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Yo quería escribir este mensaje desde hacía meses, pero o el sitio se ponía sus moños o yo no tenía tiempo... Quiero decir que pa´se en Bogotá unos días inolvidables y el haberme alojado con Blanca mucho contribuyó a ello.... Señora, que me recuerdo con gusto de mi estancia allí, la plática estuvo buenísima y yo la verdad me sentí como en casa...
Un fuerte abrazo y lo mejor para el año que está por comenzar... Y en las siguientes líneas va un pequeño regalo de navidad, con simpatía... Juan, de México D.F.
Bogotá se sumerge en un mar de verdes montañosos, un mar de olas espumosas de bruma. Y allá abajo bosteza y se estira hasta dispersarse en la exuberancia de las tierras perennemente mojadas, oreadas apenas en los poquísimos momentos en que un chorro de luz agujera el aire y le arroja azul del cielo al verde de la montaña.
Bogotá se levanta, se encrespa en rascacielos de concreto avejentado y si mira al suelo, temerosa de haberse sacudido sin querer el pasado, decide sentarse y buscarlo haciéndose ovillo, casa de teja o anzuelo a hundir en la quietud de la contemplación.
En medio de tanta paciencia algún observador, algún viandante, algún visitante o quien quiera que sea puede picar el anzuelo que es dorado, de oro bueno, de oro viejo, de oro nuevo, de oro que no azuza a la codicia hipnótico como es, por naturaleza ofrenda.
En La Candelaria Bogotá se cuelga colores que la serranía no prodigaría y hunde los dedos en la pila que la Plaza Mayor formó, rebosante de palomas; por eso, Bogotá no se santigua con agua bendita, más bien se cruza la frente con aleteos de palomas.
Bogotá está cruzada de largos autobuses, de paraderos de cristal, de anchuras para el peatón, de alivios y sobresaltos para el camino. Bogotá está cruzada de rutina, de suspiros resignados, de movimientos ansiosos sosegados por el bálsamo del cielo. Viví en Bogotá unos cuantos días y viví ahí desde siempre, porque Bogotá sabe como imponer su rutina sobre cualquier hacer ajeno.
Desde las alturas del cerro de Montserrate, Bogotá se procura el alivio de las propias penas. En el templo habla de desplazados, de pobreza y desconsuelo, y de mañanas. Ahí llegan sus hijos jovencísimos cargando en los brazos niños enfermos, trances angustiantes, cansancios añejos y fe agradecida. Bogotá reconoce el sentimiento desesperado que transita en su presente y lo domina sin premura. No lo niega y no lo cobija, si acaso lo adormece. Y si despierta, no la sorprende su grito furioso. Para eso están el cielo cubierto, la lluvia insistente y la verde montaña: para amortiguar el grito, que no para ignorarlo. Un día -un buen día, digo- Bogotá recordará tranquila sus tiempos inquietos, satisfecha de haberlos enfrentado con diligencia y sin atropello, con decisión, con tanta fe…
Bogotá, Santa Fe, Santa Fe de, Bogotá…
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