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LA PASIÓN DE CRISTO
+ Felipe Aguirre Franco Arzobispo de Acapulco
"En aquel tiempo, mientras lo llevaban a crucificar, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo obligaron a cargar la cruz, detrás de Jesús. Lo iba siguiendo una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos…
Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado “la calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.
También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.
Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?. Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde.
El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con vos potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y dicho esto expiró. (Lc 23, 1-49).
¡Palabra del Señor!. ¡Gloria a ti Señor Jesús!
Hoy empezamos la Semana Santa con la bendición de las palmas, la procesión, si es posible por las calles, y la proclamación de la Pasión de Cristo. Hay un contraste muy notable en la sucesión de los ritos.
Con la procesión de las palmas, lo aclamamos como nuestro Rey, como el Señor de nuestras vidas y de la historia. Pero en el relato de la Pasión, que El asume amorosamente para redimirnos de nuestros pecados, se reflejan muchas actitudes de quienes hoy seguimos siendo responsables de su dolor y de su muerte.
En estos días, muchas personas descansan de la escuela y del trabajo. El origen de estas vacaciones es tener tiempo suficiente para participar en la celebración de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor; pero muchos ya han perdido esta dimensión.
Existen tres formas de vivir la Semana Santa: la Turística, la Folklórica y la Litúrgica. Es legítimo como turistas tomar un descanso, pero participar en los actos litúrgicos del lugar. Hay celebraciones tradicionales y folklóricas de la Pasión del Señor y del Vía Crucis, que pueden ayudarnos en estos días, con tal de que nos lleven a la celebración principal del templo que es la litúrgica.
La pasión de Jesús nunca pasa de moda. Y no sólo por su recreación en una película, como la que se exhibe en estos días en las pantallas. Se actualiza en el sufrimiento de mucha gente, a la que nadie tomamos en cuenta. Hay pobres que sufren lo indecible, y no por hablar en su defensa les quitamos gran peso de encima.
La Pasión de Cristo está presente, con toda la violencia y su brutalidad, fruto del pecado, en tantos hermanos nuestros que padecen, o en los que padece Cristo todos los días.
En contraste, hay muchos creyentes que, en estos días, renuevan su fe, acuden con fervor a las celebraciones, participan en los ritos y en la piedad popular, se confiesan, reflexionan en su vida y se esfuerzan por cambiar.
Son el pequeño “resto fiel”, que no abandona a Jesús ni a su Iglesia, sino que, como María, otras piadosas mujeres, San Juan, el buen ladrón, Nicodemo y José de Arimatea, permanecen fieles al pie de la cruz; son quienes primero gozarán de la resurrección.
Jesús asume la cruz por amor a nosotros. Carga sobre sí nuestros pecados y se ofrece en expiación, como víctima agradable a Dios Padre. Le duelen los golpes, los insultos, los clavos, la corona de espinas, el peso de la cruz, pero más le hacen sufrir la traición de los suyos, la soledad en que le dejan.
Sin embargo, permanece fiel a su misión, y el Padre no lo abandona en el sepulcro; lo resucita y lo constituye Señor y Mesías de todo el mundo.
El amor de Jesús nos redime. Si no fuera porque nos ama apasionadamente hasta dar la vida por nosotros, hubiera podido escapar de la cruz.
Pero sabía que, de esa forma, nos daría la vida nueva y verdadera, y padeció todo libremente. Este gran amor que nos tiene nos infunde una gran confianza para acercarnos a El y pedirle, como el buen ladrón junto a su cruz, que tenga compasión de nosotros. Jesús, si ve nuestro sincero arrepentimiento, nos perdona y nos conceda vida plena en Dios.
Asumir nuestra propia cruz, unida a la de Jesús, es el secreto de ser corredentores con El. Con nuestros sufrimientos, padecidos por amor a Dios y a los demás, podemos salvar al mundo. Con una enfermedad, un ayuno, un sacrificio, llevados con paciencia y en oblación por alguien de la familia, por un feligrés, por un enemigo, por un pecador, completamos lo que falta a la pasión de Cristo a favor del mundo y, en especial, de su Iglesia, como dice San Pablo (cf Col 1,24).
Durante la Semana Santa, hay que darse suficiente tiempo para participar en las celebraciones sagradas, sobre todo litúrgicas, sin reducirse a las prácticas piadosas. Pero no contentarse con estar en las ceremonias, sino esforzarse por entrar en los misterios. Contemplar todo cuanto hizo y hace el Señor por nosotros. Pedir en verdad perdón por los pecados. Luchar contra nuestras tendencias pecaminosas. Procurar una vida nueva.
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