2008     17/05/2008 19:54  Fecha
Mensaje LA SANTÍSIMA TRINIDAD

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. E1 que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios” (Jn 3, 16-18). ¡Palabra del Señor! ¡Gloria ti, Señor Jesús!

Después de haber celebrado los misterios de la Navidad y de la Pascua, que son los dos periodos fuertes de la liturgia, la Iglesia nos invita a centrar hoy nuestra atención en la Santísima Trinidad, que es el origen y el sentido de todos los misterios divinos. Esta fiesta es como una síntesis de todo el año litúrgico. Dios es amor, y por ello, no es un Dios solitario, sino un Dios que es relación, que es tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Aquí está el modelo de toda familia, de la sociedad humana y de la misma Iglesia.

En el escudo del Papa Benedicto XVI, encontramos el símbolo de una concha de mar, que recuerda aquella anécdota de la vida de S. Agustín, el gran converso de Hipona, cuando vio a un niño que jugaba en la playa, tratando de llevar toda el agua del mar a un pocito que había hecho con sus manos.

El pensó entonces que así es de imposible que nosotros podamos abarcar con toda su dimensión real y divina, en nuestra mente tan pequeña, el misterio insondable de la Santísima Trinidad. No lo alcanzamos a comprender, pero sí entendemos que Dios es tres personas distintas y un solo Dios verdadero, porque El mismo nos lo ha revelado.

En el Evangelio, Jesús resalta el amor del Padre, que El encarna y hace visible, y que se continúa en su Iglesia por obra del Espíritu Santo. Dios no quiere condenar al mundo, a pesar de todos sus pecados y desviaciones, sino salvarlo. Para ello viene Jesús y asume en su propia carne todas las injusticias y los pecados de este mundo, para redimirlos en su cruz, que es la prueba máxima de su amor por nosotros. Hay muchos pasajes bíblicos que nos presentan el misterio de la Santísima Trinidad. Es una revelación directa de Dios mismo. Si El no nos hubiera dicho que es trino, nosotros no lo habríamos descubierto. La revelación bíblica nos dice que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Siendo tres personas distintas, hay un solo Dios verdadero. Así lo cantamos en el Prefacio de la Misa de hoy: “En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno. Que con tu único Hijo y el Espíritu Santo, eres un solo Dios, un solo Señor, no en la singularidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Y lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, eso mismo lo afirmamos de tu Hijo y también del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. De modo que al proclamar nuestra fe en la verdadera y eterna divinidad, adoramos a tres personas distintas, en la unidad de un solo ser e iguales en su majestad”.

Nuestra vida está marcada por el Dios, uno y trino: en el Bautismo fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y, por lo tanto, sellados por su amor salvador. Hacemos la señal de la cruz, nombrando a las tres personas, en tantos momentos importantes o diarios de la vida; sobre todo al principio de la celebración, y en su nombre recibimos la bendición final.

También el saludo inicial del sacerdote, con frecuencia, tiene ese carácter trinitario, a veces con la misma fórmula que utilizaba Pablo, en el “Gloria al Padre” tenemos una fórmula repetitiva de alabanza a Dios uno y trino, que deberíamos decir con mayor interés y conciencia de hijos.

En el Credo y en las profesiones de fe (Bautismo y Confirmación), expresamos nuestra decidida fe en ese Dios que ha actuado de modo tan admirable en la historia de la salvación. Nuestra oración litúrgica va siempre dirigida al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, sobre todo en la conclusión de la Plegaria Eucarística. Debemos caer en la cuenta de que este misterio es central en nuestra fe y en nuestra vida.

El Documento de “Aparecida”, en uno de sus más elocuentes párrafos, nos exhorta a colocar en la base de nuestra vida de discípulos y misioneros nuestra fe trinitaria: “Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abbá”.

Todos los bautizados y bautizadas de América Latina y El Caribe, “a través del sacerdocio común del pueblo de Dios”, estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la trinidad, pues “la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria”. (DA 157).

El próximo jueves 22 celebraremos la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Es día festivo de precepto, obliga a participar en la Misa y, en la medida de lo posible, abstenerse de trabajo. En la Eucaristía se actualiza todo el misterio de amor de Dios. Es un día de alabanza destinado a honrar a Cristo.

Gloriosamente en la Sagrada Eucaristía; aquí en Acapulco invitamos a todo el pueblo a participar en la Procesión Solemne del “Corpus Christi”, que se iniciará con la Santa Misa a las 6 de la tarde, en el Templo Expiatorio de San Cristóbal, Colonia Progreso, y desde allí hasta el zócalo, iremos en procesión, terminando con la Bendición del Santísimo Sacramento, frente a la Catedral.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Mayo 11 - 2008     9/05/2008 19:59  Fecha
Mensaje DOMINGO DE PENTECOSTÉS

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar” (Jn 20, 19-23).¡Palabra del Señor! ¡Gloria ti, Señor Jesús!

Hoy celebramos la solemnidad de Pentecostés, con la cual concluimos las siete semanas de fiestas pascuales que iniciamos el domingo de resurrección. La venida del Espíritu Santo tiene como objetivo hacer que Jesús resucitado continúe vivo y operante en su Iglesia. El Espíritu Santo es enviado por Dios Padre para que toda la obra redentora de Cristo se actualice en la historia, hasta el último rincón de la tierra, por medio de la Iglesia.

Cuando vino el Espíritu Santo, los Apóstoles estaban reunidos, junto con María, la Madre de Jesús. Dice el texto bíblico que hubo un viento fuerte y que se posaron sobre sus cabezas unas como lenguas de fuego (cf Hech 2,1-11). Esto tiene su significado. El Espíritu Santo hace Iglesia, forma comunidad en torno a Pedro y a los demás apóstoles. No viene a los aislados y solitarios, a los individualistas e independientes, sino a quienes están reunidos en oración, con la Virgen María. La acción del Espíritu Santo se manifiesta en la Iglesia, que, como lo indica su nombre griego ekklesia, es la que se encarga de convocar a los dispersos; es la congregación de los discípulos del Señor. Por ello, la división de los cristianos es uno de los escándalos más grandes de la historia del cristianismo, pues Jesucristo no fundó muchas Iglesias, sino una sola, la que encargó a Pedro para que la presidiera en la caridad.

Los obispos somos responsables de las Iglesias locales, pero no somos autónomos. El criterio de autenticidad de una diócesis es su comunión con Pedro y bajo Pedro. Los obispos debemos ser el lazo de unión de nuestras comunidades con el Sucesor de Pedro. Si hacemos algo sin esta comunión, nosotros mismos nos descalificamos. Por ello, hace casi un año, el 29 de junio, recibí de manos del Papa en Roma, en la Basílica de San Pedro, el Palio Arzobispal, que me compromete a ser promotor de una unidad que debe estar presente en todas nuestras parroquias, en torno al Sucesor de Pedro, que actualmente es Benedicto XVI. La Iglesia antes que ser Santa, Católica y Apostólica, debe ser Una.

Hacer que la Iglesia sea una, es obra del Espíritu Santo, como dice San Pablo (1 Cor 12,3-13). El Espíritu Santo construye y adorna a su Iglesia con una gran variedad de carismas, grupos, movimientos, organizaciones, servicios, jerarquías y tendencias. Por ello, a nadie debe extrañar que seamos tan diferentes los obispos y los demás miembros de la Iglesia. Sin embargo, nuestras diferencias han de servir para construir la unidad entre pastores y fieles, entre diocesanos y religiosos, entre las diferentes congregaciones religiosas, entre los movimientos y las organizaciones. Nuestra unidad ha de ser la señal de que somos la verdadera Iglesia de Jesús, dirigida por el Espíritu Santo, y no por otros espíritus de este mundo. Cuando hay divisiones motivadas por envidia, por falta de comunicación y de caridad, se lesiona entrañablemente la obra de Jesús y se da un signo claro de que no es el Espíritu Santo quien habita en quienes promueven tales disensiones.

Debemos, pues, construir la unidad en las familias, en la sociedad y en la Iglesia, dentro de la pluralidad de legítimas diferencias. Hemos de pedir al Espíritu Santo que venga nuevamente como un viento impetuoso y se lleve lejos toda división que haya entre nosotros. Que su fuego divino queme los odios y las envidias, los insultos y las calumnias, las desconfianzas y las descalificaciones. Que el fuego del Espíritu transforme los corazones egoístas en generosos, las actitudes agresivas y violentas en pacificadoras, las mentes perversas y desestabilizadoras en leales y constructivas. Que el Espíritu Santo ilumine a los dirigentes sociales, políticos y económicos, para que tengan apertura de mente y de corazón y así promuevan unas estructuras más justas, humanas y solidarias. Que el Espíritu Santo nos ayude a hacer posible la fraternidad y la reconciliación.

Para ello, nos ayuda esta oración, que les invito a hacer con frecuencia: "Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos. Ven ya, padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo. Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. Ven, luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran. Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza, tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno. Amén".


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Mayo 4 - 2008     5/05/2008 17:00  Fecha
Mensaje DOMINGO DE LA ASCENSIÓN

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt. 28, 19-20).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

A los cuarenta días de la resurrección del Señor Jesús, hoy celebramos su gloriosa Ascensión a los cielos. Fue enviado por el Padre y ahora vuelve a El. Nuestra fe afirma que Cristo subió al cielo; pero esto no significa que sobrepasó las nubes y se quedó en alguna parte superior del espacio. Así lo pensaba el primer astronauta ruso, quien dijo que fue al cielo y no encontró a Dios, con lo cual demostró su total ignorancia religiosa. Ascender al cielo es entrar en su gloria eterna.

Y que nosotros podamos también ir al cielo, implica vivir en un estado perfecto, en que ya no habrá dolor, llanto, enfermedad, muerte, penas, sufrimientos, pecado o maldad, sino dicha y felicidad sin fin, gozo total y definitivo, perfección y plenitud, realización máxima de nuestros sueños y capacidades. Nada nos faltará para ser plenamente felices. ¡Eso es el cielo! Presencia de todos los bienes y ausencia de todos los males.

Sin embargo, los cristianos, porque esperamos el cielo, hemos sido muchas veces mal comprendidos por quienes carecen de fe y de esperanza. Se burlan de nosotros, pues nos consideran unos ingenuos, que viven de ilusiones vagas y sin fundamento. Incluso nos acusan de que, por pensar en el más allá, nos olvidamos de mejorar el más acá, es decir, nuestro mundo actual. Los marxistas nos achacaron que, por esperar el cielo, hacemos a un lado nuestra responsabilidad de transformar este mundo, para que sea más fusto y fraterno.

Ciertamente hay peligro de que algunos así vivan su fe. A los mismos apóstoles, en el día de la Ascensión, les dijeron: "¿Qué hacen allí parados, mirando al cielo?" (Hech 1,11). Como quien dice: Hay mucho qué hacer. No se queden contemplando. Hay que evangelizar, bautizar y enseñar a cumplir los mandatos del Señor, como lo ordenó: "Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado".

Los creyentes tenemos obligación de luchar por que nuestro mundo viva conforme a cuanto Jesús nos ha mandado, denunciando lo que sea contrario a su voluntad y adelantando el cielo que esperamos. Debemos demostrar que, si ponemos en práctica los mandatos del Señor, empezamos a vivir felices desde este mundo, aunque conscientes de que la dicha total será sólo cuando lleguemos al cielo. Y el principal mandato que hemos recibido es amar a Dios y al prójimo. Tan prioritario es esto, que si alguien nada hace por los pobres y los marginados, no tiene ninguna esperanza de entrar al cielo (cf Mt 25,31-46).

“Reconocemos el don de la vitalidad de la Iglesia que peregrina en América Latina y El Caribe, su opción por los pobres, sus parroquias, sus comunidades, sus asociaciones, sus movimientos eclesiales, nuevas comunidades y sus múltiples servicios sociales y educativos. Alabamos al Señor porque ha hecho de este Continente un espacio de comunión y comunicación de pueblos y culturas indígenas. También agradecemos el protagonismo que van adquiriendo sectores que fueron desplazados: mujeres, indígenas, afroamericanas, campesinos y habitantes de áreas marginales de las grandes ciudades”. (DA 128).

Estamos llamados a ir al cielo y hemos de luchar por conseguirlo. Pero hay que empezar por desearlo y por creer que existe, como dice San Pablo: "Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de reflexión para conocerlo.

Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa" (Ef 1, 17-19).

Deseamos ir al cielo y anhelamos esa dicha para todos. Pero para llegar a él, hay que empezar a construirlo desde aquí en la tierra, en la medida de lo posible. Por tanto, en los hogares, los esposos y los hijos han de procurar que no haya más infiernos por los golpes, insultos, infidelidades, egoísmos y orgullos.

Que en la vida social, política y económica, todos luchemos por que salgan del infierno en que se encuentran muchísimos campesinos, obreros, indígenas, enfermos, desempleados, endeudados, marginados, desahuciados.

Que les hagamos disfrutar algo de cielo, compartiendo con ellos lo poco o mucho que tengamos. Que los pobres no vivan más como en un infierno, del cual parece que no pueden liberarse. Que se reconozcan los justos derechos de los indígenas y se les ayude a salir de su postración, para que ellos mismos sean constructores de su propia felicidad. El cielo es para todos y nadie lo puede acaparar para sí mismo. Esta es la exigencia de nuestra fe, que no nos enajena, sino que nos compromete.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Abril 27 - 2008     26/04/2008 21:27  Fecha
Mensaje LA GRAN PROMESA
VI Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad.

El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.

No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes sí me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes.

El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,15-21).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

Dentro de ocho días, celebraremos la Ascensión del Señor Jesús al cielo; por ello, la liturgia nos va preparando para ese misterio, presentándonos hoy lo que Jesús dijo a sus discípulos desde la noche del Jueves Santo. Les dio importantes recomendaciones y les hizo consoladoras promesas.

Les dijo: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos... El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él". Es decir, si alguien afirma que cree en Jesús y que lo ama, pero no practica lo que El ordena, demuestra no amarlo realmente.

¿Queremos saber si de veras amamos al Señor? Si cumplimos al menos los diez mandamientos de la ley de Dios, la respuesta es positiva. Si no los cumplimos, no nos engañemos; no amamos a Dios, aunque recemos mucho, aunque alguien sepa la Biblia de memoria y aunque vaya a Misa todos los días.

Para que no queden dudas al respecto, insiste en que, si lo amamos, habitará en nosotros: "Yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes". Y agrega: "Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él". Además: "El Espíritu de verdad ... habita entre ustedes y estará en ustedes". Esto significa que en cada persona bautizada, habitan las tres divinas personas de la Santísima Trinidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A pesar de nuestras limitaciones, somos como un templo vivo, como un sagrario, en el que Dios habita y permanece.

Sin embargo, el pecado, que es no cumplir los mandamientos de Dios, destruye o ensombrece la presencia de Dios en nosotros. El no practicar los mandatos del Señor, impide que seamos resucitados, llenos del amor del Padre, de la gracia de Jesucristo y de la comunión con el Espíritu Santo. Por ello, quienes se empecinan en su pecado y presumen de sus vicios y degradaciones, son los más infelices de este mundo. Aunque tengan todas las satisfacciones corporales, les falta la presencia de Dios en sus vidas, y con esto son los más pobres y vacíos.

Jesús hace otra promesa a sus discípulos: "Yo le rogaré al Padre y él les enviará otro Consolador que esté siempre con ustedes, el Espíritu de verdad". Cristo es el primer consolador, enviado por el Padre. Al subir al cielo, promete enviarnos a quien continúe en la historia lo mismo que El había hecho.

Esto es lo que realiza el Espíritu Santo, a partir de Pentecostés, fiesta que celebraremos dentro de quince días. Todos necesitamos al Espíritu Santo, que es abogado defensor y maestro de la verdad, fortaleza y serenidad en los problemas, esperanza y paz en los momentos de incertidumbre. Es nuestro asesor, nuestro guía, nuestra luz. Es quien nos hará llegar a la verdad plena y definitiva sobre nosotros mismos y sobre el Evangelio. ¡Cómo nos hace falta el Espíritu de la verdad! Porque en este mundo triunfan la mentira, la calumnia y las medias verdades. Es difícil encontrar a alguien que acepte su culpa, sus errores y sus limitaciones.

Respetamos y valoramos otras religiones, sobre todo las de signo cristiano, porque poseen varios elementos de la verdadera Iglesia fundada por Cristo; pero hay que presentarles la plenitud de la revelación, para que la luz que han alcanzado brille en todo su esplendor. No se puede pensar que todas las religiones son iguales y, por tanto, que cada quien crea en lo que quiera. Esto es un relativismo religioso y moral, que produce un subjetivismo ético, donde cada quien cree y hace lo que quiere. Esto es contrario a la Verdad revelada por Jesucristo, quien es el único camino de vida eterna. Sólo una religión fundó Cristo y sería falso afirmar que enseñó verdades contradictorias en otras religiones; sin embargo debemos respetarnos mutuamente los diferentes credos, hacer oración juntos, dialogar y participar en acciones comunes por el bien de todos, respetándonos y buscando juntos la unidad en la armonía.

Jesús sabe los problemas que vendrán sobre sus seguidores. Prevé los riesgos y las persecuciones. Por ello, les advierte: "No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes". ¡Qué consoladoras son estas palabras! En efecto, si nos fiamos plenamente de El, nunca nos dejará solos, sobre todo en las dificultades e incomprensiones, en las críticas y en la soledad. Contamos con su presencia, hecha efectiva por la acción del Espíritu Santo. Aunque el mundo nos margine y desprecie, El nos sostiene. ¡Danos, Señor, el Espíritu de la verdad!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Abril 20 - 2008     19/04/2008 18:46  Fecha
Mensaje “MUÉSTRANOS AL PADRE” (Jn.14,8)
V Domingo de Pascua

+ FELIPE AGUIRRE FRANCO
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo se lo habría dicho a ustedes, porque voy a prepararles un lugar. Cuando me vaya y les prepare un sitio, volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy".

Entonces Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí. Si ustedes me conocen a mí, conocen a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".

Le dijo Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta". Jesús le replicó: "Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: 'Muéstranos al Padre'? ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que hago yo y las hará aún mayores, porque yo me voy al Padre" (Jn 14, 1-12).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

En esta ocasión, Jesús revela su relación tan profunda con el Padre, pues son un solo Dios, aunque son personas distintas. Ha venido a este mundo enviado por el Padre. Ahora regresa al Padre. Todo cuanto hace y dice es por mandato de su Padre. Siempre habla de su Padre y en todo depende de El. Por eso, como dice el apóstol Felipe, lo más importante es conocer al Padre.

Al respecto, dice Jesús: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre". Es decir, quien conoce a Jesús, conoce al Padre, pues en Jesús el Padre se manifiesta. Con esto nos revela la unidad que hay en Dios: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí".

En el Evangelio del quinto Domingo del tiempo pascual encontramos una de las afirmaciones más fuertes y rotundas de todo el Nuevo Testamento. En respuesta a la pregunta de Tomás sobre el camino por el que hay que ir al Padre, Jesús responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. Jesús se proclama la meta última de nuestra existencia y el camino para conseguirla.

Ante todo esto, Jesús nos pide que no perdamos la paz. Pero, ¿cómo es posible conservarla, si el ambiente que nos rodea provoca todo lo contrario? ¿Cómo tener y conservar esa paz? La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas: Tenemos un Padre Dios, que nos ama, que nos ha creado, que nos ha enviado a Jesús como Salvador, que nos regala su Espíritu Santo, que nos enseña el camino para ser felices desde este mundo, que nos prepara un lugar en el cielo, que nos da en herencia la vida eterna. Y en Jesús tenemos el camino, la verdad y la vida que nos dan esa paz, porque en Jesús todos somos hermanos.

Si en verdad siguiéramos el camino de Jesús, si obedeciéramos su Evangelio, si hiciéramos caso a su Palabra, en vez de corrupción, habría honestidad; en vez de mentiras, verdad; en vez de agresiones, perdón; en vez de injusticias, fraternidad; en vez de violencia, respeto a personas y cosas ajenas; en vez de egoísmo, solidaridad; en vez de enfrentamientos, trabajo común organizado; en vez de infierno, cielo. Todo esto tanto en la familia, en las oficinas y en el trabajo, como en la vida social y política.

Si todos practicáramos los mandatos evangélicos, nadie dañaría a nadie. Ni los ricos y poderosos se aprovecharían de su posición para acumular desmedidamente, a costa de sus trabajadores, ni los pobres y marginados se dejarían vencer por el odio, la ambición de posesionarse de lo ajeno por el ansia de venganza. Todos nos trataríamos como hermanos, no sólo respetando derechos ajenos, sino hasta compartiendo lo propio. Este mundo nunca será un paraíso terrenal, pero tampoco lo convirtamos en un infierno.

Muchos, a pesar de decirnos creyentes, hacemos lo contrario de lo que Jesús enseña. Otros se hacen su propia ley y se dejan llevar por sus personales criterios; a nadie toman en cuenta, ni a Dios. Con razón sus incontrolables instintos los encadenan.

Varios se suicidan, porque no tienen fe en que Dios Padre los ama; quieren escapar del infierno de esta vida, sin darse cuenta de que, al quitarse la vida, desobedecen las leyes de Dios y se exponen a sufrir un infierno eterno, con lo que su sufrimiento, en vez de acabarse, se puede perpetuar.

Pero todo esto les pasa porque nadie les ha revelado que tienen un Padre bueno y misericordioso; no hay quien les enseñe el camino cierto de felicidad, que es Jesús. Sus propios padres quizá se han preocupado por darles comida, ropa y escuela, pero no les han acercado a Jesús, ni les han revelado la verdad del Evangelio.

Si confiamos en nuestro Padre, sabemos que no estamos solos y que, si trabajamos y ponemos cuanto está de nuestra parte, no nos faltará el pan de cada día. Aunque nos sintamos solos e incomprendidos por todos, tenemos la certeza de que Dios Padre nos comprende, nos perdona, nos levanta y nos sostiene, porque nos ama más de lo que merecemos.

Y aunque llegue la muerte, estamos seguros de que nos espera una felicidad en el cielo tan grande y tan plena que nuestra imaginación no alcanza a descifrar. Tenemos toda una eternidad para saborear lo que significa la palabra Padre. ¡Dios es mi Padre!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Abril 13 - 2008     11/04/2008 19:27  Fecha
Mensaje DOMINGO DEL SEMINARIO DIOCESANO
IV Domingo de Pascua

+ FELIPE AGUIRRE FRANCO
Arzobispo de Acapulco.

"En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”. (Jn. 10,1-10).


¡Palabra del Señor! ¡
Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy es el domingo del Buen pastor. Desde los tiempos del Papa Pablo VI, en este día la Iglesia celebra la “Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones”, porque Jesucristo Resucitado, que es el Buen Pastor, nos da vida eterna y quiere que esa vida llegue a todos.

Pero esto lo lleva a cabo por medio de los pastores y colaboradores que él elige para tal fin. “Les daré pastores según mi corazón” (Jer. 3,15). Hoy va a cumplir entre nosotros su palabra, al llamar por la Ordenación de los Diáconos a cinco seminaristas guerrerenses: Jorge, Manuel, Víctor, Martín, y Alejandro.

Hoy es el día de nuestro Seminario Arquidiocesano del Buen Pastor en Acapulco. Hoy se invita a toda la comunidad cristiana que ore al Señor para que nos conceda más y mejores sacerdotes; que siga llamando a adolescentes, jóvenes y adultos, que consagren todo su ser al Reino de Dios, desgastando su vida para que los pobres sean evangelizados, y que haya más misioneros para comunicar su salvación al mundo. En nuestro Seminario se forman alrededor de 90 Seminaristas que estudian humanidades en el Seminario Menor, Filosofía y Teología en el Seminario Mayor, y un año de preparación en el Curso Introductorio de Petatlán, Gro. Contamos además con la experiencia de un Seminario Auxiliar y los Seminaristas en Familia.

Necesitamos buenos pastores para la comunidad, y en ello todos hemos de comprometernos. Los formadores de los candidatos al sacerdocio tienen una especial responsabilidad, para educarlos según el corazón de Cristo; pero toda la comunidad cristiana tiene que poner también su empeño en promover vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras, y ayudar para que se formen de tal manera que hagan presente el amor de Dios por su pueblo. Tenemos un equipo de formadores que dedican lo mejor de su tiempo a la formación integral de los candidatos al Sacerdocio, en las áreas humana, espiritual, académica y pastoral.

¿Qué se puede hacer? En primer lugar, orar mucho más, para pedir “al Dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos” (Mt. 9,38). En segundo lugar, invitar a adolescentes y jóvenes a acercarse al Seminario; a las religiosas, tanto de vida contemplativa como activa, y hablarles de la posibilidad de consagrar su vida al Señor, o en el sacerdocio, o en la vida religiosa y misionera. Si ustedes conocen a algunos jóvenes que tengan buenas cualidades, sanos de cuerpo y mente, con suficiente capacidad intelectual, piadosos, bien definidos en su masculinidad, generosos y serviciales, bien integrados en su familia, preséntenles esa posible vocación. Que hablen con un Sacerdote, o con una religiosa, para que le ayuden a discernir si tiene signos positivos de vocación consagrada. Y si estos candidatos son sus propios hijos, no se los nieguen al Señor, pues ellos no les pertenecen a ustedes, sino a Dios. Si Él los necesita para pastorear a la comunidad y salvar a muchas personas, esa sería su mejor realización y la mayor felicidad para sus padres.

A los Obispos, muchas comunidades nos piden que les enviemos más sacerdotes, porque requieren más atención pastoral. Sin embargo, no los hay en número suficiente, y no podemos depender siempre de que nos lleguen de fuera. Agradecemos a quienes han venido de otras partes del país, o del extranjero. Valoramos su generosidad, al dejar su tierra, su familia y quizá algunas comodidades. Necesitamos su apoyo. Seguiremos agradeciendo la presencia de los Religiosos. Pero es indispensable promover más vocaciones sacerdotales entre nosotros mismos, en las familias y comunidades, para el servicio de todos. Tenemos para toda la Arquidiócesis unos 105 Sacerdotes y otros 22 Diáconos Permanentes.

Las propias familias y toda la comunidad deben ayudar en la formación de los que han sido llamados para este importante ministerio. Que cuando vean nuestros errores, hagan más oración por nosotros y se acerquen, con caridad, prudencia y respeto, a llamarnos la atención, para que nos ayuden a convertirnos. Que nos den buenos consejos y nos corrijan, para que todo nuestro amor sea para Cristo y para el servicio de la Comunidad. Les invitamos a conocer y ayudar a nuestro Seminario situado en el barrio de Costa Azul aquí en Acapulco. Hoy es el día de esta benemérita institución del Buen Pastor.

Nuestra misión esencial es hacer presente a Jesucristo vivo y resucitado en la comunidad, por medio de la predicación de la Palabra de Dios, por la celebración de los sacramentos y por el impulso de la justicia y del amor fraterno. Somos pastores, no políticos ni líderes meramente sociales. Nuestra ilusión no es adquirir un poder temporal, sino que todos escuchen y sigan a Jesucristo. Nosotros no somos la salvación de los demás, sino sólo el medio para que Él les dé vida eterna. Esto es lo que necesitamos para Acapulco, Costa Grande y Costa Chica, para servir a todos, en particular para los que más sufren, como son los enfermos, los indígenas, los presos, los migrantes, los más abandonados.

Jesucristo nos dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10). Sus palabras son camino cierto de paz y de fraternidad. El siempre se preocupó por los que sufren e hizo todo lo posible por remediar su dolor. Nosotros también tenemos obligación de conocer a nuestro pueblo, estar cerca de sus penas y dolores, comprometernos a defender su dignidad y promover sus justos derechos. Somos pastores, no mercenarios; por ello, no podemos abandonar a nuestra gente. Nuestro camino y modelo es Cristo, el Buen Pastor, a quien debemos hacer presente en la comunidad. ¡Que el Espíritu Santo nos ayude a cumplir nuestra misión!

Desde que llegué a este lugar llamé al Seminario “la niña de los ojos del Obispo y de esta Iglesia Particular de Acapulco”. ¡Felicidades a nuestro Seminario Arquidiocesano del Buen Pastor!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Abril 6 - 2008     5/04/2008 19:30  Fecha
Mensaje LOS DESCORAZONADOS
III Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"El mismo día de la resurrección, iban dos de los discípulos hacia un pueblo llamado Emaús, ... Mientras conversaban y discutían, Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos discípulos estaban velados y no lo reconocieron. El les preguntó: "¿De que cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?"

Uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el unico forastero que no sabe lo que ha sucedido estos dias en Jerusalen?" El les preguntó: "¿Qué cosa?" Ellos le respondieron: "Lo de Jesús el nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que el sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron...

Entonces Jesús les dijo: "¡Que insensatos son ustedes y que duros de corazón para creer todo lo anunciado por los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria?" Y comenzando por Moises y siguiendo con todos los profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él. Ya cerca del pueblo a donde se dirigían, el hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer". Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero el se les desapareció...

Se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, los cuales les dijeron: "De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón". Entonces ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24, 13-35).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

La liturgia de este domingo nos presenta a Jesús, quien se aparece a dos de sus discípulos que, descorazonados y decepcionados, se alejaban de Jerusalén. Ya se les habían desvanecido las esperanzas de que con El todo se iba a solucionar y que el imperio romano sería derrotado. Ya no querían convivir con los demás discípulos y decidieron separarse, quizá para ponerse a salvo y olvidarse del asunto. Sus ilusiones se habían acabado; ya no tenía caso seguir con la comunidad apostólica.

Se parecen a muchos cristianos que, mientras no tienen mayores problemas, dicen ser discípulos de Jesús; pero cuando todo sale al revés, como cuando un ser querido enfermo no sana y muere, a pesar de las oraciones que se hacen por su salud; o cuando se decepcionan porque un sacerdote los trata mal, no los atiende como se debe, o se porta en forma incoherente, entonces se alejan de la Iglesia y de la práctica religiosa; se hunden en criticas y lamentos; llegan hasta renegar de su fe.

¿Qué hacer con los que se alejan, como los discípulos de Emaús? Jesús, con toda delicadeza, se acerca a ellos; los acompaña en su caminar y se preocupa por su tristeza. Sin embargo, con toda claridad también los reprende por su dureza e insensatez.

Les hace ver que "era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria". Les explica ampliamente aquellos pasajes de las Sagradas Escrituras que se referían a él. Los evangeliza y los saca de su error. Ellos, por su parte, no se defienden, sino que escuchan con humildad y apertura de corazón. Incluso lo invitan a hospedarse y a compartir la cena. En ese momento, al partir el pan, lo reconocen. Era como el signo que lo identificaba.

Los primeros cristianos se reunían "el primer día de la semana", que con el tiempo se llamó "domingo", o "día del Señor", y celebraban "la fracción del pan" (Hech 2,42; 20,7). Es el termino con que se designa lo que hoy llamamos Misa o celebración eucarística. Es el signo que actualiza la presencia de Jesús vivo y victorioso en medio de la comunidad de los discípulos. Por ello, para un cristiano es muy importante la participación dominical en la Misa, pues allí nos ponemos en comunión con todo el misterio de Cristo, presente entre nosotros por los signos sacramentales, en particular por el pan y el vino.

Compartir el pan ha de ser también el signo que identifique a los cristianos. Es decir, los discípulos del resucitado no debemos ser egoístas, pensando sólo en nuestro propio interés, sino preocuparnos por todos aquellos que caminan tristes en la vida; por los derrotados y por quienes ya perdieron la ilusión y la esperanza. Hemos de acercarnos a quienes están al borde del suicidio, a quienes se sienten solos e incomprendidos, a los que están abandonados en un asilo o en un hospital.

No hay que huir ante los problemas, como hacían los discípulos que iban hacia Emaús, sino acercarnos a quienes más sufren y alentarlos en la búsqueda de soluciones. Pero tampoco se debe dar todo hecho a los pobres, sino apoyarlos en sus iniciativas y educarlos para que sean agentes de transformación. Como Jesús, quien contagió de entusiasmo a aquellos discípulos desalentados y éstos se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén, para compartir con los apóstoles su experiencia del resucitado.

La conversión de esos dos discípulos empezó cuando Jesús les explicó las Escrituras. Esto significa que debemos dar más importancia a la Santa Biblia y dejarnos transformar por ella. De la Palabra de Dios depende nuestra conversión. ¡Escuchémosla! Que en ningún hogar falte una Biblia, y que se le dedique tiempo para meditarla, en particular, de preferencia, en familia, o en la celebración comunitaria. ¡Arriba los corazones! Vayamos con alegría al encuentro del Señor Resucitado ¡Aleluya!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / Marzo 30 2008     30/03/2008 09:46  Fecha
Mensaje SEÑOR MIO Y DIOS MIO
II Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre (Jn 20, 19-31).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria ti, Señor Jesús!

Durante esta semana, como si fuera un solo día, hemos celebrado la fiesta más importante de todo el año. Es de tal trascendencia la resurrección de Jesús, calificada por algunos como el baluarte del cristianismo, que su celebración perdura hasta el domingo de Pentecostés. Son cincuenta días de fiesta, de júbilo, por el triunfo glorioso de Jesús. Su victoria es también nuestra, que podemos disfrutar por la fe. El vive entre nosotros, sobre todo en la Eucaristía.

Dice el Evangelio que los discípulos de Jesús tenían cerradas las puertas de la casa donde se hallaban, por miedo a los judíos. Es lo mismo que les pasa a muchos que se consideran seguidores de Jesús. Encierran su fe en lo más profundo de su conciencia y no la manifiestan, por miedo a las burlas y objeciones de los demás. Como que da más prestigio presumir de enemigos de la fe católica, que de defensores. Se venden más libros que atacan a la Iglesia, aunque sean novelas con datos inventados o tergiversados, que el Catecismo, en que se exponen autorizadamente la doctrina y las normas el Evangelio, aplicadas a nuestro tiempo. Da más prestigio atacar a la religión, que salir en su defensa. Por ello, son pocos los creyentes que dan la cara y proclaman su fe abierta y valientemente.

Muchos católicos pasan por las mismas dudas del apóstol Tomás: quieren pruebas físicas, tangibles, de que Dios existe y de que les escucha; exigen milagros para creer. Algunos son completamente ignorantes de su fe, pues casi no conocen la Biblia. Por eso, cuando alguien les objeta, por ejemplo, sobre el culto que los católicos damos a las imágenes, no saben cómo responder con la misma Biblia. Esta prohíbe su adoración como si fueran dioses, es cierto, pero no su veneración, pues Dios mismo ordenó a Moisés hacerlas y presentarlas para liberarse de morir (cf Ex 25, 18; Núm 21,9). Como no están instruidos en su catolicismo, empiezan por dudar y luego cambian de religión.

Jesús dice a Tomás: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Esta palabra de Jesús es para nosotros, que no tuvimos la oportunidad de tocar físicamente a Jesús resucitado. La fe es la seguridad de que en verdad El vive y actúa hoy entre nosotros. Está presente cuando escuchamos la proclamación de su Palabra en las celebraciones litúrgicas, aunque la lea cualquier persona. Está presente en la persona del ministro que preside, a pesar de sus limitaciones humanas. Está presente en los siete sacramentos. Está presente en la asamblea litúrgica, pues donde se reúnen dos o más, El ha prometido estar allí. En particular, está vivo y verdadero en la Eucaristía, con su cuerpo y su sangre, con su alma y su divinidad, con su humanidad y con su divinidad.

Nuestra dicha es la fe que se nos ha regalado desde el bautismo. La certeza de que Dios existe nos hace vivir alegres, incluso en medio de los problemas, de las enfermedades, las persecuciones y los fracasos. Estamos seguros de que, si nos mantenemos firmes en esta fe, desde esta vida, y sobre todo en la otra, participaremos de su manifestación gloriosa. Con Cristo resucitado, venceremos. Con esta fe, saldremos adelante.

Tomás se postra ante Jesús y hace una de las más bellas y sencillas profesiones de fe: ¡”Señor mío y Dios mío”! Así habría que postrarnos ante Jesús, para decirle, desde lo más profundo de nuestro ser, que creemos en El, que estamos seguros de que está vivo y nos escucha; que, con El, podemos resucitar, del pecado y de la muerte. Pero hay que dejarse tocar por El. En la consagración eucarística, durante la Misa, cuando el sacerdote presenta el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es común que los fieles repitan la expresión de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. En ese momento, es conveniente ponerse de rodillas, en señal de adoración. Se inciensa profusamente el Santísimo y se encienden velas adicionales. El mismo sacerdote se postra en adoración. Al final, dice: Este es el sacramento de nuestra fe. Para que tratemos de ver con los ojos de la fe, lo que creemos.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Marzo 23 - 2008     23/03/2008 19:23  Fecha
Mensaje ¡ALELUIA! ¡ALELUIA!
Domingo de Resurrección


+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"Transcurrido el Sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran temblor porque el ángel del Señor bajó del cielo y acercándose al sepulcro, hizo rodar la piedra que lo tapaba y se sentó encima de ella. Su rostro brillaba como el relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Los guardias, atemorizados ante el se pusieron a temblar y se quedaron como muertos.

El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “No teman. Ya se que buscan a Jesús, el crucificado. No está aquí; ha resucitado, como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde lo habían puesto. Y ahora, vayan de prisa a decir a sus discipulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allá lo verán.’ Eso es todo”.

Ellas se alejaron a toda prisa del sepulcro y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los discipulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán” (Mt. 28, 1-10)

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús”.

- ¡Aleluia! Es la exclamación de gozo por la Resurrección de Cristo. – Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. – La Vida pudo más que la muerte. La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte, dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido.

Además, en la Resurrección de Cristo se apoya nuestra futura resurrección. Porque Dios, rico en misericordia, movido del gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por el pecado, nos dio vida juntamente con Cristo...y nos resucitó con El. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría.

La Resurrección del Señor es una realidad central de la fe católica, y como tal fue predicada desde los comienzos del Cristianismo. La importancia de este milagro es tan grande, que los Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección de Jesús. Anuncian que Cristo vive, y éste es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive! La Resurrección es el argumento principal de la divinidad de Nuestro Señor.

Jesucristo vive. Y esto nos colma de alegría el corazón. Ésta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia. En El, lo encontramos todo; fuera de El, nuestra vida queda vacía.

Esta noche, mientras participábamos – si nos fue posible - en la liturgia de la Vigilia Pascual, vimos cómo al principio reinaba en el templo una oscuridad total, imagen de las tinieblas en las que se debate la humanidad sin Cristo, sin la revelación de Dios. En un instante el celebrante proclamó la conmovedora y feliz noticia: La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espiritu. Y de la luz del Cirio pascual, que simboliza a Cristo, todos los fieles recibieron la luz: el templo quedó iluminado con la luz del cirio pascual y de todos los fieles. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la tierra sumida en tinieblas.

La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada a una acción comprometida en el mundo: ser luz y llevar la luz a otros. Para eso hemos de estar unidos a Cristo. Impregnar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura.

Iluminado y fortalecido por la resurrección del Señor, saludo a todos en estas fiestas pascuales, en el Año de la Eucaristía y deseo que la fe en Cristo Resucitado nos sostenga y anime, en medio de los problemas e incertidumbres que nos rodean. En efecto, Jesús vive entre nosotros y no se ha quedado en el sepulcro. Ha resucitado y permanece entre nosotros en la fracción del pan, tanto en la Eucaristía como en la solidaridad fraterna. Por ello, se nos dice: "No tengan miedo" (Mt 28,5.10; cf Mc 16,6). Sin esta comunión con El no podemos llevar a cabo las tareas de nuestra acción Pastoral.

Nuestra misión de cristianos es proclamar ese Señorío o centralidad de Cristo, anunciar a Jesús con nuestra palabra y con nuestras obras. Quiere el Señor a los suyos en todas las situaciones del mundo. A algunos los llama a la vida religiosa, apartados de la vida de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios.

A otros, les encomienda el ministerio sacerdotal. A mí me llamó hoy hace 50 años a ser Sacerdote por el Sacramento del Orden, los invito a que me ayuden a darle gracias a Dios y le pidan me otorgue su ayuda para servirle. A la gran mayoría, los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas.

Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: en el mar, en el laboratorio, en el trabajo de la tierra, en el taller, en las calles de las grandes ciudades, en la montaña, en la política, en la economía, en la empresa, en la cultura. Ser en todas partes una presencia luminosa de Cristo Resucitado. ¡FELICES PASCUAS!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Marzo 16 - 2008     17/03/2008 13:48  Fecha
Mensaje SEMANA SANTA

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco


Cuando se aproximaban ya a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, envió Jesús a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que ven allí enfrente; al entrar, encontrarán amarrada una burra y un burrito con ella; desátenlos y tráiganmelos. Si alguien les pregunta algo, díganle que el Señor los necesita y enseguida los devolverá”.

Esto sucedió para que se cumplieran las palabras del profeta: ‘Díganle a la hija de Sión: He aquí que tu rey viene a ti, apacible y montado en un burro, en un burrito, hijo de animal de yugo’.

Fueron, pues, los discípulos e hicieron lo que Jesús les había encargado y trajeron consigo la burra y el burrito. Luego pusieron sobre ellos sus mantos y Jesús se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendía sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de los árboles y las tendían a su paso. Los que iban delante de él y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna! ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo! ”.

Al entrar Jesús en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. Unos decían “¿Quién es éste?” Y la gente respondía: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. (Mt 21,1-11) ¡Palabra del Señor! ¡Gloria ti, Señor Jesús!

La celebración litúrgica del Domingo de Ramos tiene dos momentos. Se inicia con la bendición de las palmas y la procesión, en memoria de la entrada de Jesús a Jerusalén, y se continúa con la Eucaristía, en que se actualiza el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Todo esto no es sólo evocación del pasado, ni es como un teatro o una escenificación. La liturgia tiene la fuerza de ser una memoria, una actualización, una presencia viva de todo el misterio de Jesús. Por ello, es tan importante que los fieles participen no sólo en lo tradicional, sino sobre todo en las celebraciones litúrgicas.

Jesucristo es Rey y Mesías, y como tal es aclamado por la gente. El merece estos y otros títulos reales y divinos, porque es Dios mismo. Sin embargo, resaltan su sencillez y mansedumbre. No exige que se le reconozcan títulos y méritos. No organiza su propia entrada triunfal, ni gasta cantidades fabulosas para sentirse triunfador.

Su entrada a Jerusalén es pacífica y pobre. No insulta, no ofende, no provoca a la gente para que se vayan contra las autoridades; no utiliza la fuerza, ni la violencia. Quienes lo acompañan no cometen desmanes contra la ciudad, ni contra el resto de los ciudadanos.

Es necesario proclamar públicamente por las calles nuestra fe en Cristo, reconociendo su realeza y su mesianismo. No hay que avergonzarnos de participar en la procesión con las palmas. Pero no es cuestión de juntar gente para dar una demostración de poder social, político o religioso, sino de aclamar a Jesús como nuestro Señor.

Hay que ser coherentes en nuestra fe. Si desde el bautismo prometimos permanecer firmes en nuestra creencia, no hay que ser como las multitudes oscilantes. Hay que demostrar la fe en Cristo en la casa, en lo interior del corazón, pero también en la escuela, en la política, en el deporte, en la economía, en la procuración de justicia, en la elaboración de leyes, en el ejercicio de la autoridad civil.

Al principio de la celebración, se bendicen las palmas y los ramos con agua bendita. Esto no los hace amuletos contra la mala suerte, sino que nos sirven como signos de nuestra fe en Cristo, como dice una de las oraciones: “Aumenta, Señor, la fe de los que tenemos en ti nuestra esperanza y concede a quienes agitamos estas palmas en honor de Cristo victorioso, permanecer unidos a él para dar frutos de buenas obras”.

La procesión con las palmas por las calles actualiza la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Pedimos, en otra oración, se nos conceda “a cuantos acompañamos ahora jubilosos a Cristo, nuestro Rey y Señor, reunirnos con él en la Jerusalén del cielo”.

Hay muchas personas que sufren algo de lo que experimentó Jesús en esta pasión: torturas, burlas, traiciones, envidias, intrigas, calumnias e injusticias. Muchos enfermos sufren un calvario como el de Jesús. Postrados en su lecho de dolor, no pueden moverse, padecen dolores insoportables, y sobre todo soledad y angustia. La pasión de Cristo se perpetúa en los pobres, en los migrantes, en los campesinos e indígenas sin esperanza, en las mujeres golpeadas y violadas, en los hijos abandonados, en los adolescentes y jóvenes incomprendidos, en los presos abandonados. Durante la Semana Santa meditemos en la Pasión de Cristo. Que esta Semana, sea Santa y sea toda la semana.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Marzo 9 - 2008     7/03/2008 20:47  Fecha
Mensaje RESURRECCIÓN DE LÁZARO
V Domingo de Cuaresma


+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: ”Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”…

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.

Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atado con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”. Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él (Jn 11, 1-45). ¡Palabra del Señor! ¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Cada día nos acercamos más a la fiesta central de todo el año: la Pascua, el misterio de la muerte y resurrección del Señor. Por nuestro bautismo, se nos concede la gracia de participar de ese misterio, pues el Espíritu Santo nos hace pasar de la muerte a la vida.

El bautismo, pues, es una muerte al pecado y una resurrección a la vida nueva en Cristo. La resurrección de Lázaro es una señal que anticipa lo que Jesús puede hacer en nosotros; por ello, la Iglesia nos ofrece en este domingo un pasaje del Evangelio que nos anima a ya no permanecer en la muerte del pecado, sino gozar de la vida en Cristo.

Dice el Evangelio que Lázaro salió del sepulcro “atados con vendas las manos y los pies”, y Jesús ordenó: “Desátenlo, para que pueda andar”. Hoy también muchas personas están atadas por la injusticia, por la explotación, por la falta de apoyos para salir de su miseria.

El analfabetismo no deja salir de la marginación a miles de personas, sobre todo mujeres. La peor atadura es el pecado. Como la envidia, la soberbia, la mentira, la corrupción, el desenfreno sexual, la pereza, la gula. Muchos se sienten atados por el alcoholismo, la drogadicción, la homosexualidad, aunque no faltan quienes presuman de ellos. Como el difunto Lázaro, huelen mal.

La afirmación más clara de Jesús en este Evangelio es: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. En efecto, desde nuestro bautismo, Jesucristo nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos ha compartido su propia vida. Acerquémonos a Jesucristo, y seremos libres. Creamos firmemente en El, y veremos cómo cambia nuestra vida. Dejémonos tocar por El, y romperemos nuestras esclavitudes.

Confiados en El, no tendremos miedo ni a la muerte. Apoyados en El, caminaremos con la frente en alto, con la cara descubierta. Vivamos conforme a su Evangelio, ya no en forma desordenada y egoísta, y tendremos paz en el alma y en la familia.

Hagamos una buena confesión, y veremos que se nos quita de encima una pesada losa. Pidamos perdón a Dios por nuestros pecados, y ya no despediremos el mal olor de la maldad a nuestro alrededor; es decir, ya no seremos causa del mal entre aquellos con quienes convivimos. Vayamos a las plantas de Jesús en la Eucaristía, y experimentaremos una gozosa liberación.

Ayudemos a liberar a tantos que están encadenados por el vicio y por la pobreza. Luchemos, en forma pacífica, por una transformación social, política y económica, que respete los derechos de los migrantes, campesinos e indígenas.

Promovamos la salud de los pobres y la dignidad de las mujeres. Liberemos la política de la corrupción y de los enfrentamientos. Esta es la liberación que nos pide el Evangelio. Esto es resucitar muertos, quitarles las vendas y desatarlos para que puedan caminar.


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