Homilias
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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Julio 29 2007     27/07/2007 13:09  Fecha
Mensaje EL PADRE NUESTRO
XVII Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"Un día, Jesús estaba orando y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”. Entonces Jesús les dijo: “Cuando oren, digan: ‘Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas, puesto que también nosotros perdonamos a todo aquel que nos ofende, y no nos dejes caer en tentación’”.

También les dijo: “Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo que viene a medianoche a decirle: ‘Préstame, por favor, tres panes, pues un amigo mío ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Pero él le responde desde dentro: ‘No me molestes.

No puedo levantarme a dártelos, porque la puerta ya está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados’. Si el otro sigue tocando, yo les aseguro que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su molesta insistencia, sí se levantará y le dará cuanto necesite.

Así también les digo a ustedes: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe: quien busca, encuentra y al que toca, se le abre.

¿Habrá entre ustedes algún padre que, cuando su hijo le pida pan, le dé una piedra? ¿O cuando le pida pescado, le dé una víbora? ¿O cuando le pida huevo, le dé un alacrán?

Pues, si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan?” (Lc. 11,1-13)

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy contemplamos a Jesús que hace oración y enseña a sus discípulos a saber orar, con la fórmula del “Padre Nuestro”, recogida por San Lucas, en una versión más resumida que la de San Mateo (6,9-13).

Hay mucha gente que no sabe orar; si acaso rezan formularios sin sentido. Lo más lamentable es que algunos de los que deberíamos ser “maestros de oración”, no contagiamos a los demás el deseo de orar, como aconteció con los discípulos de Jesús, que, al verlo orar, sintieron deseos de experimentar lo mismo que veían en él. Es muy común que algunos reciten un “Anti-Padre Nuestro”.

Jesús nos enseña una simple y maravillosa forma de saber orar. Ante todo, con su ejemplo. Lo hace tan repetida y gustosamente, que se antoja. En toda ocasión, se relaciona con su Padre. El “Padre nuestro” es la mejor síntesis y el modelo de oración. Ante todo, nos enseña que a Dios lo tratemos como a un Padre bueno, al que podemos acudir en las alegrías y en las tristezas.

El nos ha creado y nos sostiene en la vida y en la gracia. Es un Padre responsable y comprensivo. Antes de pedirle lo que necesitamos, hay que glorificar su nombre y reconocerlo en su santidad y grandeza. En el cielo, nunca terminaremos de saborear, durante toda la eternidad, la magnitud infinita de la palabra “Padre”.

Lo primero que debemos pedir es que venga su Reino; es decir, que El reine en nuestro corazón, en la familia y en la sociedad. Que reine su voluntad, para que haya verdad y vida, santidad y gracia, justicia, amor y paz.

Que no reinen la mentira y la destrucción de vidas, el pecado y la dureza de corazón, la injusticia, el egoísmo y la guerra. Después de la alabanza, la acción de gracias y el reconocimiento de su Reino, ya podemos confiadamente pedir todo cuanto necesitamos, empezando por el alimento de cada día, que incluye salud, trabajo, vivienda, educación y descanso. Pero Jesús pone la petición en plural, no en singular, para que pidamos estos bienes para todos.

Siempre hay que rogar el perdón de nuestras faltas, pues hasta los santos pecan con frecuencia, máxime los que no somos tan santos. Y pedir al Señor que nos ayude a ser capaces de perdonar, e incluso de hacer el bien a quienes nos han perjudicado.

Somos tan frágiles ante el pecado, que debemos suplicar constantemente que el Señor nos ayude a no caer en tentación, a rehuir de ella y evitarla en cuanto sea posible.

Jesús nos exhorta a saber orar con insistencia: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá”. Con varios ejemplos de la vida diaria, nos hace ver la importancia de no cesar en nuestras peticiones.

Sin embargo, para que nuestros ruegos sean escuchados, hay que decirle a nuestro Padre celestial que nos conceda lo que le pedimos siempre y cuando sea conforme a su voluntad y a su Reino. Para ello, hay que suplicar también que se nos conceda el don del Espíritu Santo, pues El es quien nos ha de enseñar a saber orar como conviene.

En la Carta Apostólica que el Papa Juan Pablo II nos escribió al inicio del tercer milenio del cristianismo, nos dice que “es preciso aprender a orar... Es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana y una condición para toda vida pastoral auténtica... Es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas”.

Por medio de una oración creciente, se puede lograr “que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre” (Tertio Millennio Adveniente, 32 y 33).


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL - Julio 8 de 2007     5/07/2007 12:54  Fecha
Mensaje DISCÍPULOS COLABORADORES
XIV Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares a donde pensaba ir, y les dijo: “La cosecha es mucha y los trabajadores pocos.

Rueguen, por tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos. Pónganse en camino; yo los envío como corderos en medio de lobos. No lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Cuando entren en una casa digan: ‘Que la paz reine en esta casa’. Y si allí hay gente amante de la paz, el deseo de paz de ustedes, se cumplirá; si no, no se cumplirá. Quédense en esa casa. Coman y beban de lo que tengan, porque el trabajador tiene derecho a su salario.

No anden de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren y los reciban, coman lo que les den. Curen a los enfermos que haya y díganles: ‘Ya se acerca a ustedes el Reino de Dios’.

Pero si entran en una ciudad y no los reciben, salgan por las calles y digan: ‘Hasta el polvo de esta ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos, en señal de protesta contra ustedes. De todos modos, sepan que el Reino de Dios está cerca’.

Yo les digo que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad”. Los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les someten. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. (Lc 10, 1-12. 17-20).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Además de los doce apóstoles, “Jesús designó a otros setenta y dos discípulos y los mandó por delante”. La Iglesia, por tanto, no está conformada sólo por el Papa y los obispos.

Sin embargo, muchas personas todavía identifican la Iglesia con ellos. Es verdad que somos Sucesores de los Apóstoles, pero no agotamos a todo el Pueblo de Dios. Esa concepción influyó durante mucho tiempo para que los fieles laicos, que son Iglesia, no asumieran su responsabilidad misionera en la evangelización.

Jesús necesita colaboradores: tanto sucesores de los apóstoles (obispos), como muchos otros discípulos, que estén dispuestos a ir delante de El, a preparar su llegada a las mentes y a los corazones de la humanidad.

Necesita sacerdotes, diáconos, religiosas, religiosos, misioneros; laicos que sean catequistas, educadores, políticos, gobernantes, legisladores, economistas, comunicadores, artistas, etc., que abran camino al Evangelio y anuncien a todos: “Ya se acerca el Reino de Dios”.

Jesús exige a sus enviados que sean pobres, sencillos, capaces de sufrir persecución y desprecio, sin exigencias de recompensa para sí mismos y sin buscar privilegios. Sólo así podrán destronar al demonio, que se vale de artimañas para imponer un reino de mentira y muerte, de pecado y maldad, de injusticia y egoísmo, de guerra y violencia.

Sin embargo, nuestra misión no tiene como objetivo derrotar al demonio y al pecado, sino promover el Reino de Dios que está cerca de quien lo busca, para que nuestros nombres estén escritos en el libro de la vida.

Como el trabajo por el Reino de Dios es obra que no depende sólo de nuestras fuerzas, sino que es obra del mismo Dios, hay que pedirle con insistencia “que envíe trabajadores a sus campos”. La promoción de vocaciones, sobre todo las de especial consagración, debe sustentarse en el recurso a la oración.

Es indispensable incrementar campañas de oración por las vocaciones. Jesús advierte a sus enviados que “no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias”; es decir, que no pongan su seguridad en ir bien pertrechados con recursos económicos, sino que vayan a la misión con toda libertad, porque Dios no los abandonará.

No debemos seguir considerando que sólo obispos, sacerdotes y religiosas forman la Iglesia. Así como Jesús llamó “a otros setenta y dos discípulos”, sigue llamando hoy a seglares o fieles laicos, para que también sean misioneros, constructores del Reino de Dios.

Ya es tiempo de que muchos de ellos dejen su pereza eclesial, su indiferencia a las tareas apostólicas, y se comprometan en un servicio evangelizador. Es urgente que haya presencia y acciones más claras por el Evangelio, por la justicia y la paz, por parte de buenos cristianos en la política, en la educación, en los medios informativos y en el cambio de la sociedad.

Hoy en este domingo, también son llamados los laicos en esta Arquidiócesis, para que se capaciten con una buena formación y se adhieran a los trabajos del Reino de Dios, desde esta Iglesia Particular, siguiendo las orientaciones del Directorio Diocesano de Formación.



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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL - Julio 1 -2007     30/06/2007 18:51  Fecha
Mensaje SEGUIR A JESÚS
XIII Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén. Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”. A otro Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú, ve y anuncia el Reino de Dios”. Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. (Lc 9,51-62). ¡

Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy Jesús nos dice con toda claridad que, para seguirlo, debemos tomar decisiones firmes y estables; Jesús sabía lo que le esperaba en Jerusalén; sin embargo, “tomó la firme determinación de emprender el viaje” hacia allá. Nada le hizo cambiar.

Debía cumplir su misión, aunque implicara la cruz. Así son las personas que cambian la historia, las que se mantienen firmes en su decisión en bien de los demás, aunque esto les traiga sacrificios e incomprensiones.

Los inconstantes, los que viven según los impulsos del momento, los incapaces de hacer compromisos definitivos para toda su vida, son veletas que van hacia donde el viento sopla; son personas sin consistencia en su personalidad.

El Evangelio narra que, ante la negativa de los samaritanos de dar hospedaje a Jesús y a sus discípulos, dos de éstos querían hacer bajar fuego del cielo, para castigarlos. Pero Jesús los reprendió, porque su camino no es la violencia, ni la venganza.

El recurso a la agresión, al desquite, a la destrucción del adversario, es una tentación de todos los tiempos. Que no busquemos el castigo a los delincuentes, como si fuera una venganza de la sociedad.

Quien se bautiza, se compromete a seguir a Jesús durante toda la vida. Este compromiso se ratifica en la Confirmación y en otros momentos de la vida cristiana. De igual modo, quien contrae matrimonio religioso ante Dios y ante la Iglesia, toma una decisión que vale “en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad”; es decir, que hay que mantenerse unidos en las buenas y en las malas; cuando la pareja se entiende bien y cuando surgen desavenencias.

Lo que Dios une, nadie lo puede separar, sólo El mismo mediante la muerte de uno de los dos. Hay que salvar la institución matrimonial.

Jesús invita a muchos a seguirlo, pero les hace ver que no es fácil desprenderse de la familia, estar dispuestos a toda renuncia, a la pobreza, a mantenerse con la mirada fija hacia delante y no dar marcha atrás.

Esto vale no sólo para sacerdotes, religiosas, religiosos y misioneros, sino para cualquier cristiano. Seguir a Jesús y vivir según su estilo, según su Evangelio, exige muchas renuncias, que no todos están dispuestos a asumir.

Dios necesita a muchas personas, para que hagan presente su palabra y su amor en este mundo. Necesita profetas, misioneros, gobernantes, educadores, legisladores, padres de familia, comunicadores, etc.

El les llama por muy diversos medios, para que hagan que este mundo sea más justo y fraterno. Dios necesita sacerdotes, religiosas y religiosos, para que su Evangelio y sus signos sacramentales lleguen a todos y nadie perezca. Padres de familia: ¿Están dispuestos a que uno de sus hijos se consagre al Señor, si El lo llama? No lo pierden; al contrario, si es fiel a su vocación, lo aseguran para la vida eterna.

Pedimos a la comunidad eclesial que intensifique su oración, para pedir al Señor que nos regale más vocaciones consagradas. Hay que invitar a quienes tengan signos positivos de vocación sacerdotal o religiosa, para que se animen a ingresar a un Seminario o a una Casa Religiosa.

En el Seminario del Buen Pastor de Acapulco, tendremos tres Preseminarios: Del 13 al 15 de julio, para muchachos que están por terminar la Primaria. Del 17 al 20 de julio, para muchachos que han pasado a Tercero de Secundaria. Del 23 al 29 de julio, para muchachos de Preparatoria y Profesión. Serán en el Seminario Diocesano, que está por Costa Azul.

Sólo se necesita apertura a esta vocación, presentar una carta de recomendación de su párroco, ropa y útiles personales. Oremos mucho por estas vocaciones, a fin de que tengamos aquellos Sacerdotes que tanto necesita nuestra Iglesia de Acapulco.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Junio 24 / 2007     22/06/2007 20:43  Fecha
Mensaje HOY SE NECESITAN HOMBRES COMO JUAN BAUTISTA

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes de llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel. ¡Palabra del Señor! (Lc. 1,57-66.80).

¡Gloria a ti,
Señor Jesús!

Hoy la liturgia, en vez de celebrar el Domingo XII del Tiempo Ordinario, nos invita a vivir la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. Es importante resaltar que de todos los demás santos, se celebra su muerte, porque es cuando demuestran que han cumplido a cabalidad el Evangelio.

Sólo de tres personas se celebra el nacimiento: de Jesús, de María y de Juan Bautista. Jesús es Dios mismo. La Virgen María fue preservada de todo pecado desde su concepción inmaculada. Juan Bautista fue concebido en pecado, pero fue purificado desde el seno materno y nació santo. Por ello, la Iglesia le da tanta importancia.

Juan anuncia la llegada del Mesías y nunca usurpa ese lugar, a pesar de que mucha gente pensaba que él era el esperado. Aún más, dice que debe disminuir y desaparecer, para que resalte el único Salvador.

Juan se enfrenta a todos aquellos cuya conducta es indebida, aunque sean reyes, sacerdotes, fariseos o soldados. Por ello, Herodes ordena que le corten la cabeza. En una palabra, Juan Bautista es el mayor de entre los nacidos de mujer, como declara el mismo Jesús (cf. Mt. 11,11). Con razón la Iglesia resalta la natividad de este gran santo.
Hoy necesitamos hombres como Juan Bautista.

Cuando todos queremos llevar una vida cómoda y desahogada, incluso con lujos, él vive austeramente. Hemos de saber no depender tanto de los bienes materiales, sino vivir con lo necesario, en forma digna, como Jesús, sin excesos que insultan a los pobres. Jesús nos enseña a disfrutar con libertad interior esos bienes, cuando alguien nos los comparte, siempre que no sean ocasión de pecado.

Necesitamos profetas como el Bautista. Cuando se cometen tantas arbitrariedades, injusticias y abusos, alguien debe levantar la voz para defender a los pobres. Y esta es misión no sólo de los Obispos y Sacerdotes, sino de todo Cristiano. Juan Bautista no fue Sacerdote, ni siquiera levita; mucho menos fariseo.

Hoy hacen falta seglares Cristianos que, tanto en la familia y en la escuela, como en la política, en la economía, en los ámbitos legislativos, en el arte y en los medios de comunicación, defiendan la moral, la verdad, el derecho a la vida, la libertad religiosa y la dignidad del matrimonio.

Hacen falta políticos de la talla de Juan Bautista, que no se avergüencen de su fe y la demuestren no sólo participando en una Misa o en otras celebraciones religiosas, sino sobre todo en la defensa de la verdad y la promoción de la justicia, en la construcción de la paz y la reconciliación.

Es lamentable que todavía algunos legisladores actuales de diversos partidos en México y en los Estados, sigan pensando que la religión es asunto privado y que los políticos no deben participar en actos religiosos. Esa actitud es fruto de una crasa ignorancia de lo que es la religión cristiana, que ilumina y transforma criterios y actitudes, no sólo en el ámbito privado y familiar, sino también social y político.

El laicismo oficial exige que se respeten todas las opciones religiosas y no se imponga una sobre otra, pero no impide que cada quien practique su propia religión. Un gobierno laico jamás significa ateo, ni indiferente.

Me dejó muy gratamente impresionado hace algún tiempo un Laico Guerrerense, Padre de Familia y campesino, que después de la misa me acompañó a otra celebración pastoral y en el trayecto siempre fue su comentario sobre el tema de la Homilía que había escuchado, su compromiso de fe Cristiana, y las enormes ilusiones de cambiar este mundo trabajando por los intereses del Reino de Dios y convirtiendo a sus hermanos con la Palabra y con su testimonio. Me pareció un nuevo Juan Bautista.

Nota: Hoy se lleva a cabo en toda la Arquidiócesis de Acapulco, la Colecta Anual del Óbolo de San Pedro, para las necesidades de toda la Iglesia, por ser hoy el domingo más cercano al 29 de junio, Fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo. Seamos generosos.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / Junio 17 de 2007     16/06/2007 18:44  Fecha
Mensaje PEDIR PERDÓN Y PERDONAR
XI Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies, los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.

Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”.

Entonces Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. El fariseo contestó: “Dímelo, Maestro”. El le dijo: “Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?” Simón le respondió: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”.

Entonces Jesús le dijo: “Haz juzgado bien”. Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.

Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”.

Luego le dijo a la mujer: “Tus pecados te han quedado perdonados”. Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: “¿Quién es éste, que hasta los pecados perdona?” Jesús le dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. (Lc 7,36 - 8,3).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Retomamos los llamados domingos del Tiempo Ordinario, en los que iremos celebrando diversos aspectos del misterio de Cristo. En la escena evangélica de este domingo, se presenta el caso de una mujer pecadora, que se arrepiente a los pies de Jesús y recibe el perdón de sus pecados. Cuando alguien reconoce su error y pide perdón, todo cambia.

Son muy pocas las personas que son capaces de reconocer sus errores. La Iglesia Católica, con motivo de los dos mil años de cristianismo, hizo celebraciones públicas para pedir perdón por los pecados de los creyentes a través de la historia, incluyendo las injusticias que se cometieron durante la conquista de América.

En los Estados Unidos, los obispos han reconocido humildemente que algunos de sus sacerdotes fallaron, aunque proporcionalmente fueron muy pocos. Muchos católicos se están volviendo a acercar al sacramento de la confesión, para suplicar la absolución de sus pecados. Sin embargo, ¡qué difícil es reconocer las fallas propias y pedir perdón! Nos parecemos más al fariseo que invitó a Jesús, quien sólo sabía criticar.

En la vida familiar, son pocos los esposos que asumen su culpabilidad y piden perdón. Se culpan uno al otro de todo y acumulan resentimientos, que provocan la separación. Cuesta mucho aceptar haberse equivocado. Los hijos aprenden a mentir para defenderse de los regaños, en vez de reconocer sus fallas.

Jesús no vino por los justos, sino por los pecadores. La escena evangélica de hoy es elocuente en este sentido. Sabe que la mujer que está a sus pies tiene muchos pecados; pero está llorando por ellos públicamente, y recibe un pleno perdón: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”.

Cuando Dios ve nuestro corazón arrepentido, no nos está restregando en la conciencia el mal que hicimos, sino que nos perdona completamente; y cuando Dios perdona, olvida, borra, elimina el pecado. Jesús no menosprecia a la mujer, ni siquiera cuando su pasado ha sido negro y borrascoso; al contrario, la defiende, la levanta y le confía una misión en la Iglesia.

Los invitados al banquete, según el Evangelio de hoy, se extrañan de que Jesús tenga facultad de perdonar pecados, y se preguntan: ¿Quién es éste?. Lo mismo piensan algunos sobre el sacramento de la confesión. Dicen que no se arrodillan ante un sacerdote para recibir el perdón de sus pecados, pues ellos se confiesan sólo con Dios, no ante un hombre pecador como todos.

Es verdad que los sacerdotes y obispos somos tan pecadores como cualquiera, pero Jesús confió esta facultad de perdonar los pecados a los apóstoles, éstos a sus sucesores (los obispos), y éstos a sus colaboradores (los sacerdotes). En la confesión, no somos nosotros quienes perdonamos, sino que damos el perdón de parte de Dios (cf Jn 20,23). Sin embargo, sólo los humildes piden perdón.

Jesús perdona a la mujer, pero le invita a cambiar de vida. No le tolera ni le consiente, como si no hubiera faltado. El pecado es pecado y hay que llamarlo con todas sus letras. El robo, el adulterio, la embriaguez, la calumnia, la homosexualidad, la masturbación, la envidia, el racismo, la injusticia, etc., son verdaderos pecados, y graves.

Por tanto, no se debe decir que “cada quien su vida”, como si con esto se quisiera justificar lo que haga cualquiera, como si nada fuera pecado. Este es uno de los mayores dramas de nuestra historia: calificar como bueno y normal, lo que es pecado.

La ofensa se mide no por el que ofende, sino por el ofendido y éste es Dios, por eso el pecado, cualquiera que sea, es de proporciones infinitas


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Junio 10 / 2007     8/06/2007 19:57  Fecha
Mensaje JOVEN, LEVÁNTATE
X Domingo Ordinario

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

“En aquel tiempo, se dirigía Jesús a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre.

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Entonces dijo Jesús: “Joven, yo te lo mando: levántate”. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre.

Al ver esto, todos se llenaron de temor y comenzaron a glorificar a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La noticia de este hecho se divulgó por toda Judea y por las regiones circunvecinas”. (Lc 7, 11-17).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Contemplamos hoy a Jesús, que se compadece de una viuda y le resucita a su único hijo. La gente reconoció en este hecho la presencia de Dios en medio del pueblo.

Son frecuentes las escenas en que Jesús comparte con el corazón las situaciones dolorosas de las personas, sean individuos en particular o muchedumbres, y hace lo que más puede para remediar su situación.

Es el Hombre-Dios que tiene compasión, en el sentido original de esta palabra, que es “padecer con”. Hace suyas nuestras debilidades y miserias, para transformarlas. Incluso, asume nuestro pecado, para redimirlo.

Hoy muchos padres de familia experimentan un dolor semejante, porque uno de los hijos está como muerto, por las drogas y el alcohol o por haber abandonado el hogar, sin tener noticias de su paradero. Hay hijos que parecen un cadáver, porque no pueden levantarse de los vicios, y en nada trabajan ni colaboran para el bien de la familia.

Hay papás que dicen a sus hijos que preferirían verlos muertos, en vez de encadenados a toda clase de maldades, o en la cárcel y pareciera que ya los han perdido.

Padres de familia, acerquen a sus hijos a Jesús, para que en Él encuentren la vida y no perezcan. Procuren bautizarlos tan pronto sea posible, previa participación en las pláticas prebautismales.

Cuando lleguen a los siete u ocho años, que se preparen para su Primera Comunión. Al empezar su adolescencia, que reciban el sacramento de la Confirmación. Que se integren a grupos juveniles de las parroquias o a coros y equipos litúrgicos, para que no se alejen de la Palabra de Dios y de los sacramentos.

Que tomen parte en jornadas de vida cristiana, en retiros espirituales para jóvenes, en experiencias misioneras en lugares apartados y pobres. Llegada la madurez para contraer matrimonio, que lo hagan con la bendición de Dios.

Si los padres de familia hacen hasta lo imposible por dar a sus hijos la mejor escuela y lo más que pueden, pero no les inculcan la práctica religiosa, no les extrañe que el mundo de pecado que los rodea, los contagie y destruya la buena semilla que se pretendió sembrar en su alma. La cizaña y el veneno llegan por todas partes, y nadie está exento de sufrir su influjo, que lleva hasta la muerte.

¿Dónde encontramos a Jesús, para que nos dé vida? Hay cuatro lugares privilegiados: En primer lugar, en la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Habría que programar tiempos en la misma familia para leer la Santa Biblia, y reflexionar sobre ella, sobre todo los Evangelios. En los domingos, participar en la Santa Misa y atender las lecturas bíblicas y la homilía.

En segundo lugar, en la oración, personal o comunitaria, litúrgica o devocional. En la oración se puede abrir el corazón a Dios y decirle todo lo que hay en nuestro interior.

Se puede orar en todas partes, en la casa y en el trayecto hacia la escuela o en el trabajo, en la montaña y en el templo. El lugar preferente es a los pies de Jesús Eucaristía, ante el Sagrario.

En tercer lugar, en los diferentes sacramentos que acompañan el desarrollo de la vida, desde el nacimiento con el Bautismo, hasta la enfermedad y la muerte con la Unción de los Enfermos.

En ellos, Jesús está vivo y presente, actuante como siempre lo ha hecho, con todo su poder y su misericordia. Una buena confesión es como una resurrección. La comunión eucarística es el alimento de vida eterna; como dice Jesús, quien lo come, no muere para siempre.

En cuarto lugar, en los pobres y marginados, en los enfermos y encarcelados, en los migrantes y adoloridos por cualquier pena. En ellos Él se hace presente, aunque ni lo conozcan. Es una presencia privilegiada, porque acercarnos a Jesús en los pobres es la garantía de haberlo encontrado realmente. Cuando un joven está cerca de Jesús por los medios anteriores, tiene vida eterna y no morirá jamás.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL - Junio 3 de 2007     3/06/2007 19:46  Fecha
Mensaje LA SANTÍSIMA TRINIDAD

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero, cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder.

El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”. (Jn 16,12-15).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hace ocho días concluimos las fiestas pascuales, celebrando la venida del Espíritu Santo, quien tiene la misión de continuar la obra de Jesús hasta el fin del mundo. Hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad, síntesis de todo el misterio de la salvación.

En efecto, Jesucristo vino a este mundo enviado por el Padre, y continúa entre nosotros por gracia del Espíritu Santo. El misterio de la Trinidad es el modelo de la familia, de la sociedad y de la Iglesia: unidad en la diversidad, por el amor.

Jesús nos manifiesta el misterio de la Santísima Trinidad. Nos promete al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Dice: “Todo lo que tiene el Padre es mío”. Y del Espíritu Santo dice: “Recibirá de mí lo que les vaya comunicando”.

Dios es tres personas distintas, no tres dioses. Hay unidad perfecta y total entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como dice el Prefacio de la Misa: “Adoramos a tres personas distintas, en la unidad de un solo ser e iguales en su majestad”.

La unidad trinitaria, con su inseparable unidad, es el modelo a seguir. Lo que mantiene unidas a las tres divinas personas, con sus características muy propias, es el amor, pues “Dios es amor”. Así deberían ser la familia, la sociedad y la Iglesia.

Nadie puede pretender entender este misterio de que tres son uno. Esto rebasa nuestras capacidades mentales. Por ello, dice Jesús: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender.

Pero, cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena”. Esta plenitud de la revelación trinitaria sólo la conseguiremos en la otra vida, pues Dios está más allá de nuestra comprensión humana. La sabiduría de Dios trasciende lo que conocemos (cf Proverbios 8,22-31). Por ello, nuestra actitud ha de ser alabar y reconocer la grandeza de Dios, como dice el Salmo 8: “¡Qué admirable, Señor, es tu poder”.


La globalización es buena, en cuanto nos une a otras razas y pueblos. La humanidad es una sola, y aunque tenemos nuestras diferencias, en lo fundamental somos iguales, tanto en lo físico y psíquico, como en la búsqueda de la verdad y del bien.

La variedad de culturas, de lenguas y de pensamientos, refleja de alguna forma la grandeza de Dios, uno y trino. Todo lo que les pasa a los demás seres humanos, dondequiera que se encuentren, sean de la raza o religión que fueren, nos interesa, pues somos hermanos; procedemos del mismo Dios Padre; tenemos el mismo origen divino.

Esta reflexión ha estado presente en la reciente V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que acaba de concluir en esta semana: “Si Dios es este misterio de comunión de Personas, y nosotros hemos sido creados a su imagen, entonces nuestra participación en la vida de la Trinidad nos personaliza y nos dignifica.

Al mismo tiempo, este misterio de tres personas en perfecta comunión es el fundamento más sólido de las relaciones entre nosotros, que no admiten exclusiones ni marginaciones. El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones, es lo que nos permite entrar en esta comunión trinitaria. Ese amor es, en el fondo, “la única luz que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”.

En nuestra Iglesia, en las diócesis, parroquias, congregaciones religiosas, movimientos y grupos, hemos de aprender de la Santísima Trinidad: Aceptar nuestras diferencias, pero unirnos por el amor. No hay una sola línea pastoral o espiritual, que nos haga uniformes, pues el Espíritu nos ha hecho diferentes, con carismas distintos, para el bien de todos.

A unos los ha renovado en su fe determinado movimiento eclesial, y a otros éste no les convence, pero van por otros senderos. Hay que respetarnos, querernos, valorarnos y ayudarnos a crecer, en vez de cerrarnos las puertas y el corazón, como si los otros no fueran auténticos cristianos.

NOTA:
El próximo jueves día 7 de este mes, celebraremos la Solemnidad del “Corpus Christi”. Es obligatorio respetar el día festivo y participar en la Misa. Convocamos a todos los fieles a realizar la Procesión con el Santísimo Sacramento en el zócalo de la ciudad, comenzando con la Santa Misa en la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad, a las 8 de la mañana.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Mayo 27 - 2007     25/05/2007 13:22  Fecha
Mensaje DOMINGO DE PENTECOSTÉS

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado.

Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. (Jn 20, 19-23).


¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Con la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús, se concluyen las fiestas de su resurrección. Termina la cincuentena pascual.

Todo el trabajo de Jesús, su misión y su Iglesia, continuarán hasta el fin de los tiempos por la acción del Espíritu Santo. Jesús ya lo infundió sobre los apóstoles desde el mismo día de la resurrección; sin embargo, es en Pentecostés cuando se manifiesta pública y universalmente su acción.

El acontecimiento de Pentecostés marcó la vida de la Iglesia. Y hoy sentimos la necesidad de aquel acontecimiento vital para la Iglesia, es más, sentimos como una nostalgia de aquella plenitud, de aquel ardor, de aquella valentía y entusiasmo de los primeros discípulos.

Pentecostés es más necesario hoy que nunca ante un mundo que ha perdido el sentido de Dios y de los valores espirituales, porque el “Espíritu Santo escribe en el corazón y en la vida de todo bautizado un proyecto de amor y de gracia que, solo él, puede dar sentido pleno a la existencia, abriendo la vida a la libertad de los hijos de Dios” (Juan Pablo II).

El Papa Pablo VI, en una alocución hecha discurso y oración al mismo tiempo, decía: “La Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés. Tiene necesidad de fuego en el corazón, de palabra en los labios, de profecía en la mirada. La Iglesia tiene necesidad de ser templo del Espíritu Santo, es decir, de total transparencia y de vida interior.

Tiene necesidad de sentir dentro de sí… como sube desde lo profundo de su personalidad, como una poesía, un himno, una oración, la voz orante del Espíritu. La Iglesia tiene necesidad de recuperar el ansia, el gusto, la certeza de su verdad, y de oír en silencio inviolable y con dócil disponibilidad, la voz, más aún el diálogo con el Espíritu.

La Iglesia tiene necesidad de sentir fluir por todas sus facultades humanas, la oleada del amor, de aquel amor que se llamará caridad y que precisamente ha sido derramado en nuestros corazones en virtud del Espíritu Santo que le ha sido concedido”.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11), se dice que “el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente, se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando supla un viento fuerte...

Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu les inducía a expresarse... Cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

El Espíritu Santo se manifiesta como un viento fuerte, que se lleva lejos todas las basuras de las mezquindades humanas. Es como un fuego, que quema los miedos, los egoísmos y las envidias, y al mismo tiempo incendia en el amor a Dios y a los demás.

Es una fuerza que impulsa a hablar de las maravillas de Dios. Para tener la experiencia salvífica de Jesús, se requiere la gracia del Espíritu Santo. Para invocarlo con fe, necesitamos su ayuda. Para ser cristianos de verdad, hace falta que lo dejemos actuar en nosotros. Sin su ayuda, no seremos capaces de ser sus testigos.

¿Queremos deveras cambiar al mundo? Dejémonos cambiar por el Espíritu Santo. Acudamos a él con frecuencia, para que nos ilumine y fortalezca en nuestros propósitos. Sin su ayuda, nada podrá cambiar en forma permanente.

Les invito a recitar con frecuencia este antiguo himno de la liturgia, dirigido al Espíritu Santo:

“Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz, para iluminarnos. Ven ya, padre de los pobres, luz que penetra las almas, dador de todos los dones. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo.

Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. Ven, luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran. Sin tu inspiración divina, los hombres nada podemos y el pecado nos domina. Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.

Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas. Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones. Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno. Amén”.

Recitar también esta petición: “Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.




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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / 13 de mayo de 2007     11/05/2007 19:23  Fecha
Mensaje TESTAMENTO Y DESPEDIDA
VI Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras.

La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: 'Me voy, pero volveré a su lado'. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean". (Jn 14, 23-29).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Jesús prepara a los discípulos para su partida, dándoles oportunas recomendaciones.

Volverá a su Padre, de donde salió, y les enviará al Espíritu Santo, para que les ayude a comprender y practicar las palabras que él les comunicó. El evangelio de este domingo forma parte de todo un testamento, o discurso de despedida de Jesús.

Jesús habla del amor, de la palabra, del compromiso, de su presencia y la de su Padre, en nuestras vidas: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. Jesús no deja pasar la oportunidad de instruir y formar a sus discípulos de explicarles el por qué de su partida.

Por si esto fuera poco, ahora que se va, les ofrece una garantía más, el acompañamiento y la asistencia del Espíritu Santo: “Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho”.

No es que el Espíritu Santo venga a dar lecciones suplementarias o venga a llenar algunas lagunas que dejó Jesús; el Espíritu Consolador es el asistente, ayudante o “maestro”, que nos recuerda de manera viva las mismas palabras de Jesús y provoca en nosotros una respuesta de amor.

Nos confirma en todo aquello que Jesús nos ha enseñado y nos conduce a su cumplimiento.

Jesús se despide, pero su despedida no es como ésas que te dejan con el corazón apachurrado y con lágrimas en los ojos, no. esta despedida es distinta, es una despedida alegre y llena de esperanza: “Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”.

Jesús regala su paz a los discípulos, para que no se acobarden ante los sucesos dolorosos que se avecinan. Es la paz que nos da su presencia continua entre nosotros, pues El siempre está a nuestro lado, sobre todo en las celebraciones litúrgicas.

La Eucaristía es su presencia por excelencia. Con este alimento, podemos caminar incluso por los duros desiertos de la vida. Con la fuerza que encontramos en la visita al Santísimo Sacramento del Sagrario, emprendemos la marcha de cada día, y no nos acobardamos ante lo difícil de nuestra misión.

No se puede ser un buen cristiano sin la ayuda del Espíritu Santo. Por tanto, es necesario aprender a orar a esta persona divina, para que nos ilumine la mente y nos abra el corazón, y así la palabra de Dios se haga vida en nosotros.

Hay grupos que oran mucho al Espíritu Santo y ayudan a la vida cristiana. Son muy apreciados por la Iglesia, si se coordinan con la parroquia y se integran al plan diocesano de pastoral.

Cuando haya problemas, soledad, cansancio y tentaciones, no hay que perder la paz, ni acobardarse, sino ir a las plantas de Jesús sacramentado, en el Sagrario, y allí desahogar el corazón ante El. El nos dará su paz y nos levantaremos con una nueva fuerza para continuar con nuestras obligaciones y nuestra misión.

No hay que escandalizarse cuando algunos miembros de la Iglesia, sobre todo pastores, no seamos tan resplandecientes. Apelamos a la madurez cristiana de los creyentes frente a los hechos dolorosos que muchas veces magnifican los Medios de Comunicación; por lo cual pedimos perdón a Dios, a su Iglesia y a nuestro pueblo.

Que el Señor tenga misericordia de todos nosotros y nos ayude a reparar semejantes ofensas. A veces, los medios informativos resaltan fallas de los sacerdotes, que son reales, pero se sobredimensionan. Sin embargo, nuestra fe está cimentada en Cristo. La luz y la gloria que nos guía es el Señor. Los ministros procuramos sostener el edificio de la Iglesia, pero el cimiento fundamental es Cristo, y El nunca nos falla, aunque vengan estos dolorosos acontecimientos.

En la aclamación antes del Evangelio, se proclama esta promesa del Señor a sus discípulos: “No los dejaré desamparados; me voy, pero volveré a ustedes y entonces se alegrará su corazón” (Jn 14,18; 16,22). En verdad, el Señor no nos abandona. Y su presencia viva en la celebración eucarística, es una prueba inequívoca de que continúa entre nosotros.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Mayo 6 de 2007     5/05/2007 16:12  Fecha
Mensaje UN MANDAMIENTO NUEVO
V Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco
"Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.

Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”. (Jn 13,31-33. 34-35).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Estamos ya en el quinto domingo de las fiestas por la resurrección de Jesucristo. El Evangelio de hoy resalta que la cruz, instrumento de muerte y derrota, es asumido por Jesús como “su hora”, como la forma de glorificar al Padre y de ser glorificado por él.

Desde su trono en la cruz, puede decir: "Ahora yo voy a hacer nuevas todas las cosas" (Apoc 21,5). En la cruz, Jesús nos manifiesta su amor supremo. Y este amor de unos con otros es el nuevo mandamiento que nos deja a sus seguidores, el que nos identificará como cristianos. En la medida en que nos amemos, habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apoc 21,1).

Todos anhelamos un mundo nuevo, un mundo más justo y fraterno, unas familias mejor integradas, con buenas relaciones, con un corazón más cercano a los que sufren. Sin embargo, exigimos que los otros sean los que cambien, y nosotros poco nos urgimos para esta conversión al amor.

Otro mundo será posible, sólo por el amor. La palabra “amor” se ha desgastado e infravalorado. Basta escuchar el lenguaje de muchas canciones y películas, de programas de radio y televisión, para comprobar que se le ha reducido a una sensación física de placer, a la complacencia erótica egoísta, a un sentimiento del corazón. No se compara con el amor de Jesús, que consiste en entregar su vida por nuestra salvación.

El mensaje de Jesús en el Evangelio de hoy es claro y definitivo: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos”.

Por tanto, si usted ama como ama Jesús, es discípulo de él; de lo contrario, no lo es, aunque oficialmente se diga católico o evangélico. ¿Cómo demostramos amarnos unos a otros?

Jesús nos demostró su amor entregando su vida por nuestro bien, sufriendo la cruz para rescatarnos de la muerte, sacrificando su cuerpo para que fuéramos felices. Este es el estilo del amor de Jesús.

Este habría de ser el estilo de nuestro amor: sacrificarnos para que los otros sean felices, trabajar para que no les falte lo necesario, darles nuestro tiempo para escucharles, desgastarnos calladamente en las responsabilidades diarias, sea en la familia, en la escuela, en el trabajo, o en las tareas pastorales.

La gloria de Jesús y la glorificación que él hace de su Padre, pasa por la cruz; es decir, por la entrega de su vida. Servir diariamente a la comunidad y a la familia, ha de ser nuestra gloria. Servir al pueblo, ha de ser la gloria de un representante público, de un sacerdote, de un dirigente.

Dar nuestro tiempo, desgastar energías y recursos, recorrer distancias y atender pacientemente a los que anhelan ser escuchados, es la gloria de quienes hemos recibido una encomienda al frente de la comunidad.

El apóstol San Juan, en su Apocalipsis, nos presenta en estos términos una visión gloriosa de la Iglesia: "Vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia, que va a desposarse con su prometido.

Oí una gran voz, que venía del cielo, que decía: 'Esta es la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios les enjugará todas sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó'. Entonces el que estaba en el trono, dijo: 'Ahora voy a hacer nuevas todas las cosas' " (21,2-5).

Esta visión será real, en la medida en que nosotros, al interior de la Iglesia, pongamos en práctica el Mandamiento Nuevo y nos amemos al estilo de Jesús.

Recientemente he cumplido 33 años de ser Obispo y cumpliré seis años de haber recibido el Palio Arzobispal, el distintivo propio del Arzobispo. Pero les aseguro que aunque lleve conmigo ese signo arzobispal, no por ello seré auténtico Cristiano, seguidor y discípulo de Cristo, si no cumplo el mandamiento del amor al prójimo. Al fin de mi carrera seré juzgado ante Dios, no por el Palio Arzobispal, sino por haber amado a mis hermanos, como Cristo nos ha amado.

El próximo jueves celebraremos el día de las Madres y en la próxima semana, el día de los Maestros; éstos son algunos de los grandes protagonistas que están llamados a generar “cielos nuevos y tierra nueva”, verdaderos cambios, en nuestra sociedad; pero ¿Qué podrá acontecer, si nuestras Madres se olvidan que son por vocación el “Sancta Sanctorun” de la vida?

¿Qué seguirá pasando en la niñez y en la Juventud, abandonadas a su suerte, cuando se sigue viendo con tristeza, que muchos Maestros están cambiando el salón por el plantón? ¡Hagamos nuevas todas las cosas, por el Mandamiento Nuevo del Amor!


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Abril 29 / 2007     28/04/2007 17:51  Fecha
Mensaje NECESITAMOS VOCACIONES
IV Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos. El Padre y yo somos uno". (Jn 10, 27-30).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

El Evangelio nos presenta a Jesús como el Buen Pastor, que conoce a sus ovejas, las cuida y da la vida por ellas, cumpliendo el encargo que le había dado su Padre celestial.

Hoy también necesitamos colaboradores y colaboradoras del Buen Pastor, para que la vida eterna llegue a todos los seres humanos y nadie perezca. Este es el sentido de la JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES, que se celebra en este domingo desde hace cuarenta y cuatro años, por iniciativa del Papa Pablo VI.

Todos estamos llamados a hacer presente al Buen Pastor y a ser colaboradores suyos, en la acción pastoral de la Diócesis y de nuestras Parroquias. Estamos celebrando Jornadas Vocacionales en todas y cada una de las Parroquias de nuestra Arquidiócesis de Acapulco.

Según el censo del año 2000, los municipios comprendidos entre Acapulco, Costa Chica y Costa Grande, que conforman nuestra diócesis tenían 2.200,000 habitantes. Al ritmo normal de crecimiento, se calcula que ya son 2.600,000.

Para atender pastoralmente esta población, contamos sólo con 104 sacerdotes efectivos: 82 diocesanos incardinados, y 22 religiosos de varias congregaciones. Hay otros pocos, pero están enfermos, o en situaciones especiales. Nos hacen falta muchos más sacerdotes, para servir convenientemente a tantas personas que tienen hambre de Dios.

Como colaboradores de los obispos y de los presbíteros, hay 19 diáconos permanentes, unas 150 religiosas, unos 3,000 catequistas, más de 200 celebradores y otros muchos servidores de la evangelización, del culto divino y de la promoción humana.

Pero ni así somos suficientes para que nuestro pueblo, tan religioso, reciba la atención que requiere, y no sienta la tentación de buscar en otras fuentes lo que en su Iglesia puede encontrar en abundancia y con garantía de autenticidad.

No faltan incluso padres de familia que se oponen a la vocación religiosa de su hijos. Un joven, de los que han participado en los retiros vocacionales, nos narró la oposición de su familia para que se viniera al Seminario; incluso un pariente le ofrecía pagarle todos los gastos para que estudiara otra carrera, la que quisiera, con tal de no consagrarse a Dios.

Sin embargo, este joven ha decidido ser sacerdote, para llevar la Palabra de Dios por muchos lugares. Estos son los corazones que hacen falta en la Iglesia, no los que se escandalizan y desaniman por cualquier dificultad u obstáculo.

De las buenas ovejas, Dios escoge a los pastores. De las familias cristianas, el Señor llama a algunos para que se consagren al Evangelio. Los padres de familia han de inculcar a sus hijos a ser fieles a su fe, a pesar de las incomprensiones, burlas y rechazos de amigos, compañeros y maestros.

Han de exhortarlos “a permanecer fieles a la gracia de Dios”, como hacían Pablo y Bernabé (cfr Hech 13, 43). Es importante que haya jóvenes, y también adultos, que estén dispuestos a seguir los pasos de Pablo y Bernabé, quienes dejaron su familia y su pueblo, para consagrarse al Evangelio, yendo a otras culturas diferentes a la propia, sin dejar de ser judíos.

Por eso, si usted conoce a jóvenes de ambos sexos, de buenas costumbres, sanos en su cuerpo y en su espíritu, equilibrados en su identidad sexual, alegres y dinámicos, maduros en su afectividad, cercanos a Jesucristo, inquietos por colaborar en la salvación del mundo, generosos para servir, invíteles a consagrar su vida al Señor y a su Iglesia.

Acérqueles a un buen sacerdote o a una buena religiosa, para que les orienten en su vocación y les ayuden a conocer el Seminario o una Congregación Religiosa, masculina o femenina.

Padres de familia, no sólo induzcan a sus hijos un estudio o un trabajo que les reditúe buenos dividendos económicos, sino también preséntenles los atractivos de una vocación sacerdotal, religiosa o misionera. Pidan al Señor que, si es su voluntad, se digne llamar a alguien de los suyos, para que sea un buen apóstol del Evangelio. Esto no sería perder un hijo, o una hija, sino ganarlos para Dios y para la vida eterna. Pues ¿de qué les serviría ganar mucho dinero, si pierden su alma? (cfr Lc 9,25).

Hay que hacer oración por las vocaciones sacerdotes, religiosas y misioneras, para que aumenten en número y en santidad. Se puede aprender y decir con frecuencia esta oración tradicional:

“Oh Jesús, Buen Pastor, dígnate mirar con ojos de misericordia a esta porción de tu grey amada. Señor, necesitamos vocaciones. Danos Sacerdotes y Diáconos; Religiosos, Religiosas y Laicos Santos. Te lo pedimos por la Inmaculada Virgen María de Guadalupe, tu dulce y Santa Madre. Oh Jesús, danos vocaciones según tu corazón. Amén”.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Abril 22 de 2007     21/04/2007 21:47  Fecha
Mensaje JESÚS RESUCITADO CON NOSOTROS
III Domingo de Pascua

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”. Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros. Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan. Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de almorzar le preguntó Jesús a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” El le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo; “Pastorea mis ovejas”. Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e iba a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras”. Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: “Sígueme”.
(Jn 21, 1-19).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Jesús resucitado se aparece nuevamente a sus discípulos. Ellos, obedientes al mandato, regresaron a Galilea. No se quedaron en casa, con flojera y lamentos, con una espera pasiva en que Dios les hiciera milagros a cada rato, sino que se pusieron a trabajar en lo que sabían hacer: pescar. Buscan la solución a su hambre.

Después de muchos esfuerzos sin resultado, Jesús les ayuda a lograr una abundante pesca. Toman el alimento con Jesús, y luego éste examina a Pedro sobre su amor, para ratificarle en el pastoreo universal de la Iglesia.

Jesús acompaña a sus apóstoles y los reconforta. Se les manifiesta vivo y verdadero, no como un fantasma. Les prepara el almuerzo y está con ellos. Pero no les exime del trabajo. Les enseña cómo pescar, a pesar de que ésa era su experiencia de toda la vida. Ellos obedecen y obtienen una pesca que nunca se imaginaron.

Jesús nos acompaña en el bregar diario de nuestra vida. El nunca nos deja solos. Está vivo en medio de nosotros. Nos alimenta con su Palabra y con su Eucaristía. Nos consuela y sostiene. Sin embargo, no nos exime de trabajar y de luchar por encontrar soluciones a los problemas del hambre. El ayuda a los que trabajan y buscan alternativas a su pobreza, no a los que se dejan llevar por la pereza.

La Eucaristía es la comida que Jesús mismo nos ha preparado, como un signo eficaz no sólo de su muerte en la cruz, sino también de su Resurrección. Para sus discípulos, este alimento es esencial. Con su fuerza, podemos seguir trabajando por el Reino de Dios, echando las redes para pescar y enfrentándonos a los embates de las olas.

Jesús confía a Pedro apacentar y pastorear sus corderos y sus ovejas, es decir, a su Iglesia. Esta encomienda no es exclusiva de Pedro, sino de sus legítimos Sucesores, pues la Iglesia debe continuar el trabajo de Jesús hasta el fin del mundo, y Pedro no iba a vivir demasiados años. Es la tarea que se confía al Romano Pontífice, que sucede a Pedro en la Presidencia de la Caridad desde Roma, donde murió Pedro.

Donde está Pedro, está la Iglesia de Jesús. Donde no se reconoce a Pedro, surgen iglesias cuya autenticidad se pone en duda. Por ello, para nosotros es esencial estar en comunión con el Papa y con sus inmediatos colaboradores, nombrados por él para que le ayuden en el gobierno de la Iglesia Universal. El próximo día 25 se cumplirán 33 años que el Señor Jesús me llamó a ser Sucesor de los Apóstoles junto con Pedro en el gobierno y servicio de su Iglesia; fui ordenado Obispo, por ello he ofrecido mi vida, mis trabajos y toda mi capacidad al servicio de su Iglesia.

También a mí me preguntó: “¿me amas más que a éstos?” Yo le contesté: no me atrevo a decir que te amo más que éstos, pero si me comprometo a amarte junto con estos que me has confiado. Y desde entonces comencé mi peregrinar como Obispo, primero 27 años en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y los demás en esta Arquidiócesis de Acapulco.

Ruego a todos una oración para ser fiel a la misión que me ha confiado y llevar gozosamente conmigo la amorosa carga del Episcopado, con nuestros Sacerdotes, Religiosos, Religiosas, Seminaristas, Agrupaciones Pastorales y Fieles Laicos.

Seguiré llevando adelante la consigna de Evangelizar junto con ustedes, para ser Testigo de Cristo el Señor Resucitado que va con nosotros.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXION DOMINICAL / Abril 1 / 2007     30/03/2007 19:44  Fecha
Mensaje LA PASIÓN DE CRISTO

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, mientras lo llevaban a crucificar, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo obligaron a cargar la cruz, detrás de Jesús. Lo iba siguiendo una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos…

Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado “la calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes. El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”.

También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio?. Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde.

El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con vos potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Y dicho esto expiró. (Lc 23, 1-49).

¡Palabra del Señor!.
¡Gloria a ti Señor Jesús!

Hoy empezamos la Semana Santa con la bendición de las palmas, la procesión, si es posible por las calles, y la proclamación de la Pasión de Cristo. Hay un contraste muy notable en la sucesión de los ritos.

Con la procesión de las palmas, lo aclamamos como nuestro Rey, como el Señor de nuestras vidas y de la historia. Pero en el relato de la Pasión, que El asume amorosamente para redimirnos de nuestros pecados, se reflejan muchas actitudes de quienes hoy seguimos siendo responsables de su dolor y de su muerte.

En estos días, muchas personas descansan de la escuela y del trabajo. El origen de estas vacaciones es tener tiempo suficiente para participar en la celebración de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor; pero muchos ya han perdido esta dimensión.

Existen tres formas de vivir la Semana Santa: la Turística, la Folklórica y la Litúrgica. Es legítimo como turistas tomar un descanso, pero participar en los actos litúrgicos del lugar. Hay celebraciones tradicionales y folklóricas de la Pasión del Señor y del Vía Crucis, que pueden ayudarnos en estos días, con tal de que nos lleven a la celebración principal del templo que es la litúrgica.

La pasión de Jesús nunca pasa de moda. Y no sólo por su recreación en una película, como la que se exhibe en estos días en las pantallas. Se actualiza en el sufrimiento de mucha gente, a la que nadie tomamos en cuenta. Hay pobres que sufren lo indecible, y no por hablar en su defensa les quitamos gran peso de encima.

La Pasión de Cristo está presente, con toda la violencia y su brutalidad, fruto del pecado, en tantos hermanos nuestros que padecen, o en los que padece Cristo todos los días.

En contraste, hay muchos creyentes que, en estos días, renuevan su fe, acuden con fervor a las celebraciones, participan en los ritos y en la piedad popular, se confiesan, reflexionan en su vida y se esfuerzan por cambiar.

Son el pequeño “resto fiel”, que no abandona a Jesús ni a su Iglesia, sino que, como María, otras piadosas mujeres, San Juan, el buen ladrón, Nicodemo y José de Arimatea, permanecen fieles al pie de la cruz; son quienes primero gozarán de la resurrección.

Jesús asume la cruz por amor a nosotros. Carga sobre sí nuestros pecados y se ofrece en expiación, como víctima agradable a Dios Padre. Le duelen los golpes, los insultos, los clavos, la corona de espinas, el peso de la cruz, pero más le hacen sufrir la traición de los suyos, la soledad en que le dejan.

Sin embargo, permanece fiel a su misión, y el Padre no lo abandona en el sepulcro; lo resucita y lo constituye Señor y Mesías de todo el mundo.

El amor de Jesús nos redime. Si no fuera porque nos ama apasionadamente hasta dar la vida por nosotros, hubiera podido escapar de la cruz.

Pero sabía que, de esa forma, nos daría la vida nueva y verdadera, y padeció todo libremente. Este gran amor que nos tiene nos infunde una gran confianza para acercarnos a El y pedirle, como el buen ladrón junto a su cruz, que tenga compasión de nosotros. Jesús, si ve nuestro sincero arrepentimiento, nos perdona y nos conceda vida plena en Dios.

Asumir nuestra propia cruz, unida a la de Jesús, es el secreto de ser corredentores con El. Con nuestros sufrimientos, padecidos por amor a Dios y a los demás, podemos salvar al mundo. Con una enfermedad, un ayuno, un sacrificio, llevados con paciencia y en oblación por alguien de la familia, por un feligrés, por un enemigo, por un pecador, completamos lo que falta a la pasión de Cristo a favor del mundo y, en especial, de su Iglesia, como dice San Pablo (cf Col 1,24).

Durante la Semana Santa, hay que darse suficiente tiempo para participar en las celebraciones sagradas, sobre todo litúrgicas, sin reducirse a las prácticas piadosas. Pero no contentarse con estar en las ceremonias, sino esforzarse por entrar en los misterios. Contemplar todo cuanto hizo y hace el Señor por nosotros. Pedir en verdad perdón por los pecados. Luchar contra nuestras tendencias pecaminosas. Procurar una vida nueva.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL / Marzo 25 - 2005     24/03/2007 21:27  Fecha
Mensaje O MISERICORDIA, O ARROJAR PIEDRAS
V Domingo de Cuaresma

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”.
Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Jn 8, 1-11.

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Nos vamos acercando más y más a las fiestas de la Pascua. Dentro de ocho días, es Domingo de Ramos, con el que iniciamos la Semana Santa, cuyo culmen es la resurrección de Jesucristo. La Iglesia nos sigue invitando a acercarnos con confianza al Señor, quien siempre está dispuesto a perdonar, no a condenar, a diferencia de los fariseos, que sólo tienen piedras para acusar y matar. Jesús perdona, pero invita a no volver a pecar.

Muchos de nosotros nos especializamos en juzgar y condenar a los demás, a ejemplo de los escribas y fariseos. Somos buenos para señalar a otros como culpables, pero reacios para reconocer nuestras propias culpas. Nos escandalizamos de las fallas ajenas, pero ¡cuánto nos cuesta aceptar que somos tan pecadores como aquellos a quienes criticamos!

Los fariseos insisten en castigar a la mujer, que ciertamente era culpable, pero nada dicen de apedrear al varón adúltero, como si éste fuera inocente. Casi siempre es a la mujer a quien toca pagar las culpas. Es lo mismo que pasa hoy, cuando se desprecia a las prostitutas, siendo que es el hombre quien las prostituye. Ellas a veces lo hacen no por placer, sino para dar de comer a sus hijos, pues el marido las abandonó.

Hay padres de familia que, cuando su hija ha salido embarazada antes de casarse, la insultan y rechazan, la corren de la casa y siempre le echan en cara su error. Algunos nunca la perdonan. Pero a sus hijos varones todo les consienten, y hasta justifican sus aventuras, diciendo: “¡Es que son hombres!” ¡Qué machismo tan discriminatorio! Algunos nos parecemos a los escribas y fariseos.

Tenemos las piedras listas para atacar, apedrear y destruir, pero qué poco nos agachamos al suelo para recordar que también somos de polvo y de barro, para ser más comprensivos con los que fallan, y todos arrepentirnos, en vez de sólo acusar.

Todo cambiaría en México y en Guerrero, si en vez de apedrearnos unos a otros, de acusarnos y de excluirnos mutuamente, de ofendernos y de sembrar sólo dudas y sospechas de lo que hacen los demás, tuviéramos una actitud más comprensiva hacia las posturas diferentes a la propia.

Jesucristo se enfrenta con sus enemigos y, con toda sabiduría, los desarma; en vez de apedrear a la adúltera, reconocen ser también pecadores y se alejan. Jesús no viene a condenar, sino a perdonar, y esta escena es un ejemplo clarísimo. Esto nos da esperanza de que no todo está perdido, cuando hemos fallado. Dios quiere perdonarnos.

Jesús, sin embargo, con toda firmeza dice a la mujer que ya no vuelva a pecar. Lo que está mal, está mal; y no se puede decir que Dios perdona todo y que, por tanto, hay que seguir pecando. Esto es una burla. Es como pretender que Dios tolere todo, que nada es pecado, que cada quien es libre de hacer lo que quiera, que todo se puede... Nada de eso. Lo que es pecado, Dios no lo acepta.

El adulterio, tanto del hombre como de la mujer, está claramente tipificado como contrario a la ley de Dios; es pecado. Así está estipulado en el sexto y noveno mandamientos de la Ley de Dios. Por tanto, no se puede ver como “normal” que los hombres, solteros o casados, anden con quien quieran, “al fin que son hombres”, ni que las mujeres hagan lo mismo.

Aunque eso se vea tan comúnmente en la vida diaria, en la televisión y en el cine, no es normal, porque no está de acuerdo con la norma de Dios. Lo normal no es lo común, lo que hace la mayoría, sino lo que es conforme a una norma; y para los creyentes es Dios quien pone la norma de la vida, no lo que diga y haga la mayoría. La moral no depende de encuestas. Las verdades de la fe no dependen de lo que opinen o deseen las encuestas, sino de la misma revelación de Dios, contenida en la Biblia.

La mujer adúltera encuentra su perdón en Jesucristo. Si no hubiera sido por él, la habrían matado. El la perdona, porque es Dios. Por tanto, al llegar hoy a la última semana de la Cuaresma, acerquémonos verdaderamente a Jesucristo, por su Palabra, por los Sacramentos, por la penitencia y las obras de misericordia, que nos lleven a un encuentro real con él, para encontrar el perdón y la vida nueva que necesitamos.


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Admin: Borrar Mensaje  REFLEXIÓN DOMINICAL - Marzo18 de 2007     18/03/2007 18:27  Fecha
Mensaje UN PADRE DE BRAZOS ABIERTOS
IV Domingo de Cuaresma

+ Felipe Aguirre Franco
Arzobispo de Acapulco

"En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Este recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me toca’. Y él les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad.

Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera.

Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

En seguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’.

Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: ‘Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar.

Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’.

El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’”. (Lc 15, 1-3.11-32).

¡Palabra del Señor!
¡Gloria a ti, Señor Jesús!

Hoy la Iglesia nos presenta la bellísima parábola que refleja el gran corazón de nuestro Padre Dios, quien espera con los brazos abiertos que regresemos a la casa familiar. No reprocha ni castiga, sino que celebra una gran fiesta.

La única condición es que el hijo menor reconozca su error, se arrepienta y decida cambiar de vida. Y para que la fiesta sea completa, se requiere que el hijo mayor acepte a su hermano, en vez de condenarlo y rechazarlo. Dios es feliz cuando nos ve unidos como hermanos.

Hay personas que han reconocido sus pecados y, a partir de este acto de humildad y verdad, han regenerado su vida y reconstruido su familia.

Es el caso de tantos enfermos de alcoholismo, quienes por medio de “Alcohólicos Anónimos”, u otros medios eficaces, han recuperado la dignidad.

En vez de vivir como el Hijo Pródigo, comiendo y bebiendo las bellotas de los cerdos, lucen un traje de fiesta; vuelve la alegría al hogar; sus padres, cónyuges e hijos celebran la vida nueva que se respira en casa.

En cambio, los orgullosos que presumen de que ellos dejan de beber cuando quieran, nunca lo logran; cada día se hunden más en la miseria, en el desprestigio y en la soledad.

En vez de ser la alegría del hogar, son causa del dolor y de las lágrimas que destruyen la felicidad y la armonía familiar.

Jesús es la manifestación de Dios mismo, que es amor. No quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; por ello, se acerca a los pecadores y convive con ellos; les trae la esperanza del perdón misericordioso de Dios Padre. Anhela que todos estemos felices en su casa, pero no nos obliga; nos hizo libres y respeta nuestra libertad hasta para alejarnos de El.

Sin embargo, siempre está esperándonos con los brazos abiertos y nos prepara una gran fiesta, no sólo en el cielo, sino desde esta tierra. ¡Que ningún pecador tenga miedo de Dios!


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